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viernes, 14 de agosto de 2026

Caminos de África (Mozambique)

 

Fuerte en ilha de Moçambique donde embarcaban a los esclavos para llevarlos hacia América

Era 2010 y estaba empezando mi viaje alrededor del mundo. En Tanzania tomé un tren que me llevó cerca de la frontera con Malawi, donde me embarqué en el Illala, un viejo barco que durante 3 días me llevó a través de su enorme lago. De ahí pasé a Mozambique, viajando en tren e incluso en autostop cuando no había otro medio, persiguiendo un sueño que se me diluyó entre los dedos. 

Ruta por Malawi, navegando por el lago para pasar a Mozambique y de allí, finalmente regresar a Tanzania

Tocaba despertarse, así que, sin muchas ganas al principio, recorrí algunas zonas de este enorme país, donde viajé en bus y taxi brousse (taxi compartidos) durante interminables horas. En alguna ocasión, el bus quedó varado en la carretera por un problema mecánico. Mandaron a un mecánico y en un par de horas lo arregló y pudimos seguir. 

Cerca de la frontera acabé hablando con un portugués que me llevó en la tina de su camioneta en un viaje demencial por más de 150 km, hasta una ciudad donde pude continuar mi viaje en tren, que solo sale cada dos días. Llegué el día adecuado.

Quise conocer ilha de Moçambique, en la provincia de Nampula, un islote de 3 km de largo por unos 300 m de ancho que fue la capital del país de 1762 a 1898 y que albergó el primer hospital africano, que fue construido en 1877.

 

Antiguo hospital todavía en funcionamiento, pero en muy mal estado

En sus calles coloniales había árboles nim, que entre sus muchas propiedades también cura las heridas, pero solo las superficiales.

 


Me dediqué a navegar por su mar turquesa en un dhow, con un marinero local que iba dando bordadas mientras yo dormitaba en cubierta y oía el susurrar del agua al deslizarse por la quilla de madera.

 

Los dhows de verdad, los que van a algún sitio, o a veces al fondo del mar, van cargados de gente, y son bellos de fotografiar.

 

En el castillo de la isla se pueden ver los vestigios de la zona donde guardaban a los esclavos hasta ser embarcados hacia tierra americanas.

Los niños siempre son espectadores de lo que pasa en el camino que cruza sus aldeas

En algún momento, quizás porque caducaba mi visado, tocaba irse de nuevo hacia la frontera con Tanzania, donde la carretera se iba estrechando cada vez más hasta convertirse en un simple sendero de arena que bordeaba el mar, aunque con impresionantes paisajes llenos de cocoteros y palmeras. En total íbamos 24 personas, apretujados en la Toyota 4x4 y como no, pinchamos y hubo que pararse a cambiar la rueda, lo que sirvió para estirar las piernas.

 


Finalmente crucé el río Rovuma y lo que parecían primero unas rocas resultaron ser un grupo de hipopótamos, famosos por volcar barquichuelas como en la que iba yo. Pero nada pasó más que sus resoplidos de aviso y pude seguir hasta Dar es Salaam, en otro accidentado viaje, para luego ir a la isla de Zanzíbar, todo lo cual ya es otra historia.




viernes, 17 de julio de 2026

Caminos de África - Madagascar

Madagascar es tan grande que te apabulla. Sólo recorriendo un poco de la zona norte me di cuenta de la inmensidad de este país-continente, aumentado por la dificultad de desplazarse por sus deterioradas carreteras. Frente a las bucólicas imágenes de enormes playas y un mar sin fin, cruzada por esporádicos veleros, estaban las condiciones depauperadas en que vive la población alejada de los focos turísticos.

Ver las plantaciones de cacao era el objetivo principal de mi viaje y lo que vi sobrepasó mis expectativas. Plantaciones sin fin, pero también niños trabajando y mucha pobreza en los pueblos por los que pasábamos.

En algunas de las humildes casas habían puesto a secar el cacao y la ropa. No tienen luz por lo que los pocos que tienen dinero para comprar una placa solar la ponen a cargar al sol, para tener con que alumbrarse por la noche.


Y cada tanto tocaba cruzar el río, bien porque una plantación estaba a este lado o porque ibas al poblado del otro lado. Cuando es la época de lluvias la cosa se complica y sólo es posible cruzarlo con pequeñas barcas que se ganan su sustento transportando a los pasajeros.



Nunca dejarán de maravillarme los colores de los países africanos, como estos rojos de los Tsingy, que te deslumbran al mirarlos.


Pasamos por la montaña d’Ambre, donde después de descender por un abrupto camino llegamos a este lago, en el que por razones que nunca acabas de entender, estaba prohibido bañarse, por sus leyes fady y que toca respetar por muchas ganas que tengas de meterte en el agua.


Ya en otra zona, remontando el río en barca, llegamos a otra pequeña cascada que estaba rodeada de las famosas Ravenalas (Ravenala madagascariensis), llamado el árbol del viajero, porque guarda en su tallo agua recogida durante la época de lluvia.


Ya en la ciudad de Antsiranana (llamada Diego Suárez por los dos piratas portugueses que pasaron a fuego esta ciudad) cerca de los antiguos majestuosos edificios coloniales semiderruidos, se pueden ver algunas chabolas y puestos de venta de comida donde algún turista dejó una toalla de Meliá, que les sirve de parasol.

En esta ciudad es donde se pueden ver los famosos pousse-pousse, traídos por asiáticos y que servían para trasladar a los colonizadores y gente de dinero de un lado a otro de la ciudad. Hoy ya sólo se utilizan para trasladar carga.


Pero si algo me impresionaba era la cantidad de gente que, en diferentes lugares, y bajo simples chamizos hechos con hojas de palma para protegerse del sol, con pequeños martillos, se encargaban de ir rompiendo grandes bloques de piedra en diferentes tamaños que luego venden al borde de las carreteras para la construcción. Un ejemplo más de lo ardua y difícil que es la vida en estos países.





domingo, 28 de junio de 2026

Caminos de África (Madagascar)

 


Ir por los caminos te permite ver los pequeños poblados rodeados de arrozales y a la gente en sus quehaceres diarios. Esta zona del valle del Sambirano, al norte de Madagascar, no tiene casi carreteras ni pistas para vehículos, por lo que todo se debe hacer a pie, en bicicleta, en moto donde el terreno lo permite y en bote para atravesar los ríos.


Cuando es época de cosechas, todas tienen que ayudar, como estas niñas, desgranando el arroz recién cosechado.

Toca también dormir en sitios simples, en colchones de goma espuma en el suelo, pero te recompensa pensar que lo que pagas no va a las multinacionales como booking.com y en cambio llega directamente a sus habitantes.


Aprender de sus ritos, muy importantes en la población malgache, con tantas religiones y creencias diferentes, necesitaría de mucho tiempo para entenderlas desde nuestro mundo y nuestra cultura que todo lo simplifica. En este lago, habitado por cocodrilos, dos mujeres ofrecieron como ofrenda una vaca cebú por algún deseo conseguido.

En algunos poblados, donde el tipo de tierra arcillosa es la adecuada, los ladrillos se hacen a mano, amasando barro que se coloca en moldes para darles forma y luego secarlos al sol.


Muchas mujeres se ganan la vida con la venta ambulante, vendiendo en los pueblos lo que ellas o sus maridos han pescado en lagos, ríos y mares.


Para protegerse del sol, ellas se cubren sus caras con una pasta amarilla que también les deja la piel muy suave e incluso es un signo de belleza.

 


En el norte, en Antsiranana (en la época colonial se llamaba Diego-Suárez), las ruinas de las antiguas casas coloniales conviven con habitáculos hechos de chapas, eso sí, pintadas de colores.

Por la noche hay música en vivo en salas que son también visitadas por algunos turistas, como este lugar que se llama Taxi Be, donde a partir de las 12 de la noche las mujeres se transforman.

 

Mientras, al atardecer, los niños juegan en la playa con sus pequeños barcos de vela, aprendiendo a manejar los vientos hasta el momento de navegar en su propio barco.



jueves, 4 de junio de 2026

Caminos de África (3)

 

El desierto mauritano

Las condiciones en los poblados del interior de Mauritania eran algo duras, ya que faltaba cualquier cosa que uno se pueda imaginar. Por eso descubrimos pronto que cuando venía alguien nuevo, lo mejor era llevarlo enseguida a su lugar de destino sin que pasara ningún día en la capital, cuya vida social, aunque no era para tirar cohetes, siempre era mucho más atractiva que en los poblados. Porque de no ser así, luego ya costaba mucho que se adaptara a su destino y lo que quería era volver lo antes posible a la capital.

Algunos se acostumbraban mejor que otros y ponían en marcha soluciones innovadoras, como Miquel, que empezó a construir unos pequeños huertos amasando excrementos de camello y haciendo con ello los bordes de los pequeños huertos que se volvían impermeables al agua, por lo que se podía regar esa pequeña superficie sin que el agua se escapara por los lados. Esto que nos parecía maravilloso a nosotros, les producía cierta repelencia a los lugareños por lo que pronto quedó en el olvido.

Los camellos se descuartizan sobre la arena, sirviendo su propia piel de mantel. Después al comerla siempre notas la arenilla que se ha colado 

Uno de los jóvenes que llegó de voluntario fue a trabajar a un poblado que estaba cerca del río Senegal. Allí conoció a una chica estadounidense que hacía también su trabajo de voluntariado con los cuerpos de paz de ese país. Le comentó que todo el mundo sabía que las informaciones que recopilan los integrantes de los cuerpos de paz en los lugares en los que están diseminados por el mundo son utilizados por la CIA para quien sabe que oscuros propósitos. La chica preocupada se lo contó por carta a su madre de Chicago y esta, que al parecer conocía a un congresista allí, se lo contó a su vez. El resultado fue que el embajador de EE. UU. llamó al embajador de España en Mauritania para pedirle explicaciones, este a su vez tuvo que llamar al responsable de la ONG y la cosa como era de suponer finalmente quedó en nada. ¡Cosas que hacen los diplomáticos para entretenerse!

Las mujeres de Naïm mostrando algunas de las conservas que habían hecho en el proyecto

En esos años 90 todo era muy precario en Mauritania. No sé si ahora hay cajeros automáticos, supongo que sí, pero en esa época no había y era muy complicado y engorroso cambiar dinero en el banco. Pero dada la gran cantidad de mauritanos que hacen negocios en las islas Canarias, había un comerciante, conocido del responsable de la ONG, al que podías ir con tu talonario de cheques de la cuenta española y le extendías un cheque por el contravalor de lo que querías en moneda local que el te pagaba al momento. Luego pasaban algunas semanas antes de que cobrase el cheque y por lo que se, el sistema siempre funcionó a satisfacción de todos.

Basta salir un poco de la capital para ver camellos por doquier
 

En uno de los viajes que hice coincidí en el aeropuerto con una pareja española, a los que conocía porque él llevaba la parte de mantenimiento en la embajada española. Su historia era algo triste. Junto a su padre habían tenido un negocio de pesca y de exportación de langostas en Mauritania. Se asociaron con un empresario mauritano que quiso ampliar el negocio por lo que les tocaba poner más dinero que no tenían, así que decidieron pedir un préstamo en España. Hipotecaron la casa que tenían en Las Palmas y cuando el negocio se fue al garete porque el socio les engañó se quedaron en la calle. En la embajada, conociendo la situación, le ofrecieron el empleo para que pudiera al menos poder tener un sueldo en el país ya que no tenía donde volver a Gran Canaria. En el aeropuerto era ella la que viajaba a Gran Canaria para hacerse una revisión médica y sentí algo de vergüenza ajena cuando ella le recordaba que en su ausencia no se fuera de picos pardos con alguna “negra”. Ya en el avión me tocó viajar con ella y fue uno de los peores viajes que he hecho en mi vida. Me contaba que odiaba Mauritania por lo que les habían hecho (que yo sepa solo les engañó uno) y lo que esperaba era que hubiera una guerra civil o de cualquier otro tipo para que los repatriaran del país y les mandaran a otra embajada y así dejar ese país al que tanto odiaba. Yo no veía el momento de llegar y alejarme de esa bruja.

Una mujer harratine (antiguos esclavos) con su hijo y un niño moro blanco

Pero si hubo una experiencia que me impactó fue la de Oualata, la última ciudad antes de la frontera con Mali, en la que Mauritania tiene un especial interés en que no se abandone ya que ello dejaría un enorme territorio junto a Mali como tierra de nadie. Todo ello a pesar de que los tuaregs siempre se han movido libremente en estos territorios sin la aberración de las fronteras rectilíneas fijadas por los franceses tras la descolonización. La ciudad también mantiene en su biblioteca algunos de los manuscritos religiosos más antiguos del país.

A esta ciudad se puede llegar por carretera, haciendo unos mil kilómetros por la carretera llamada de la Esperanza, casi rectilínea desde Nuakchot y luego hay que hacer algo más de cien kilómetros hacia el norte por el puro desierto, sin caminos y sólo con la pericia de navegación del conductor, trayecto que lleva de 3 a 4 horas.

 

En este viaje pinchamos dos ruedas. ¡Una odisea bajo el inmenso calor!

Fuimos a esta ciudad en mayo de 2000 contratados por un madrileño, José Corral Jam, que estaba ejecutando el proyecto financiado por la cooperación española “Rehabilitación sociocultural y económica de Oualata” de las casas de la ciudad, dada su experiencia como arquitecto conservador de la Alhambra y el Generalife de Granada.

Vista de Oualata con alguna de las casas restauradas

Para proporcionar un modo de vida a la población que todavía vivía en esta ciudad el proyecto incluía la perforación de unos pozos que proporcionaban agua a los huertos que se habían establecido y cuyas bombas eran movidas por la energía producida por paneles solares.

Casa restaurada en Oualata que servía de sede al proyecto y donde nos quedábamos

El cometido de mi amigo Carlos Nogueroles y mío era ver como mejorar la eficiencia del riego por goteo que se había instalado y enseñar a los técnicos locales como mejorar su producción. Recuerdo especialmente el primer día que fuimos a ver los huertos, un poco antes de las 8 de la mañana ya que a esa hora se ponía en marcha el riego. Delante de cada gotero había un pequeño pájaro, los que seguramente habrían hecho las delicias de cualquier ornitólogo, esperando que salieran las primeras gotas de agua, mientras picoteaban por aquí y allá las hortalizas de los huertos.  La única solución que se nos ocurría era que, dado que algunos ricos jeques de países árabes venían a esta zona con sus aves de presa para cazar, les pidieran que les dejaran algún halcón entrenado para que ahuyentara a los pájaros o que pusieran algún bebedero especial para ellos. Había otros problemas como que los moros blancos planteaban que ellos tenían más derecho al agua para abrevar a sus camellos que los negros que cultivaban los huertos. Después de quince días nos fuimos y esta fue la última vez que fui a Mauritania, por lo que no se como siguió el proyecto.

El agua lo es todo en el desierto. Los harratine son los encargados de sacar el agua de los pozos

Hay un libro muy interesante que escribió José Corral, basándose en los escritos de un albañil marroquí al que había contratado que se llama “Los esclavos de Alá” (Sirpus Literaria, 2009) que vale la pena leer, si te interesa Mauritania y el mundo árabe.

Y si hay algo que nunca me cansaba de mirar, eran las formas que el viento moldeaba en la arena 





sábado, 16 de mayo de 2026

Caminos de África (2)

 

La carretera de la Esperanza, una casi recta de 1100 km que llega hasta Nema, a las puertas de Mali, invadida por las dunas

Todos los que en algún momento estuvimos en la casa de la ONG Mon-3 en Nuakchot, veíamos a Mohammed hacer sus abluciones y rezar las 5 veces obligatorias al día (Fajr (alba), Dhuhr (mediodía), Asr (tarde), Maghrib (atardecer) e Isha (noche). No hablaba ni español ni francés y tampoco nosotros hablábamos hassanía, la lengua más habitual en el país.

Un tuareg que pasaba temporadas en Nuakchot, cuando pasaba por la casa, solía hacernos de traductor, lo que nos permitía recobrar conversaciones atrasadas con Mohammed. Todo y así, no siempre la traducción era lo efectiva que deseábamos ni parecía que el entendimiento fuera lo exacto que necesitábamos. Fue el caso de cuando un funcionario español de la embajada de España se nos quejó de que cuando venía a entregarnos algún documento que habíamos solicitado o alguna invitación para las numerosas fiestas que celebraba el embajador, no había manera de entenderse con el guardián, por lo que no fiándose de que el documento llegara a la persona indicada se volvía a la embajada con el papel de marras.

Le pedimos a nuestro traductor que le dijera a Mohammed que cuando viniera alguna persona preguntando por cualquiera de nosotros le diera una libreta, de la que solemnemente le hicimos entrega y que anotara ahí quien era, el día, la hora y el motivo de su visita. Pensábamos que con ello habíamos resuelto el problema. Pero no. Cuando volvimos a contactar con la embajada el funcionario nos dijo que no iría más a nuestra casa, dado que nuestro árabe loco prácticamente lo había secuestrado. Le había invitado a entrar y cerrando la puerta con llave, le había dado una libreta y con muchos aspavientos y gran profusión de palabras ininteligibles, señalándole la libreta, no le dejó salir hasta que no garabateó algo en ella.

El simpático Mohammed
Y así suele ser habitualmente el mundo de la cooperación, donde se toman decisiones y se dan directrices que luego, por la diferencia entre nuestras diferentes lógicas y maneras de pensar, unido a las diferencias idiomáticas evitan el entendimiento y llevan al fracaso de muchas de las cosas que se hacen.

Por lo demás, mi mochila con la ropa llegó en otro avión una semana después con lo que pude cambiarme de ropa y desprenderme de la chilaba.

 

Con mi turbante y mi reloj Cassio, que compré muy barato en el mercado local hasta que me enteré que Casio se escribe con una sola s


La embajada

La embajada, ya que hemos tocado el tema, era en esa época un lugar más que peculiar. Aunque no puedo demostrar casi nada de lo que voy a contar, sólo asegurar las cosas que vi con mis propios ojos, numerosos chismes correteaban entre los expatriados y sólo habría que preguntarle a la gente que estuvo ahí en alguna de esas épocas para confirmarlo.

La embajada es un enorme recinto amurallado, donde está la residencia del embajador y la de los diferentes altos cargos adjuntos a la embajada. El embajador vivía sólo en su gran mansión, donde unas cuantas veces al año éramos invitados los expatriados por cualquier festividad como por ejemplo el día de la Hispanidad. Aunque muchos de los que estábamos allí no comulgáramos con este tipo de fiestas ni con quien la dabas, no dejaba de ser una ocasión excelente para encontrarse con gente a la que no veías a menudo, para hincharse a comer, incluso cerdo (jabalí cazado por el propio embajador en las riberas del río Senegal), servido por los camareros musulmanes que no podían esconder su malestar al servirnos, pero sobre todo para ponernos ciegos de alcohol, ya que este no se conseguía en todo el país, pero sí que entraba a través de los envíos que le hacían periódicamente a la embajada desde España.

Se comentaba del embajador que tenía un criado negro, que caía mal entre sus otros empleados y que hacía lo que le daba la gana, pero al que mantenía porque era quien le suministraba por las noches mujeres a sus aposentos ….

El embajador tenía un pequeño zoológico en los jardines de la embajada donde acumulaba algunos animales que había conseguido en sus correrías de cacería a lo largo y ancho de Mauritania. Entre los animales se encontraban algunas gacelas y se decía comentaba que el embajador estaba molesto porque un macho molestaba mucho a una de las gacelas más jóvenes. Enfadado con esto, decidió hacer un intercambio con el embajador español en Argelia, intercambiando la gacela macho por otro animal que este le mandó, a través de lo que llaman “valija diplomática”.

Una de las diplomáticas españolas que estaba allí, agregada de no se qué, se hizo traer de Madrid un banco y una farola copia de las que se encuentran en el Retiro de Madrid, para sentirse como en casa

Esto son los pequeños ejemplos para que nos hagamos una idea de en manos de quienes estamos en estos países. Para saber quienes han sido los embajadores españoles en Mauritania se puede ver la siguiente página https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Embajadores_de_Espa%C3%B1a_en_Mauritania


Alumnxs del curso 

En Nuakchot lo que hacíamos era dar clases en una universidad técnica sobre agricultura ecológica, que se daba de forma teórica en las clases y práctica en los huertos de la ciudad.

 

Uno de los huertos de prácticas, con su correspondiente espantapájaros

Cuando no había clases, nos íbamos a un poblado, Naïm, donde había un proyecto de reforestar los alrededores para conseguir parar las dunas y proteger el pozo de agua del avance de las dunas. Si la arena llegaba a tapar el pozo, entonces ese poblado desaparecía y sus gentes se iban a otro sitio donde hubiera agua. A pesar de ello, a veces lo que plantábamos durante el día, los camellos se lo comían por la noche, el eterno dilema africano entre la agricultura y la ganadería.

Camellos en el poblado de Naïm