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| Mujeres esperando |
Después de otro viaje interminable, Tenerife-Madrid-Casablanca-Freetown, llegando el 28 de octubre a las 4 de la mañana, soy el primero en salir del aeropuerto tras realizar todos los trámites gracias a mi exiguo equipaje de mano. Cuando presento mi pasaporte el policía me pregunta si tengo un bolígrafo porque “al parecer” el suyo no funciona, así que se lo doy y cuando me devuelve el pasaporte hace el gesto de darme el boli y le digo que no. ¡Ya estoy dentro ¡
Daniel viene a buscarme a las 5 de la mañana, así que me da tiempo a cambiar dinero y comprarme una tarjeta de teléfono en el mismo aeropuerto. Algo que puede dar una idea del nivel económico de la gente en este país es que sólo hay 5 billetes de diferente importe (1, 2, 5, 10 y 20 Leones) y no hay monedas. Los billetes equivalen a 5, 10, 20, 40 y 80 céntimos de euro respectivamente, lo cual te obliga a llevar siempre una enorme cantidad de dinero cuando quieres ir a comprar algo que sea caro.
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| Yendo a comprar una moto en cash |
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| Incluso mi maleta va llena de dinero |
Llegamos al puerto a las 5,30 lo cual no nos sirve de nada ya que tenemos que esperar que salga el barco que atraviesa la bahía que separa la zona del aeropuerto de la capital. El primer ferry sale a las 8 de la mañana así que nos quedamos en el coche poniéndonos al día sobre todo lo que ha pasado desde mi última visita. A partir de las 6,30 ya amanece, la gente empieza a moverse y a las 8 el barco va haciendo sonar su bocina indicando su próxima partida, para que la gente vaya subiendo. Cuando considera que ya está suficientemente lleno, sale puntualmente a las 9.
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| En el barco yendo a Freetown |
En Freetown nos encontramos para desayunar con la gente de Social Income, una organización suiza que apoya proyectos éticos, para mejorar las condiciones de las personas más desfavorecidas y que apoyan el trabajo de Lizard Earth (https://lizard-earth.net) que es con quien yo colaboro. Hacemos un par de trámites más en la ciudad y nos ponemos en marcha hacia Kenema que está a 340 km, adonde llegamos a las 5 de la tarde. Ya llevo 36 horas sin dormir y lo estoy notando. Por suerte ya conozco la ciudad y propongo ir a cenar al restaurante Paloma y así poder ir a dormir temprano.
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| Con la gente de Social Income |
Si en los países asiáticos te despierta la gente barriendo las calles y aceras, aquí los ruidos son otros. Al parecer hay un muecín adicional en el barrio y eso se hace notar. Por la noche, de madrugada, por la tarde; uno tiene la impresión de que esto no para nunca. Pero como no soy muy sensible a los ruidos me acostumbro rápido y aunque me despiertan me vuelvo a dormir. Pero uno de los ruidos más curiosos es el de la gente que desde temprano se ponen a hablar, a discutir en su idioma sin que yo les entienda nada. Hablan bastante alto y me gustaría poderlos ver para al menos imaginarme que dicen, pero están fuera de mi alcance visual. Es el harmattan el que me trae sus voces.

Freetown, con su tráfico, sus puestos callejeros, la gente transportando cosas en la cabeza
Después, en la oficina me encuentro con Ibrahim (en la foto del dinero, el que está a la izquierda), el contable de la empresa, al que conozco del año pasado y que parece alegrarse de verme al igual que yo. Aprovecho el estar en la oficina para ordenar mis ideas, hablar un poco con Daniel sobre lo que vamos a hacer los próximos días y me pasa como muchas otras veces: cuando me planteo todo lo que habría que hacer me doy cuenta que en un mes no va a dar tiempo y que mejor sería quedarse todo un año. Pero esto es lo que hay y no va a poder ser. Hablando con Ibrahim utilizo una palabra que pronuncio mal en inglés. Me disculpo y le digo que en realidad hablo spanglish y me dice que a él le pasa igual, que habla english-mendé, que es la lengua de su grupo étnico.
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| La casa donde vivo, y al otro lado del muro y más allá los vecinos que no veo |
Me entiendo muy bien con Daniel, aunque vivimos en mundos diferentes. Él está todo el día viendo la parte económica, buscando como innovar los procesos, buscando nuevas financiaciones y donantes para llevar a cabo todo lo que se ha propuesto, mientras yo sólo me fijo en la parte productiva del cacao, qué se podría hacer mejor, en que habría que formar a los técnicos y, sobre todo, lo que me preocupa más esta vez, es el intentar entender a esta gente, para que todo eso que quiero hacer, tenga un sentido para ellos. ¡Cuántas veces me habré equivocado en mi vida como cooperante, queriendo imponer lo que yo pensaba desde la lógica occidental, cuando esta casi nada tiene que ver con la lógica africana!
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| La parcela experimental que ayudé el año pasado a salvar de la sequía y que gracias a los esfuerzos de Yajoh ha dado un cambio radical y ahora da gusto verlo. |
Yo había pedido una moto para poderme mover por la ciudad, para los fines de semana o ir a la parcela experimental de cacao que está a unos 5 km. Yo pensaba que cogería una de las que ellos usan, pero como ahora es el momento álgido de la cosecha, están todos los técnicos en el campo con las motos. Así que nos vamos con Ibrahim a comprar una moto nueva para mí, aunque el seguro y los papeles de la moto los ponemos a nombre de Ibrahim ya que será su moto cuando yo me vaya. Le pregunto si sabe conducir, pero me dice que no, que va a aprender y a sacarse el carnet. Esto es una manera de hablar ya que el carnet se compra y ya está. Admiro los nervios que tiene Daniel. Y hablando de nervios, no se si los tendré para conducir por esta ciudad donde no hay normas, todos van como locos en cualquier dirección y la policía está esperando que pase un blanco para multarle, o al menos sacarle, aunque sea un bolígrafo. Ya hice mi primer viaje al centro el domingo, que es el día que hay menos tráfico y casi me dan varios infartos en el corto trayecto. No sé si vale la pena por los pocos días que me quedan de estar aquí.
A pesar de que Kenema es la tercera ciudad del país, con más de doscientos mil habitantes, solo hay 3 supermercados de cierto tamaño, uno de un propietario indio y los otros dos de libaneses. En ellos venden sobre todos productos empacados, muy poco de productos frescos, y todo a unos precios horrendos. Además, si tienes gustos exquisitos, como en mi caso es el aceite de oliva, te clavan ya que he comprado una botella de ½ litro de aceite de oliva libanés y me ha costado 10 euros. Luego hay una miríada de pequeños puestos callejeros, donde la mayoría de la gente no te entiende ni los entiendes, aunque señalando acabas por hacerte comprender. Cuando uno quiere cosas sencillas como huevos, pan, galletas y similares, se lo puede pedir al guardián de turno. Hoy le he pedido 6 huevos y me han costado 24 céntimos de euro cada uno (1,43 € los seis). Mientras, en el mercado, las manzanas que son mi fruta preferida, me ha costado 1 euro cada pieza y en la calle compro 4 naranjas del país por 20 céntimos de euro.
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| Solo por la botella vale la pena comprarlo |















































