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jueves, 4 de junio de 2026

Caminos de África (3)

 

El desierto mauritano

Las condiciones en los poblados del interior de Mauritania eran algo duras, ya que faltaba cualquier cosa que uno se pueda imaginar. Por eso descubrimos pronto que cuando venía alguien nuevo, lo mejor era llevarlo enseguida a su lugar de destino sin que pasara ningún día en la capital, cuya vida social, aunque no era para tirar cohetes, siempre era mucho más atractiva que en los poblados. Porque de no ser así, luego ya costaba mucho que se adaptara a su destino y lo que quería era volver lo antes posible a la capital.

Algunos se acostumbraban mejor que otros y ponían en marcha soluciones innovadoras, como Miquel, que empezó a construir unos pequeños huertos amasando excrementos de camello y haciendo con ello los bordes de los pequeños huertos que se volvían impermeables al agua, por lo que se podía regar esa pequeña superficie sin que el agua se escapara por los lados. Esto que nos parecía maravilloso a nosotros, les producía cierta repelencia a los lugareños por lo que pronto quedó en el olvido.

Los camellos se descuartizan sobre la arena, sirviendo su propia piel de mantel. Después al comerla siempre notas la arenilla que se ha colado 

Uno de los jóvenes que llegó de voluntario fue a trabajar a un poblado que estaba cerca del río Senegal. Allí conoció a una chica estadounidense que hacía también su trabajo de voluntariado con los cuerpos de paz de ese país. Le comentó que todo el mundo sabía que las informaciones que recopilan los integrantes de los cuerpos de paz en los lugares en los que están diseminados por el mundo son utilizados por la CIA para quien sabe que oscuros propósitos. La chica preocupada se lo contó por carta a su madre de Chicago y esta, que al parecer conocía a un congresista allí, se lo contó a su vez. El resultado fue que el embajador de EE. UU. llamó al embajador de España en Mauritania para pedirle explicaciones, este a su vez tuvo que llamar al responsable de la ONG y la cosa como era de suponer finalmente quedó en nada. ¡Cosas que hacen los diplomáticos para entretenerse!

Las mujeres de Naïm mostrando algunas de las conservas que habían hecho en el proyecto

En esos años 90 todo era muy precario en Mauritania. No sé si ahora hay cajeros automáticos, supongo que sí, pero en esa época no había y era muy complicado y engorroso cambiar dinero en el banco. Pero dada la gran cantidad de mauritanos que hacen negocios en las islas Canarias, había un comerciante, conocido del responsable de la ONG, al que podías ir con tu talonario de cheques de la cuenta española y le extendías un cheque por el contravalor de lo que querías en moneda local que el te pagaba al momento. Luego pasaban algunas semanas antes de que cobrase el cheque y por lo que se, el sistema siempre funcionó a satisfacción de todos.

Basta salir un poco de la capital para ver camellos por doquier
 

En uno de los viajes que hice coincidí en el aeropuerto con una pareja española, a los que conocía porque él llevaba la parte de mantenimiento en la embajada española. Su historia era algo triste. Junto a su padre habían tenido un negocio de pesca y de exportación de langostas en Mauritania. Se asociaron con un empresario mauritano que quiso ampliar el negocio por lo que les tocaba poner más dinero que no tenían, así que decidieron pedir un préstamo en España. Hipotecaron la casa que tenían en Las Palmas y cuando el negocio se fue al garete porque el socio les engañó se quedaron en la calle. En la embajada, conociendo la situación, le ofrecieron el empleo para que pudiera al menos poder tener un sueldo en el país ya que no tenía donde volver a Gran Canaria. En el aeropuerto era ella la que viajaba a Gran Canaria para hacerse una revisión médica y sentí algo de vergüenza ajena cuando ella le recordaba que en su ausencia no se fuera de picos pardos con alguna “negra”. Ya en el avión me tocó viajar con ella y fue uno de los peores viajes que he hecho en mi vida. Me contaba que odiaba Mauritania por lo que les habían hecho (que yo sepa solo les engañó uno) y lo que esperaba era que hubiera una guerra civil o de cualquier otro tipo para que los repatriaran del país y les mandaran a otra embajada y así dejar ese país al que tanto odiaba. Yo no veía el momento de llegar y alejarme de esa bruja.

Una mujer harratine (antiguos esclavos) con su hijo y un niño moro blanco

Pero si hubo una experiencia que me impactó fue la de Oualata, la última ciudad antes de la frontera con Mali, en la que Mauritania tiene un especial interés en que no se abandone ya que ello dejaría un enorme territorio junto a Mali como tierra de nadie. Todo ello a pesar de que los tuaregs siempre se han movido libremente en estos territorios sin la aberración de las fronteras rectilíneas fijadas por los franceses tras la descolonización. La ciudad también mantiene en su biblioteca algunos de los manuscritos religiosos más antiguos del país.

A esta ciudad se puede llegar por carretera, haciendo unos mil kilómetros por la carretera llamada de la Esperanza, casi rectilínea desde Nuakchot y luego hay que hacer algo más de cien kilómetros hacia el norte por el puro desierto, sin caminos y sólo con la pericia de navegación del conductor, trayecto que lleva de 3 a 4 horas.

 

En este viaje pinchamos dos ruedas. ¡Una odisea bajo el inmenso calor!

Fuimos a esta ciudad en mayo de 2000 contratados por un madrileño, José Corral Jam, que estaba ejecutando el proyecto financiado por la cooperación española “Rehabilitación sociocultural y económica de Oualata” de las casas de la ciudad, dada su experiencia como arquitecto conservador de la Alhambra y el Generalife de Granada.

Vista de Oualata con alguna de las casas restauradas

Para proporcionar un modo de vida a la población que todavía vivía en esta ciudad el proyecto incluía la perforación de unos pozos que proporcionaban agua a los huertos que se habían establecido y cuyas bombas eran movidas por la energía producida por paneles solares.

Casa restaurada en Oualata que servía de sede al proyecto y donde nos quedábamos

El cometido de mi amigo Carlos Nogueroles y mío era ver como mejorar la eficiencia del riego por goteo que se había instalado y enseñar a los técnicos locales como mejorar su producción. Recuerdo especialmente el primer día que fuimos a ver los huertos, un poco antes de las 8 de la mañana ya que a esa hora se ponía en marcha el riego. Delante de cada gotero había un pequeño pájaro, los que seguramente habrían hecho las delicias de cualquier ornitólogo, esperando que salieran las primeras gotas de agua, mientras picoteaban por aquí y allá las hortalizas de los huertos.  La única solución que se nos ocurría era que, dado que algunos ricos jeques de países árabes venían a esta zona con sus aves de presa para cazar, les pidieran que les dejaran algún halcón entrenado para que ahuyentara a los pájaros o que pusieran algún bebedero especial para ellos. Había otros problemas como que los moros blancos planteaban que ellos tenían más derecho al agua para abrevar a sus camellos que los negros que cultivaban los huertos. Después de quince días nos fuimos y esta fue la última vez que fui a Mauritania, por lo que no se como siguió el proyecto.

El agua lo es todo en el desierto. Los harratine son los encargados de sacar el agua de los pozos

Hay un libro muy interesante que escribió José Corral, basándose en los escritos de un albañil marroquí al que había contratado que se llama “Los esclavos de Alá” (Sirpus Literaria, 2009) que vale la pena leer, si te interesa Mauritania y el mundo árabe.

Y si hay algo que nunca me cansaba de mirar, eran las formas que el viento moldeaba en la arena