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sábado, 21 de febrero de 2026

Vanuatu (historietas)

 


En Vanuatu (2012), ese país y archipiélago que casi nadie conoce, llegué por casualidad a un pueblo, donde se celebraba el festival “Arte y Cultura de Lamap”.

En casi todas las islas de este país destacan las danzas que se celebran en cada una de ellas y en concreto en Malekula, las de las 2 tribus mayoritarias, los small y los big namba, los que se diferencian por el tamaño de la hoja que cubre su pene. Mientras los small lo envuelven con una hoja de fibra seca, acabado en una especie de cinta y en un cinturón de corteza de árbol, los big lo llevan en una larga fibra de pandanus, dejando los testículos expuestos.

Small namba

La verdad es que me impresionó lo que vi; sus bailes guerreros con máscaras, algunas hechas con tupidas telas de araña, todo lo cual permitía imaginar como debían haber sido las luchas entre estos pueblos en que los vencedores acababan comiendo partes de los cuerpos de los vencidos, para apoderarse de su fuerza.


Cuando viajas solo a veces tienes que unirte a otra gente para poder ir a alguna excursión y así compartir los gastos. Por eso me junté con tres italianos para poder ir al día siguiente a una zona remota al norte donde había la posibilidad de algunos de los lugares que se conservan de los caníbales que, todavía en el siglo XIX, se comieron a alguno de los misioneros que vinieron a imponer la religión católica. Yo iba más por la excursión en sí e incluso no llegué a ir al lugar donde había algunos restos de los muertos, un sitio histórico llamado Sanwir. Uno de los italianos, Carlo, regresó muy enfadado ya que el esperaba haber encontrado esqueletos enteros y al parecer sólo había huesos sueltos. Encima quería que yo le tradujera al francés sus exabruptos que dirigía al guía. En cambio, le dije a Arvelino, nuestro guía, que nos disculpara por nuestros modales y que el italiano seguramente estaba estreñido y por eso estaba enfadado. Yo debí de haber intuido que compartir viaje con ellos iba a ser problemático cuando los vi a los tres fotografiando y acosando a un niño asustado ante tanta cámara, mientras el energúmeno de Carlo le decía que sonriera, aunque se lo decía en inglés y el niño, ni lo entendía.

Los italianos fotoacosando

Fuimos a un poblado, Botco Village, un lugar alejado adonde sólo se podía llegar andando unas 3 horas desde Walirana, cruzando por medio de bosques y cacaotales y donde todos los materiales de las casas provenían de la propia naturaleza; cuerdas hechas de lianas, paredes de bambú o madera, techos de paja.

Cacao secándose en Botco


Arvelino por el camino abría un cacao y chupaba sus semillas, abría un coco y comía la pulpa, cortaba un pomelo que nos daba para saciar nuestra sed y llenarnos de dulzura. Cuando empezó a llover cortó unas hojas de una especie de palmera de porte bajo, las que nos servían de paraguas. Carlo ya había mostrado desde el principio su mal talante al darle a Arvelino su mochila, llena hasta arriba con todo tipo de cosas, incluido su pesado equipo fotográfico, para que se la cargara durante todo el día.

Arvelino y el guardián del sitio sagrado de Sanwir

Después de regresar de la excursión les dije a los italianos que al día siguiente yo iría en otra dirección ya que no quería compartir ni un rato más con ellos. Para rematar, por la mañana descubrí que Carlo había robado en Lamap uno de los juegos de semillas que los danzantes se ponen en los pies para aumentar el sonido de sus danzas y que se había quitado uno de ellos. Ahora lo dejaba abandonado ya que ocupaba mucho espacio y les oí comentar que no pasaría la cuarentena en su vuelo de regreso en tránsito por Australia.

Por pura suerte, cuando llegó una de las Toyotas que hacen de transporte público en esta zona me encontré de nuevo con Laurent y Natascha, con los que había coincidido unos días antes, que venían de confirmar su vuelo en Norsup, la capital de la isla Malekula. Ellos viajaban con su hijo adolescente, Miguel, con los que me entendía muy bien y que me quitaron el mal sabor de boca que me habían dejado los italianos.

Mis maletas esperando en la parada del transporte público

Los franceses tenían un contacto en el pueblo, Calixto, quien les había invitado a comer a su casa, en las afueras del pueblo. Pasamos todo el día con ellos y fue muy interesante ver la vida de una familia, observando cómo basan su sistema de vida en la autosuficiencia, manteniendo todo lo necesario cerca de la casa: madera para cocinar, coco para beber, para comer y extraerle el aceite, gallinas y ñames, kava para soñar (el kava, la bebida nacional de este país se extrae de la raíz de una planta, Piper Methysticum, que tiene un efecto relajante cuando se bebe).

Pasamos todo el día oyendo las historias de Calixto, a quien Laurent (periodista) y Natascha (directora de teatro) entrevistaban, sobre la historia de la isla, sus creencias y los espíritus.

Calixto y su familia cocinando




sábado, 7 de febrero de 2026

Historietas (Travesía del lago de Malaui)

 

El ferry MV Ilala

En octubre de 2010, en mi viaje alrededor del mundo viajé a Tanzania. Quería atravesar el país en tren, llegar a Malaui y de ahí pasar a Mozambique para encontrarme con una amiga que estaba trabajando en Cabo Delgado, un sitio al que ahora mismo no es recomendable ir por el conflicto que hay en esa zona. Cuando llegué a Nkhata Bay, ya en Malawi, estuve esperando dos días el ferry MV Ilala que me iba a permitir atravesar el lago Malaui durante 3 días. El ferry de 52 m de largo fue construido en 1949 en Escocia y llevado desmontado en barco a Mozambique y de allí, por tren, a Malaui.

Cuando por fin llegó el ferry por la mañana, con unas cuantas horas de retraso, me puse en la caótica cola de unas 300 personas que se formó, con empujones y un calor que te dejaba sudando y exhausto. En realidad, no hacía falta hacer cola, pero en sitios que no conoces haces lo que ves. Finalmente, el barco salió por la tarde.

Había 4 clases en el barco; económica, segunda clase, primera clase (First Class Deck) y 2 camarotes. Menos en los camarotes uno se buscaba la vida para dormir, en el suelo y como podía. Los precios para todo el trayecto hasta Monkey Bay era de 7 € para la clase económica, de 14 € para los de 2ª clase, 58 € para los de 1ª (lo que yo pagué) y de 100 € para los camarotes.

La cubierta para dormir en 1ª clase

Los pasajeros se hacinaban en las dos clases inferiores que iban atestadas de enormes sacos con pescado seco que iban a vender a otras partes del país. En 1ª clase éramos muy pocos y tocaba dormir en cubierta, en el suelo. Por la tarde pasaba un marinero y si querías te alquilaba una colchoneta por 2 dólares la noche. Yo la cogí porque el suelo estaba muy duro. En los camarotes sólo había un alemán, Peter, que desde el primer día me llamó la atención porque tenía la nariz muy roja. Había una cocina en la parte baja y otra para las dos clases de arriba. En ambas había que pedir por adelantado si uno quería comida. Como yo trataba de viajar de forma económica me saltaba la comida del mediodía lo que extrañaba mucho al camarero que pasaba a preguntar quienes iban a comer. A la hora de la cena yo era el primero en estar allí por el hambre acumulada.

Zona de clase económica

Ese año parece que fue extraordinario en cuanto a la pesca de unos pescaditos (pertenecientes a los cíclidos) endémicos del lago Malaui. Una vez secos, son la base principal de proteínas para la población. Toda esta carga de pescado la transporta el barco de costa a costa, para luego ser llevada y vendida en la capital o incluso en Zimbabue. Viendo el trajín en el barco y el hacinamiento en la parte baja me alegré de ser tan privilegiado de ir en la cubierta.

Pescado seco en venta en el puerto

Todo este trajín hacía que el barco fuera acumulando más y más retraso. Tanto en Chizimula como en la isla de Likoma no había un puerto para que el barco atracase, por lo que todo el trasvase de personas y mercancías se tenía que hacer por medio de 2 barcas auxiliares y de los botes de los pescadores. El desorden era total. En alguno de estos sitios había tanta gente que algunos de los que esperaban, estaban tan desesperadas por subirse que intentaban llegar nadando.

Personas esperando para embarcar en Metangula (Mozambique)

Debido al enrome retraso acumulado, Peter que tenía su vuelo de vuelta al día siguiente, decidió no esperar hasta el último lugar donde tenía previsto desembarcar, sino hacerlo en un puerto antes, para así llegar al aeropuerto a tiempo por tierra. Cuando se iba, me dijo que como había pagado el camarote para todo el viaje me dejaba la llave y así yo podría dormir allí la última noche. En el camarote había una botella de whisky vacía de litro y medio, así que entendí lo de su nariz roja.


Desembarco de Peter y otros pasajeros en el bote auxiliar con cajas de pescado 

El último día de viaje llegamos de noche y me quedé completamente sólo en el barco, por lo menos en lo que respecta a la primera clase. Eso me permitió deambular por todas partes y hacerme una idea de cómo había sido el viaje cuando estaba lleno de gente y de bultos. Poco antes de atracar el capitán me dijo que como era ya de noche me podía quedar a dormir en el barco. ¡Todo un detalle que no me esperaba! Y uno piensa en esos momentos en la diferencia de trato que les damos a esta gente en nuestro país y el que recibimos de forma tan natural aquí. Por la mañana, temprano, me puse de nuevo en movimiento. El barco estaba completamente desierto siendo yo el único que durmió allí. En la caseta de entrada del puerto entrego la llave del camarote y me encamino hacia la estación de buses para seguir mi camino.

Ya no había sitio para más


viernes, 23 de enero de 2026

miércoles, 14 de enero de 2026

Costa de Marfil (Historietas)

 Sin visado

Mural en el Palm Club Hotel de Abiyán, donde nos hospedábamos

Era el año 2019, trabajaba en Togo, y me tocó ir a una conferencia organizada por la cooperación alemana (GIZ) en Costa de Marfil. Se reunían representantes de 5 países productores de cacao de África del Oeste, y la GIZ buscaba que se elaborara una estrategia común para fomentar la sostenibilidad y la cooperación en innovaciones tecnológicas entre estos países, con el rimbombante nombre de “Plataforma africana de cacao”. Algo claramente destinado al fracaso cuando se conoce un poco la idiosincrasia africana y la competencia entre estos países ya que se pretendía poner a compartir conocimientos a gigantes del cacao como Costa de Marfil y Ghana con enanitos como Togo y Sao Tomé. Una quimera que tampoco funcionaría en Europa, pero cuando hay que gastar dinero, cualquier excusa es buena.

Informe de la Conferencia

Pero esta no es la historieta. Por alguna razón que desconozco, a la hora de viajar me fui al aeropuerto sin haber mirado que es lo que me hacía falta para entrar en Costa de Marfil, simplemente con el pasaporte. Supongo que me confié porque llevaba el pasaporte alemán que tenía por el tiempo que estaba en Togo y que te daba cierta seguridad en caso de conflicto, pero que no sirve para entrar sin visado en determinados países. Al hacer el check-in me preguntaron si no necesitaba visado y les dije con toda seguridad que no, por lo que quizás al ser la chica muy joven y probablemente nueva en el puesto, se lo creyó. Cuando fui a la sala de espera, empecé a pensar que porqué me había preguntado lo del visado la chica y empecé a mirar en internet y vi que efectivamente necesitaba un visado. Después del consiguiente sudor frío que me entró pensé que ya no había solución. Era tarde para pedirlo sobre la marcha, el billete de avión estaba pagado, el hotel reservado y lo peor que me podía pasar era que me regresaran en el mismo avión y la vergüenza de reconocer mi error. Ya en Abiyán, llegué al control de pasaportes y obviamente lo primero que me preguntaron fue por mi visado y les dije que por un error no lo había podido tramitar. El oficial de turno automáticamente me hizo acompañar por un policía a un despacho donde dos policías estaban intentando hablar con un alemán que parecía tener un problema parecido al mío. Ni el oficial al mando ni su segunda, una mujer, hablaban alemán, y el alemán no hablaba francés. Enseguida me ofrecí a hacer de interprete y me pareció que la mujer me miraba con mejores ojos y que eso me iba a ayudar. Pero al oficial al mando yo le seguía haciendo la misma gracia que al principio, o sea, ninguna. Le expliqué que iba a una conferencia internacional, importantísima para el futuro del cacao a nivel mundial y cuando ya pensaba que iba a decir que me llevaran al avión de vuelta, me dijo que llamara a un representante de la GIZ para que confirmara mi historia. Por suerte pude localizar al que manejaba el cotarro y le debió dar suficientes explicaciones, para que el oficial, de mala gana, me dijera que se quedaba con mi pasaporte y que al día siguiente debía ir a recuperarlo a la oficina central de inmigración, previo pago del visado. Le hice varias genuflexiones y me fui, contento, pero todavía preocupado por si en ese caminar de mi pasaporte no se perdería por algún pasillo del inmenso edificio adonde iría a parar.

Mis colegas de la delegación de Togo

Al día siguiente, a media mañana me fui hacia el imponente edificio, lleno de pasillos e innumerables oficinas.  Me tocó esperar como una hora y finalmente me hicieron pasar ante una funcionaria de inmigración, que después de revisar mi pasaporte me dijo que me expediría un visado y que había tenido suerte de que me hubieran dejado entrar al país, lo que le volví a agradecer como si hubiera sido ella la que me lo hubiera permitido. En ese momento ya de buen rollo, me dijo que le diera las fotos para el visado y le dije: Ah, ¿pero había que traer fotos? Su mirada me delató lo que pensaba de mi y después de suspirar y pensar los pros y los contras de mandarme a por las fotos, que por lo que me pareció debía ser no tan fácil de conseguir en un rato, sin decirme nada estampó un sello en el pasaporte y me dijo que me fuera. Aunque no me lo dijo, interpreté que además se aguantó de decirme “y no vuelvas más”.

Por esa vez me libré y desde entonces reviso siempre todos los requerimientos antes de viajar. ¡No hay que tentar a la suerte!

P.S. Efectivamente el encuentro no sirvió para casi nada, quizás solo para que un montón de gente que ya se conocía de otras reuniones se reencontrara, para gastar mucho dinero en viajes, hotel, comidas y dietas. Un par de años más tarde oí que el programa se había cancelado.

Con mi "hermano mayor" en otro viaje a un Congreso sobre cacao en Daloa (Costa de Marfil) en 2023.