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sábado, 16 de mayo de 2026

Caminos de África (2)

 

La carretera de la Esperanza, una casi recta de 1100 km que llega hasta Nema, a las puertas de Mali, invadida por las dunas

Todos los que en algún momento estuvimos en la casa de la ONG Mon-3 en Nuakchot, veíamos a Mohammed hacer sus abluciones y rezar las 5 veces obligatorias al día (Fajr (alba), Dhuhr (mediodía), Asr (tarde), Maghrib (atardecer) e Isha (noche). No hablaba ni español ni francés y tampoco nosotros hablábamos hassanía, la lengua más habitual en el país.

Un tuareg que pasaba temporadas en Nuakchot, cuando pasaba por la casa, solía hacernos de traductor, lo que nos permitía recobrar conversaciones atrasadas con Mohammed. Todo y así, no siempre la traducción era lo efectiva que deseábamos ni parecía que el entendimiento fuera lo exacto que necesitábamos. Fue el caso de cuando un funcionario español de la embajada de España se nos quejó de que cuando venía a entregarnos algún documento que habíamos solicitado o alguna invitación para las numerosas fiestas que celebraba el embajador, no había manera de entenderse con el guardián, por lo que no fiándose de que el documento llegara a la persona indicada se volvía a la embajada con el papel de marras.

Le pedimos a nuestro traductor que le dijera a Mohammed que cuando viniera alguna persona preguntando por cualquiera de nosotros le diera una libreta, de la que solemnemente le hicimos entrega y que anotara ahí quien era, el día, la hora y el motivo de su visita. Pensábamos que con ello habíamos resuelto el problema. Pero no. Cuando volvimos a contactar con la embajada el funcionario nos dijo que no iría más a nuestra casa, dado que nuestro árabe loco prácticamente lo había secuestrado. Le había invitado a entrar y cerrando la puerta con llave, le había dado una libreta y con muchos aspavientos y gran profusión de palabras ininteligibles, señalándole la libreta, no le dejó salir hasta que no garabateó algo en ella.

El simpático Mohammed
Y así suele ser habitualmente el mundo de la cooperación, donde se toman decisiones y se dan directrices que luego, por la diferencia entre nuestras diferentes lógicas y maneras de pensar, unido a las diferencias idiomáticas evitan el entendimiento y llevan al fracaso de muchas de las cosas que se hacen.

Por lo demás, mi mochila con la ropa llegó en otro avión una semana después con lo que pude cambiarme de ropa y desprenderme de la chilaba.

 

Con mi turbante y mi reloj Cassio, que compré muy barato en el mercado local hasta que me enteré que Casio se escribe con una sola s


La embajada

La embajada, ya que hemos tocado el tema, era en esa época un lugar más que peculiar. Aunque no puedo demostrar casi nada de lo que voy a contar, sólo asegurar las cosas que vi con mis propios ojos, numerosos chismes correteaban entre los expatriados y sólo habría que preguntarle a la gente que estuvo ahí en alguna de esas épocas para confirmarlo.

La embajada es un enorme recinto amurallado, donde está la residencia del embajador y la de los diferentes altos cargos adjuntos a la embajada. El embajador vivía sólo en su gran mansión, donde unas cuantas veces al año éramos invitados los expatriados por cualquier festividad como por ejemplo el día de la Hispanidad. Aunque muchos de los que estábamos allí no comulgáramos con este tipo de fiestas ni con quien la dabas, no dejaba de ser una ocasión excelente para encontrarse con gente a la que no veías a menudo, para hincharse a comer, incluso cerdo (jabalí cazado por el propio embajador en las riberas del río Senegal), servido por los camareros musulmanes que no podían esconder su malestar al servirnos, pero sobre todo para ponernos ciegos de alcohol, ya que este no se conseguía en todo el país, pero sí que entraba a través de los envíos que le hacían periódicamente a la embajada desde España.

Se comentaba del embajador que tenía un criado negro, que caía mal entre sus otros empleados y que hacía lo que le daba la gana, pero al que mantenía porque era quien le suministraba por las noches mujeres a sus aposentos ….

El embajador tenía un pequeño zoológico en los jardines de la embajada donde acumulaba algunos animales que había conseguido en sus correrías de cacería a lo largo y ancho de Mauritania. Entre los animales se encontraban algunas gacelas y se decía comentaba que el embajador estaba molesto porque un macho molestaba mucho a una de las gacelas más jóvenes. Enfadado con esto, decidió hacer un intercambio con el embajador español en Argelia, intercambiando la gacela macho por otro animal que este le mandó, a través de lo que llaman “valija diplomática”.

Una de las diplomáticas españolas que estaba allí, agregada de no se qué, se hizo traer de Madrid un banco y una farola copia de las que se encuentran en el Retiro de Madrid, para sentirse como en casa

Esto son los pequeños ejemplos para que nos hagamos una idea de en manos de quienes estamos en estos países. Para saber quienes han sido los embajadores españoles en Mauritania se puede ver la siguiente página https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Embajadores_de_Espa%C3%B1a_en_Mauritania


Alumnxs del curso 

En Nuakchot lo que hacíamos era dar clases en una universidad técnica sobre agricultura ecológica, que se daba de forma teórica en las clases y práctica en los huertos de la ciudad.

 

Uno de los huertos de prácticas, con su correspondiente espantapájaros

Cuando no había clases, nos íbamos a un poblado, Naïm, donde había un proyecto de reforestar los alrededores para conseguir parar las dunas y proteger el pozo de agua del avance de las dunas. Si la arena llegaba a tapar el pozo, entonces ese poblado desaparecía y sus gentes se iban a otro sitio donde hubiera agua. A pesar de ello, a veces lo que plantábamos durante el día, los camellos se lo comían por la noche, el eterno dilema africano entre la agricultura y la ganadería.

Camellos en el poblado de Naïm


miércoles, 29 de abril de 2026

Caminos de África (Mauritania)

 


Mauritania, un país con un desierto inmenso cuya arena puede marearte hasta hacerte perder el sentido y al mismo tiempo formar las más bellas dunas imaginables que el viento va moldeando cada día, con el capricho de un escultor sin un fin concreto. La arena en las calles de los pueblos y ciudades, frente a las casas te descubre las huellas y saber si sus habitantes han salido o ya han regresado. Nunca olvidaré mi visión de Nuakchot desde el aire, cuando el avión de Air Mauritanie sobrevoló la ciudad, mostrándome ese mosaico de casas desperdigadas en un mar de arena, y pensé: ¡pero adonde me he ido!

Acababa de sacarme el título de Ingeniero técnico agrícola en la Universidad de La Laguna (1994), cuando desde la ONG Mon-3 asociada a la universidad de Barcelona contactaron con el Seminario Permanente de Agricultura Ecológica (SPAE), formado por estudiantes ligados al mundo de la agricultura ecológica en la Universidad de La Laguna, en Tenerife. Llevábamos algunos años trabajando en esta disciplina y habíamos alcanzado cierto renombre a nivel nacional por ser uno de los pocos movimientos estudiantiles, junto con otro en Sevilla, que estaba trabajando y proponiendo nueva formas de abordar la agricultura, enfrentándonos a las teorías de la revolución verde y también, lastimosamente, a casi todos los profesores de la Facultad, a los que molestaban nuestros planteamientos.

Techo de una pequeña jaima a la venta, y que me traje a Canarias

La ONG buscaba gente con experiencia en este tipo de agricultura que estuviera dispuesta a ir a Mauritania, donde tenían varios proyectos en marcha, además de estar planificando un Máster en Agricultura ecológica y soberanía alimentaria. Yo tenía experiencia en cooperación internacional ya que había trabajado unos años antes en Nicaragua, así que me ofrecí para ir.

En el aeropuerto de Las Palmas, un canario me cogió el pasaporte y el billete de las manos y me dijo que necesitaba mandar unos bultos para un barco pesquero estropeado con mi billete. Era mi primera vez viajando a este país y no me atreví a decirle nada. Eran otros tiempos y todavía los controles no eran tan estrictos ni te repetían constantemente por los altavoces que no dejaras tu equipaje desatendido y que cuidaras en todo momento de tus pertenencias. Seguí a ese hombre para no perder de vista mi pasaporte, y vi que hacía lo mismo con un par de viajeros igualmente poco avezados, consiguiendo colocar varios bultos con cosas que yo suponía que eran para el barco en el que decía que trabajaba. ¡Quién sabe!.

Tienda en Nuakchot

El avión iba atestado y me pareció intuir que había un par de mauritanos con su chilaba azul que iban de pie, aunque escondidos tras las cortinas de la parte frontal del avión. Un par de años después leí que la compañía de aviación Air Mauritanie ya no volaba a Gran Canaria, al prohibírsele porque al parecer esta práctica era habitual, ya que las autoridades españolas les obligaban a llevarse de regreso en el mismo avión a los pasajeros que habían viajado con ellos y no obtenían permiso de entrada en España. Al haber vendido todos los billetes y no haber asientos libres, simplemente los camuflaban entre el pasaje.

Todavía en tierra, yo miraba por la ventanilla intentando vislumbrar mi mochila entre aquel guirigay de bultos, bolsas y maletas que varios empleados se afanaban en subir al avión mientras yo veía que otros retiraban algunas de las maletas. Ya no había nada que hacer y me encomendé a Alá para que no le pasara nada a mi mochila, plegarias que no fueron escuchadas. Al llegar a Nuakchot no había mochila, pero al menos me habían venido a buscar al aeropuerto. Martí, el responsable del proyecto de Mon-3 me dijo que no me preocupara, que eso era habitual y que ya llegaría en otro vuelo. Lo primero que hicimos fue ir a comprarme una chilaba, lo que te permite lavar tu ropa mientras llevas ese atuendo, para nosotros parecido a un gran camisón y que te permite incluso ir libre de ataduras debajo, lo cual no es una sensación nada despreciable después de años de llevar calzoncillos y pantalones apretados, sobre todo en la década de los 80.

Martí hablando con alumnos del curso de Agricultura ecológica

La ONG tenía una casa bastante grande y estaba amueblada al estilo mauritano, con profusión de alfombras, sobre las que daba gusto echarse a dormir la siesta después de la comida del mediodía. Al parecer esta casa era de un mauritano rico, que vivía en otra parte y prefería alquilarla a una ONG extranjera por una cantidad nada desdeñable

La historia que se contaba era que cuando la ONG estaba buscando casa, encontraron esta entre las ofertas que había. Una vez acordado el precio, la única condición era que había que mantener en su puesto al guardián que había en la casa. Se le pagaba un salario que le servía para comprar comida y poco más y su función era cuidar una casa que estaba amurallada por lo que no había muchas posibilidades de que hubiera ningún robo, algo además poco habitual en un país con su estricta ley islámica. Mohammed al parecer  había sido anteriormente un rico ganadero con más de un centenar de camellos, con los que trashumaba por todo el país, buscando pastos propicios y lugares con agua. En la gran sequía que hubo en la década de 80 su rebaño se fue diezmando hasta morir el último, quedando en la más absoluta miseria. Volvió a Nuakchot y encontró a su amigo, dueño de la casa en alquiler, quien le ofreció un techo, en un cuarto que había en el patio, a cambio de que cuidara la casa. Y dicho y hecho.

Nuestro inefable guardián Mohammed en el patio de la casa de la ONG, al lado del cuarto que le servía de habitación


domingo, 12 de abril de 2026

Casamance (Senegal) Abril 2026

 

Casa flanqueda por baobabs

Senegal es considerado como la puerta de África para quienes quieran introducirse por primera vez en este continente, por lo fácil que es moverse por el país y la amabilidad en general de la gente. Lo he podido comprobar en la zona de Casamance, donde no había estado antes, aunque hace años había estado en la parte norte, en Sant Louis. Casamance es una zona que sufrió especialmente la época colonial y después su aislamiento de la zona senegalesa del norte.

Viendo la vida cotidiana

No hay jefes hereditarios, ni esclavos ni sirvientes. Cultivan arroz para su subsistencia y son de religión animista. Esta etnia ha conseguido conservar sus tradiciones ancestrales con ritos iniciáticos en los bosques sagrados, ceremonias tradicionales y ofrendas a los fetiches.


Casamance cuenta con alrededor de 2 millones de personas que son aproximadamente el 8% de la población de Senegal y tiene 7 etnias principales: los no islámicos, Diola, Baínuk y Balant y los islámicos, Mandinga, Soninké, Toucouleur y Peul. Los diolas son la etnia mayoritaria en Basse Casamance y constituyen una sociedad igualitaria e individualista, con ausencia de estructura política organizada y de jerarquía social.

El viaje fue con un pequeño grupo de españoles con los que durante un poco más de una semana caminamos por senderos, pasando por pueblos donde la gente te saludaba y los niños salían corriendo a tu encuentro.


Otro día de caminata

Debido a los numerosos brazos del río Casamance, a los que ellos llaman bolongs, teníamos una barca que nos ayudaba a cruzarlos o a desplazarnos a otra parte cuando íbamos más lejos.

Nos alojábamos en sencillos campamentos rurales, en cabañas donde todo estaba muy limpio y que tenían lo esencial. También es verdad que después de caminar cada día unos 15 km bajo el sol, cualquier lugar está bien. Y lo mejor eran las comidas, en cada lugar diferente y a cuál más rica.

El grupo a la sombra de una imponente Ceiba

Este viaje me ha servido de desintoxicación del cacao, viendo los baobabs (Adansonia digitata) que nos han acompañado todo el camino, así como los neem (Azadirachta indica) que están por doquier y las imponentes Ceibas (Ceiba pentandra) que te indican que hay un poblado cerca porque suelen estar en su centro.

A pesar de ello pregunté si había cacao, pero nadie supo darme razón. Estoy convencido que por el tipo de clima también se daría, pero parece que se adapta mejor el anacardo (Anacardo occidentale), que se da también profusamente en Guinea Bissau, de cuya frontera estuvimos muy cerca.

Edu, nuestro guía Diola con un baobab especialmente bonito

Los fetiches también estaban presentes por todas partes, en los lugares que establecen como sagrados o bien como protección en la construcción de una casa o de otras actividades que realizan. Un mundo que en principio nos es algo extraño pero que tampoco se aleja tanto de ir a una procesión o de poner una vela en un altar para que se nos conceda un deseo.  

Fetiche donde pasada la adolescencia, solo se permite la entrada a los hombres

Fetiches de huesos en un árbol

Cuando llegamos a la playa se podían ver innumerables cayucos, algunos listos para salir a pescar, otros regresando, otros varados esperando días mejores. Te cuentan que antes se pescaba mucho más, pero los acuerdos pesqueros con países, entre ellos España, que traen sus grandes barcos a la zona, están esquilmando poco a poco la riqueza del mar del que dependen estos pescadores. Luego nos extraña que tantos se embarquen para llegar a nuestras costas y aspirar a una vida mejor.

También les afecta el cambio climático (que no están provocando ellos) que poco a poco va invadiendo sus costas y salinizando sus cultivos de arroz.

Efectos de la subida del agua en las costas

Al par de días de mi vuelta a Canarias, el 7 de abril, llegaba a la isla de El Hierro un cayuco con 169 personas, entre ellos 7 mujeres y 15 menores, que había salido de Gambia. Tardaron 7 días en una travesía que en avión se puede hacer en 2 horas. Estas personas proceden de Gambia, Senegal, Mali, Guinea-Conakri, Guinea-Bisau, Sierra Leona y Nigeria. Cuatro días antes había llegado otro con 159 personas, un gota a gota de la desesperación africana.



 

jueves, 12 de marzo de 2026

TONGA (Historietas de)

 

Cocinando a la manera de Tonga

Tonga debe ser de los países más raros que he visitado (2012). Lo tenía en mente desde que bastantes años atrás, conocí una persona de Tonga en un encuentro internacional en Alemania, y me quedó pendiente conocer ese país.

Es un país tan pequeño, que la capital Nuku’alofa es como un pueblo (23 000 habitantes), aunque con sus 171 islas (muchas deshabitadas) habría mucho que recorrer.

Islas e islotes para dar y regalar

Me llamó la atención de que el dueño del hotel donde me quedaba me dijo que los fines de semana le gustaba irse a una finca que tiene a unos 3 km de la capital, para desestresarse del ajetreo. Todo son puntos de vista en esta vida.

El cultivo del taro, uno de sus alimentos preferidos

Tonga es el lugar donde se dio el motín de la Bounty y era conocido por sus cazadores de ballenas y los caníbales que poblaban estas islas. Yo había ido para ver a estos enormes rorcuales y sabía que llegaba muy justo de tiempo.


Isla Uoleva. ¿Que más se puede pedir?

 Finalmente tuve que irme sin poderlas ver, mientras en el avión en el que me iba hacia Fidji comentaban que los pilotos habían vistos el día anterior a las primeras ballenas nadando hacia las islas.

Playas kilométricas sin nadie

En el blog https://coser1.blogspot.com/search?updated-max=2012-07-08T02:05:00%2B01:00&max-results=7&start=18&by-date=false se puede leer con más detalle algunos de los aspectos de estas islas que me parecieron fascinantes y que es de lo más cercano al paraíso, si es que existe, que he conocido.

Y también allí ya pedían que se consumieran productos locales


sábado, 21 de febrero de 2026

Vanuatu (historietas)

 


En Vanuatu (2012), ese país y archipiélago que casi nadie conoce, llegué por casualidad a un pueblo, donde se celebraba el festival “Arte y Cultura de Lamap”.

En casi todas las islas de este país destacan las danzas que se celebran en cada una de ellas y en concreto en Malekula, las de las 2 tribus mayoritarias, los small y los big namba, los que se diferencian por el tamaño de la hoja que cubre su pene. Mientras los small lo envuelven con una hoja de fibra seca, acabado en una especie de cinta y en un cinturón de corteza de árbol, los big lo llevan en una larga fibra de pandanus, dejando los testículos expuestos.

Small namba

La verdad es que me impresionó lo que vi; sus bailes guerreros con máscaras, algunas hechas con tupidas telas de araña, todo lo cual permitía imaginar como debían haber sido las luchas entre estos pueblos en que los vencedores acababan comiendo partes de los cuerpos de los vencidos, para apoderarse de su fuerza.


Cuando viajas solo a veces tienes que unirte a otra gente para poder ir a alguna excursión y así compartir los gastos. Por eso me junté con tres italianos para poder ir al día siguiente a una zona remota al norte donde había la posibilidad de algunos de los lugares que se conservan de los caníbales que, todavía en el siglo XIX, se comieron a alguno de los misioneros que vinieron a imponer la religión católica. Yo iba más por la excursión en sí e incluso no llegué a ir al lugar donde había algunos restos de los muertos, un sitio histórico llamado Sanwir. Uno de los italianos, Carlo, regresó muy enfadado ya que el esperaba haber encontrado esqueletos enteros y al parecer sólo había huesos sueltos. Encima quería que yo le tradujera al francés sus exabruptos que dirigía al guía. En cambio, le dije a Arvelino, nuestro guía, que nos disculpara por nuestros modales y que el italiano seguramente estaba estreñido y por eso estaba enfadado. Yo debí de haber intuido que compartir viaje con ellos iba a ser problemático cuando los vi a los tres fotografiando y acosando a un niño asustado ante tanta cámara, mientras el energúmeno de Carlo le decía que sonriera, aunque se lo decía en inglés y el niño, ni lo entendía.

Los italianos fotoacosando

Fuimos a un poblado, Botco Village, un lugar alejado adonde sólo se podía llegar andando unas 3 horas desde Walirana, cruzando por medio de bosques y cacaotales y donde todos los materiales de las casas provenían de la propia naturaleza; cuerdas hechas de lianas, paredes de bambú o madera, techos de paja.

Cacao secándose en Botco


Arvelino por el camino abría un cacao y chupaba sus semillas, abría un coco y comía la pulpa, cortaba un pomelo que nos daba para saciar nuestra sed y llenarnos de dulzura. Cuando empezó a llover cortó unas hojas de una especie de palmera de porte bajo, las que nos servían de paraguas. Carlo ya había mostrado desde el principio su mal talante al darle a Arvelino su mochila, llena hasta arriba con todo tipo de cosas, incluido su pesado equipo fotográfico, para que se la cargara durante todo el día.

Arvelino y el guardián del sitio sagrado de Sanwir

Después de regresar de la excursión les dije a los italianos que al día siguiente yo iría en otra dirección ya que no quería compartir ni un rato más con ellos. Para rematar, por la mañana descubrí que Carlo había robado en Lamap uno de los juegos de semillas que los danzantes se ponen en los pies para aumentar el sonido de sus danzas y que se había quitado uno de ellos. Ahora lo dejaba abandonado ya que ocupaba mucho espacio y les oí comentar que no pasaría la cuarentena en su vuelo de regreso en tránsito por Australia.

Por pura suerte, cuando llegó una de las Toyotas que hacen de transporte público en esta zona me encontré de nuevo con Laurent y Natascha, con los que había coincidido unos días antes, que venían de confirmar su vuelo en Norsup, la capital de la isla Malekula. Ellos viajaban con su hijo adolescente, Miguel, con los que me entendía muy bien y que me quitaron el mal sabor de boca que me habían dejado los italianos.

Mis maletas esperando en la parada del transporte público

Los franceses tenían un contacto en el pueblo, Calixto, quien les había invitado a comer a su casa, en las afueras del pueblo. Pasamos todo el día con ellos y fue muy interesante ver la vida de una familia, observando cómo basan su sistema de vida en la autosuficiencia, manteniendo todo lo necesario cerca de la casa: madera para cocinar, coco para beber, para comer y extraerle el aceite, gallinas y ñames, kava para soñar (el kava, la bebida nacional de este país se extrae de la raíz de una planta, Piper Methysticum, que tiene un efecto relajante cuando se bebe).

Pasamos todo el día oyendo las historias de Calixto, a quien Laurent (periodista) y Natascha (directora de teatro) entrevistaban, sobre la historia de la isla, sus creencias y los espíritus.

Calixto y su familia cocinando




sábado, 7 de febrero de 2026

Historietas (Travesía del lago de Malaui)

 

El ferry MV Ilala

En octubre de 2010, en mi viaje alrededor del mundo viajé a Tanzania. Quería atravesar el país en tren, llegar a Malaui y de ahí pasar a Mozambique para encontrarme con una amiga que estaba trabajando en Cabo Delgado, un sitio al que ahora mismo no es recomendable ir por el conflicto que hay en esa zona. Cuando llegué a Nkhata Bay, ya en Malawi, estuve esperando dos días el ferry MV Ilala que me iba a permitir atravesar el lago Malaui durante 3 días. El ferry de 52 m de largo fue construido en 1949 en Escocia y llevado desmontado en barco a Mozambique y de allí, por tren, a Malaui.

Cuando por fin llegó el ferry por la mañana, con unas cuantas horas de retraso, me puse en la caótica cola de unas 300 personas que se formó, con empujones y un calor que te dejaba sudando y exhausto. En realidad, no hacía falta hacer cola, pero en sitios que no conoces haces lo que ves. Finalmente, el barco salió por la tarde.

Había 4 clases en el barco; económica, segunda clase, primera clase (First Class Deck) y 2 camarotes. Menos en los camarotes uno se buscaba la vida para dormir, en el suelo y como podía. Los precios para todo el trayecto hasta Monkey Bay era de 7 € para la clase económica, de 14 € para los de 2ª clase, 58 € para los de 1ª (lo que yo pagué) y de 100 € para los camarotes.

La cubierta para dormir en 1ª clase

Los pasajeros se hacinaban en las dos clases inferiores que iban atestadas de enormes sacos con pescado seco que iban a vender a otras partes del país. En 1ª clase éramos muy pocos y tocaba dormir en cubierta, en el suelo. Por la tarde pasaba un marinero y si querías te alquilaba una colchoneta por 2 dólares la noche. Yo la cogí porque el suelo estaba muy duro. En los camarotes sólo había un alemán, Peter, que desde el primer día me llamó la atención porque tenía la nariz muy roja. Había una cocina en la parte baja y otra para las dos clases de arriba. En ambas había que pedir por adelantado si uno quería comida. Como yo trataba de viajar de forma económica me saltaba la comida del mediodía lo que extrañaba mucho al camarero que pasaba a preguntar quienes iban a comer. A la hora de la cena yo era el primero en estar allí por el hambre acumulada.

Zona de clase económica

Ese año parece que fue extraordinario en cuanto a la pesca de unos pescaditos (pertenecientes a los cíclidos) endémicos del lago Malaui. Una vez secos, son la base principal de proteínas para la población. Toda esta carga de pescado la transporta el barco de costa a costa, para luego ser llevada y vendida en la capital o incluso en Zimbabue. Viendo el trajín en el barco y el hacinamiento en la parte baja me alegré de ser tan privilegiado de ir en la cubierta.

Pescado seco en venta en el puerto

Todo este trajín hacía que el barco fuera acumulando más y más retraso. Tanto en Chizimula como en la isla de Likoma no había un puerto para que el barco atracase, por lo que todo el trasvase de personas y mercancías se tenía que hacer por medio de 2 barcas auxiliares y de los botes de los pescadores. El desorden era total. En alguno de estos sitios había tanta gente que algunos de los que esperaban, estaban tan desesperadas por subirse que intentaban llegar nadando.

Personas esperando para embarcar en Metangula (Mozambique)

Debido al enrome retraso acumulado, Peter que tenía su vuelo de vuelta al día siguiente, decidió no esperar hasta el último lugar donde tenía previsto desembarcar, sino hacerlo en un puerto antes, para así llegar al aeropuerto a tiempo por tierra. Cuando se iba, me dijo que como había pagado el camarote para todo el viaje me dejaba la llave y así yo podría dormir allí la última noche. En el camarote había una botella de whisky vacía de litro y medio, así que entendí lo de su nariz roja.


Desembarco de Peter y otros pasajeros en el bote auxiliar con cajas de pescado 

El último día de viaje llegamos de noche y me quedé completamente sólo en el barco, por lo menos en lo que respecta a la primera clase. Eso me permitió deambular por todas partes y hacerme una idea de cómo había sido el viaje cuando estaba lleno de gente y de bultos. Poco antes de atracar el capitán me dijo que como era ya de noche me podía quedar a dormir en el barco. ¡Todo un detalle que no me esperaba! Y uno piensa en esos momentos en la diferencia de trato que les damos a esta gente en nuestro país y el que recibimos de forma tan natural aquí. Por la mañana, temprano, me puse de nuevo en movimiento. El barco estaba completamente desierto siendo yo el único que durmió allí. En la caseta de entrada del puerto entrego la llave del camarote y me encamino hacia la estación de buses para seguir mi camino.

Ya no había sitio para más


viernes, 23 de enero de 2026