viernes, 13 de noviembre de 2020

Viajes sin mascarilla: Anécdotas en la Nicaragua sandinista

Típico puesto de tortillas de maíz en Centramérica

Nada más llegar la primera vez a Nicaragua, en Masaya, al par de días, empecé a sentirme algo mal. El calor pegajoso, los olores tan fuertes en la calle, todo me hacía sentir mal y me daba náuseas. Sobre todo, el olor que se desprendía de un quiosco de un mejicano que hacía tortillas de maíz, y que me repelían al pasar por delante lo que me ha durado hasta hoy, y que igual que esas borracheras de la adolescencia, ha tenido el efecto de que no he vuelto a comer nunca más tortilla de maíz, ni en Nicaragua ni en ningún otro lugar.

Catedral de San José

Habíamos decidido que la acción que nos iba a dar más visibilidad ante el secuestro de nuestros compañeros por la Contra, era encadenarnos a la Catedral de San José (el grupo que los había secuestrado pertenecía al comando que tenía sus bases en Costa Rica). Para ello había que comprar las cadenas y los candados. El grupo de apoyo en Managua me dio dinero para comprar los materiales, unos 200 US dólares, que en esa época todo era muy barato. La estancia y el hotel nos lo pagábamos cada uno, que ser revolucionario también conlleva (ba) ser honesto. Yo nunca me había encadenado a ninguna parte ni sabia como llevar a cabo acciones subversivas secretas. Habíamos quedado en alojarnos en hoteles diferentes para que nadie nos relacionase ya que sí parecía que estaban sobre aviso las autoridades costarricenses de que se iba a producir alguna acción (no dejaban pasar alemanes en las fronteras terrestres). Como tampoco me habían dado ningún manual de cómo actuar cuando uno va a encadenarse decidí ir a comprar las cadenas en ferreterías diferentes, en cada una 3 o 4 metros y les pedía factura, para luego pasar cuentas con nuestro grupo de apoyo cuando volviéramos. Cuando en la primera ferretería me preguntaron qué a que nombre ponían la factura, empecé a balbucear mientras mi cerebro trabajaba a toda máquina, ya que yo no quería dar mi nombre verdadero así que en ese momento se me ocurrió decir que, a nombre de Alberto Martínez, lo que era fácil de recordar ya que se parece un poco a mi nombre. Y así lo hice en las siguientes ferreterías, quedando por las noches para entregar las cadenas y su respectivo candado a los compañeros mientras esperábamos el momento más propicio de actuar.

Estuvimos unas 2 horas encadenados a las columnas de la catedral con nuestros carteles denunciando el secuestro y las actividades de la Contra, mientras llegaban “ticos” que en vez de interesarse por nuestra acción nos insultaban. Cuando vino la policía, sentimos cierto alivio porque la gente estaba cada vez más agresiva contra nosotros. La policía nos preguntó que quien tenía las llaves de los candados y le dijimos que las habíamos tirado. El más avispado de los polis metió la mano en el bolsillo del primero de los encadenados (que no era yo) y sacó las llaves que entraron perfectamente en la primera cerradura, así que no hubo que cortar ninguna de las cadenas. Ahí ya tuvieron que darse cuenta que éramos aprendices.

No hay que olvidar que los gobiernos europeos fueron cómplices de lo que pasaba en Nicaragua

Nos llevaron detenidos y nos encerraron en una especie de cuartos individuales, no sin antes cachearnos y quitarnos todo lo que llevábamos encima, incluidos dinero y papeles. Cuando me tocó el turno, dos rambos, uno negro y otro blanco, me llevaron al despacho de un comisario que empezó a interrogarme. Sus ayudantes le dieron todas mis pertenencias y después de estudiar mi pasaporte vio que yo estaba ilegal en el país, ya que como yo todavía no estaba muy ducho en viajar, en la frontera, con los nervios, me monté en el primer bus que iba a la capital y se me olvidó sellar la entrada al país. Pero lo peor vino cuando de pronto, después de revisar mis papeles y consultar otros, ¡me pregunta quien es Alberto Martínez! En ese momento, agaché la cabeza y con un hilo de voz, le dije: soy yo. ¿Como que usted? me respondió y volvió a mirar el pasaporte, para cerciorarse. Cuando me volvió a mirar, interrogándome con los ojos, bajando todavía más el hilo de voz si cabe, le dije: bueno, en estas cosas, uno nunca da su nombre verdadero, ¿no? Me miró, después a sus ayudantes, y con lo que me pareció un cierto tono de desprecio les dijo: ¡llévenselo! Un par de compañeros periodistas mientras tanto llamaban a las embajadas de nuestros países y daban nuestros nombres, lo que ayudó a que, al día siguiente, después de una noche algo desagradable en algo parecido a una mazmorra, sin cargos, nos deportaran a Costa Rica.

Con Leticia Herrera y Ronald Paredes

En mi trabajo con las brigadas alemanas que venían a ayudar a Nicaragua, hicimos una entrevista a Leticia Herrera, cuando era jefa de los Comité de Defensa Sandinista en 1986, y quien fue una de las primeras mujeres en ser comandantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua contra el gobierno dictatorial de Anastasio Somoza entre 1974-1979.

En 1974, fue una de las líderes del "Operativo Diciembre Victorioso", en un asalto a la residencia de José María Castillo Quant, en la capital Managua, donde se tomaron de rehenes a altos funcionarios del gobierno somocista a cambio de la liberación de los presos políticos del FSLN que tenía el gobierno.

Entrevista en el periódico Barricada (ya desaparecido) sobre las donaciones que la ONG con la que trabajaba había hecho en Diriamba.

 


 Fotos: Con amigas de Diriamba en la playa;  Visitando el ingenio azucarero de Malacatoya con enormes pivotes de riego; Tortugas recién pescadas por los lugareños para hacer sopa en Corn Island; Mis compañeros de trabajo me regalaron unas mecedoras en mi cumpleaños

 

martes, 3 de noviembre de 2020

Nicaragua sandinista

 

    Con amigos en la urbanización Casablanca, en el Poris de Abona, Tenerife

Corre 1985 y vuelvo a trabajar en Tenerife en el mismo barco de pesca de la otra vez. Ventajas de ya ser conocido. Pero no es lo mío, es un trabajo muy rudo con gente más ruda aún y así, después de un tiempo, consigo trabajar en una oficina de una urbanización donde viven en su mayoría alemanes. De allí, me voy a La Gomera donde paso unos meses en Valle Gran Rey viviendo y trabajando también con un alemán. Sigo sin hacer fotos. ¿Para qué?

Mis amigos del Finkhof me escriben de que van a ir a Nicaragua, a Masaya, a trabajar en la construcción de un taller de carpintería, donde se enseñará a los jóvenes revolucionarios a formarse un futuro. Nicaragua estaba en uno de los momentos más difíciles de la Revolución Sandinista y había que ir a ayudar. O eso nos parecía a nosotros. Así que no me lo pensé y en enero me fui con Sonia e Irene a la aventura nicaragüense.

Mi primera idea era estar trabajando como voluntario en la construcción del taller durante unos 3 meses y luego comprarme una bicicleta e irme hasta el sur de Chile. Pero poco a poco, el país me fue enamorando, pasaron los 3 meses y Chile y la bicicleta quedaban cada vez más lejos.

La brigada construyendo el taller de carpintería “Tonio Pflaum” (nombre de un brigadista muerto por la contra), en Monimbó, Masaya

Una cosa trajo la otra y me ofrecieron trabajar para una ONG alemana y decidí quedarme. En mayo la contra secuestró a un grupo de alemanes con la finalidad de que los gobiernos europeos no siguieran permitiendo que jóvenes brigadistas fueran a trabajar con la población nicaragüense. En las reuniones que se hicieron entre los alemanes, a los que yo asistía por trabajar con ellos, se decidió asaltar la embajada de Alemania en Managua, a lo que me apunté. Durante 3 días estuvimos un grupo de unos 70 brigadistas encerrados en la embajada, y entre otras cosas, se pudo acceder a todos los intercambios de informaciones entre las embajadas de los países europeos y ver su doble cara, entre lo que decían a la prensa y lo que acordaban entre ellos.

Titular del periódico de La Prensa del 20 de mayo de 1986 con el fin de la ocupación de la embajada alemana

En una acción interna secreta se decidió que un grupo de extranjeros no alemanes fuéramos a Costa Rica para dar a conocer lo que hacia la Contra ya que además se suponía que irían a liberar a los brigadistas secuestrados en ese país y utilizarían ese hecho para hacer propaganda. Fuimos 2 vascos, 3 alemanes con pasaportes de otros países y yo. Después de estar unos días en la capital San José, se decidió que nos encadenáramos a las columnas de la catedral. Yo me encargué de la intendencia, o sea de comprar las cadenas y candados. Nuestra sorpresa fue ver que a la gente de Costa Rica les ofendía que hiciéramos una acción en la catedral, mancillando sus símbolos religiosos, mientras la guerra sucia en Nicaragua les importaba un pimiento. La gente se iba volviendo más agresiva contra nosotros y por ello nos alegramos cuando llego la policía y nos detuvo. Después de interrogarnos de forma individual, nos llevaron a la cárcel y nos metieron a todos juntos en unos calabozos, en los sótanos de una estación de policía, donde curiosamente en las paredes había inscripciones de la contra. Es la única vez que he estado y he dormido en la cárcel y una vez más, no me pareció una experiencia para repetir. Al día siguiente dos policías, tras quitarnos todo lo de valor que teníamos, nos metieron al bus que iba a Nicaragua y nos deportaron a ese país, devolviéndonos nuestros pasaportes en la frontera.

Compartiendo habitación con Jürgen, en un cuartucho del mercado viejo de Diriamba

Durante algo más de 2 años trabaje en Nicaragua, primero en Masaya y después en Diriamba, donde mas tarde vino Tere. Compartíamos con otros alemanes unos habitáculos bastante simples que nos habían dejado en lo que anteriormente fue el mercado y que poco a poco fuimos adecentando. De la guerra solo veíamos los muertos cuando llegaban para las “velas” de las familias. Solo alguna vez, cuando estuvimos en Juigalpa o en Somoto, hubo cerca combates con la contra. Por lo demás, la vida dentro de ese contexto de Revolución y de guerra, era más o menos normal, pero con la falta de muchas cosas que no había y con una cartilla de racionamiento que nos daba derecho a arroz, aceite y un par de cosas mas cada 15 días. Todo y así, éramos unos privilegiados respecto a la población nicaragüense.

En el sentido del reloj: 1. inauguración del parque infantil financiado por una ONG alemana en Diriamba, 2. Reunión para organizar la estancia de unos brigadistas, 3. Navegando por el Lago de Granada 4. Habitación todavía precaria, pero con color.

En junio de 1988, después de 2 años y medio y decidir con Tere que queríamos volver a España, aunque ella más que yo, nos despedimos de esta Nicaragua de la que nos habíamos enamorado.

A lo largo de los años he vuelto muchas veces, a veces a trabajar, a veces a estar con mis amigos, a veces como dicen allí “a pasear”. Me gusta recordar todos esos momentos y me reafirma en mi idea de que, probablemente, ya no volveré, y así poder quedarme con esos recuerdos como si fueran un cuadro más colgado en mi habitación.

Hablando com mi chocoito en el patio de nuestra casa. Uno de nuestros primeros viajes a Corn Island con la pista todavía de tierra.

En las playas del Pacifico de Nicaragua con Tere

jueves, 8 de octubre de 2020

Viajes sin mascarilla - Argelia 1984

 

    El desierto argelino

Nada más acabar COU, con 17 años, empecé a estudiar empresariales. Por la mañana trabajaba, por las tardes iba a la Escuela Universitaria de Estudios Empresariales y por las noches iba a entrenar a baloncesto. Vivía solo en una casa que alquilé en Sabadell y me di cuenta que no podía con todo. Quería hacer muchas cosas en la vida y parecía que las estaba haciendo todas de golpe. Además, la objeción de conciencia también me obligaba a decidirme que hacer. Deje empresariales, deje el banco donde trabajaba y deje el baloncesto. A la mierda todo, tenía que reorganizarme y me fui a Alemania, a recorrer el país, a encontrarme con grupos de objetores de conciencia y a ver la vida de otra manera. En el tiempo que pase en Alemania intuí ya dos cosas que me gustaría hacer, tener contacto con la tierra y viajar.

A la vuelta, después de mi primera peripecia en Canarias, en junio del 82, volví al Banco de Sabadell, de donde había pedido excedencia, para sanear mi economía, pero no aguante mucho y en noviembre del 83 dejé atrás definitivamente esa vida. Probé a trabajar con mi amigo Agustí pintando cerámica, pero no funciono y volví a Vimbodí para finalmente el 16 de marzo del 84, despedirme de mis amigos e irme a lo que pensaba seria mi viaje alrededor del mundo, sin saber que todavía tardaría 25 años en poderlo hacer. Mi primer objetivo era Argelia, sin saber muy bien luego dónde ir, aunque quizás el camino era en realidad mi destino.

Después de mi viaje en bicicleta por España, Francia e Italia con Herman, se me quedo el gusanillo de volver a repetir ya que me parece una de las mejores maneras de viajar; lo suficientemente lento para verlo todo y lo suficientemente rápido para sentir que se avanza.

Se supone que uno siempre aprende de las experiencias así que decidí no volver a pasar frio y por eso decidí ir al sur. Al sur, sur. Mi idea era ir al sur de España, atravesar el Estrecho, ir a Marruecos para luego pasar a Argelia y después descender por el desierto hasta llegar a Níger y de ahí llegar a la costa por alguno de esos pequeños países como Benín o Togo. Un hito en el camino era la legendaria ciudad de Tamanrasset, en pleno desierto argelino, a más de 600 km de cualquier otro punto habitado.

Mirando ahora para atrás, mi plan me parece como mínimo inocente, con la poca información que tenía, con una bicicleta de al menos de cuarta mano y solo una guía de viajeros intrépidos en francés, uno de los pocos libros que se encontraban en esa época sobre estos países para viajeros. Recuerdo que fui a la librería Altair en Barcelona para comprarlo y hable con el responsable de los libros de África, un tipo al que ahora se le llamaría un friqui, que estaba estudiando la arquitectura de las culturas norteafricanas. Curiosamente, ya en Argelia, me lo encontré de casualidad un día por la noche en Ghardaia, y solo me dijo que no durmiera en los jardines porque había serpientes.

A pesar de lo dicho anteriormente sobre la experiencia, volví a salir casi sin dinero, pero con un montón de ilusión por ir al continente con el que tanto había soñado. En la mochila, aparte de un poco de ropa llevaba un montón de ilusiones ilusas, como que cuando se me acabase el dinero me pondría a trabajar y luego seguir el viaje. No era consciente de que iba a países donde por ser blanco automáticamente significa que tienes dinero y el que vayas en bicicleta solo es una señal de tu esnobismo.

De nuevo volví a salir de Vimbodí, rumbo al sur, y en muchos puntos reconocía zonas por las que había pasado con Hermann. En Valencia me pare un par de días para visitar a mis amigos de Salamanca para continuar luego mi viaje hasta llegar a Almería. De ahí pase a Melilla en barco, con unas enormes ganas de entrar ya definitivamente en África. Mi primera experiencia fue en la frontera donde un policía me dijo que no podía entrar a Marruecos por llevar pantalones cortos, lo cual teniendo en cuenta el calor y que iba en bicicleta parece una tontería, pero teniendo en cuenta sus costumbres y el año que era, quizás sea más comprensible. Me toco esperar al cambio de turno y cuando vi que había otro policía, pasé rápido sin que pudiera fijarse mucho y ya estaba en Marruecos.

De ese país tengo recuerdos vagos, como que al pasar por Nador, unas cigüeñas azuladas volaban sobre mí en la carretera. Enseguida pase a Argelia y allí, en esa época, te dejaban entrar, pero te daban un formulario sellado en el que tenías que poner cuánto dinero te habías gastado en el país, lo que tenías que hacer sellar por el banco cuando cambiabas a la moneda local. Este papel te lo pedían al salir. La cantidad mínima que había que gastar era muy superior a lo que yo llevaba, pero pensé que ya me ocuparía de ello a la salida. Seguí camino hasta Oran y luego Alger. Las grandes ciudades no son el mejor lugar cuando vas en bicicleta, no solo por los coches sino porque cuando no tienes dinero no encuentras sitios al aire libre para dormir. Así que salí lo más pronto que pude y puse de nuevo rumbo al sur, hacia el desierto. Aquí si había sitio para dormir¡!!


En todo el viaje casi siempre dormí al aire libre, con solo una fina cubierta de tienda de campaña que dejaba pasar por debajo la arena cuando había viento. En el desierto una noche oí aullar a los chacales y no pegue ojo, pero nunca me paso nada. En la Argelia socialista de esa época no había casi nada que comprar. Las tiendas estaban repletas de productos como por ejemplo latas de sardinas, que venían de algún otro país de su ámbito político, pero en ese caso ese era el único producto disponible.

La gente era muy amable y al verme, me invitaban a su casa y me daban de comer. Me quedaba a dormir con la parte masculina de la familia en alguna de las habitaciones de la casa, echados todos encima de las alfombras y al día siguiente proseguía mi viaje.

En el norte de Marruecos coincidí con un japonés que iba en moto. Tres semanas mas tarde me lo encontré en Ghardaia, donde se le había estropeado una pieza del motor y estaba esperando que le llegara de no sé dónde. El japonés había hecho amistad con una familia del lugar, y me invito a compartir la casa que le prestaron y que tenía un pequeño estanque para regar que utilizábamos como piscina. Hablando no nos entendíamos ni con la familia ni entre nosotros ya que no teníamos ningún idioma en común. Tenía un diccionario japones-árabe, de lo mas surrealista que he visto y que nunca que nunca supe en qué sentido había que leerlo. Después de una semana sin hacer casi nada y viendo que ya no podría arreglar la bicicleta, de la que se habían ido rompiendo varios radios debido al sobrepeso que debía llevar de agua, la acabé vendiendo a la familia de la casa incluso por más dinero del que me había costado.

                        Única foto de todo el viaje hecha por unos soldados argelinos 

Por el camino había ido vendiendo mi ropa para conseguir algo de dinero, por ejemplo, mis viejos jeans, ya que en el país no había y los argelinos estaban dispuestos a pagar por ellos.

Finalmente, con toda mi pena me decidí irme, siguiendo en autostop, renunciando a atravesar el desierto ya que sin dinero parecía una empresa imposible, por las historias que me habían contado de que, si no pagabas a los pocos camioneros que transitaban por esa zona, no te llevaban y te quedabas tirado sin dinero y sin comida. A pesar de ello, un camionero que llevaba un camión cisterna cargado de gasolina me llevo hasta El Golea, donde todavía faltaban nada menos que 2600 km para llegar a las costas de Benín.

Así que en El Golea, totalmente desanimado por mi gran fracaso, me senté en la carretera, al lado de una gasolinera destartalada, sin ni siquiera ganas de hacer auto stop, donde al cabo de un par de horas paro un jeep con matrícula de Barcelona. El conductor, catalán, me pregunto si me llevaba a alguna parte, que el iba a Marruecos, y sin muchas más posibilidades de elegir me fui con él. Podía llevarme hasta Barcelona, pero yo había salido para no volver, por lo menos no tan pronto, así que fui con el hasta Marruecos, donde yo seguí camino hacia la costa y el regresó a España.


Después de deambular por Marrakech, llegué a Casablanca, donde pasé un par de días. Era el momento de decidir qué hacer, así que pensé que iba seguir al sur. Me encontré con un alemán, con el que compartí viaje pasando por las ciudades de la costa, viajando en jeep para llegar a Tan Tan, donde había enormes bandadas de flamencos rosados. Llegamos a El Aaiún donde estuvimos cerca de una semana, buscando como ir a Canarias en barco.  No encontramos nada y finalmente, pidiendo dinero a mi hermano, pude comprarme un billete de avión que me llevo a Gran Canaria. Durante esos días, jugaba al baloncesto con unos chicos de allá y por puro aburrimiento con el alemán nos fuimos a una peluquería a raparnos al cero, con lo que, al llegar a Gran Canaria, enseguida nos paró un policía ya que parecíamos salidos de una secta.


Casi 3 meses después de haber salido de Vimbodí, mi primer gran viaje acabo en las Islas Canarias a las que por una u otra razón he seguido ligado hasta ahora. Pero esas ya son otras historias.


Mi destino final, Los Cristianos, en Tenerife, que en ese año tenia todavía algunas de las casas de los 60 y ya también algunas del 2000


sábado, 29 de agosto de 2020

Togo: punto y final

 


Sentado delante del ordenador podría estar en mi casa o en la China, pero la voz monótona del muecín, me recuerda que vuelvo a estar en un país esto hace parte de la normalidad, un país lleno de colores, contrastes, olores y caótico, donde he vuelto para cerrar lo que empecé.

Después de mi llegada he estado confinado en la casa que comparto en Lome, pero solo un día hasta que me han dado el resultado negativo del mini test que me hicieron al llegar.


Mientras espero me paso el día saboreando la hamaca y oyendo el ruido de las olas rompiendo en la costa, a solo unos cuantos metros de la casa (según Google Maps está a 740 metros, pero su estruendo se oye perfectamente, por lo que se entiende que nadie se bañe ahi).


La casa en Lome es compartida con unos amigos que llegan unos días más tarde, pero sin equipaje, que se ha quedado entre Bruselas y Costa de Marfil. Traían varios quesos franceses, de los que tienen bacterias y están vivos y les han dicho que llegaran con el siguiente vuelo en 1 semana.


Como no tengo gran cosa que hacer me voy caminando a la frontera con Ghana, que tiene una verja de alambre apedazada por donde por la noche se cuela la gente sin pasaporte. Aquí no es obligatorio el uso de mascarilla en la calle, solo en espacios cerrados aunque no muchos cumplen la norma. Con solo poco mas de 1000 positivos en el país y 27 muertos, la gente le ha perdido el miedo al corona. Ademas, ellos siempre se han muerto de cualquier cosa y esto del coronavirus les parece como un mal chiste de los blancos.


En Lome disfruto de mi comida favorita en un tugurio bastante popular, el Big Metro, donde ya no tengo que pedir, porque saben que siempre pido lo mismo, Riz au gras.

Y por fin regreso a Kpalimé, donde me alegro de volver a mi casa y encontrar mis cuatro cosas y cacharros viejos, mi jardín y a la gente que conozco. Con el Covid todo es diferente y aquí nada ha cambiado. Como la gente aquí no viaja en avión ni pasan sus vacaciones en Canarias, nada de esto les afecta y lo único que les preocupa es que aun siendo periodo de lluvias no esta cayendo ninguna gota, lo que no les deja sembrar el segundo cultivo del año.

En mi cuarto, por la noche enciendo la luz y el gecko, al que no veía desde hace más de 4 meses, viene corriendo a comerse todos los insectos por fuera de la mosquitera vienen atraídos por la luz. No sé de qué habrá sobrevivido, pero de momento el sustento lo tiene asegurado.

En el matadero hay 3 vacas esperando su suerte, que ya esta echada. A mí siempre me parece que carne poca hay, que todo son piel, huesos y cuernos, pero algo le deben sacar.

 


Como vendí mi moto pensando que no iba a volver, me contento con ir al trabajo en la bicicleta que tengo en casa, lo cual espero me sirva además para reducir el par de kilos que aumente en el confinamiento. Los pinchazos están a la orden del día y no me preocupa encontrar donde arreglarlos, en cualquier lugar a lo largo de la carretera, sino que lo hagan bien y que el arreglo me dure. ¡ Por lo menos hasta final de septiembre en que la bicicleta, mi casa y otra partecita de mi se quedaran para siempre atrás en este paisito.

 

Comprando telas en el mercado


jueves, 13 de agosto de 2020

Serie sin mascarilla: los locos años 80

 



Intento recordar mis primeros viajes mientras en mi mente bailan las imágenes, los viajes y las fechas, agravado porque pasaba en esa época de hacer fotos. Pero poco a poco he ido reconstruyendo las historias como si de un puzzle se tratara





Después del viaje en bicicleta con Hermann a Italia, tocaba trabajar para tener algo de dinero para el siguiente. Para ello hice de todo trabajando en el campo como jornalero, desde desherbar a mano campos de cebollas hasta recoger avellanas. También trabajé limpiando cunetas para el ayuntamiento, de ayudante de albañil, y en invierno, con el Armengol y el Esteve hacíamos interminables jornadas de 12 horas en un molino de aceitunas, aunque ese era el trabajo mejor pagado, quizás porque nadie lo quería hacer. Entre tanto, mis pequeños viajes consistían en ir a ver mi novia cerca de Hospitalet del Infant, a unos 80 km de Vimbodi, lo que hacía alegremente en bicicleta, o en ir a la Bretaña francesa, en autostop, para visitar a Dominique, una chica que había conocido cuando estuve en Alemania.


Y fue allí, en Francia, donde me pillo el 23-F, de lo cual en ese momento me alegre ya que si hubiera acabado como querían, no hubiera sido agradable para mí como objetor de conciencia estar en España. De ese viaje a Francia llegue justo para la boda de mi hermano, donde me disfrazaron con un traje prestado, por lo que no he vuelto a repetir la experiencia y desde entonces no asisto ni a bodas ni bautizos.



Al año siguiente, como en septiembre u octubre, fui a Salamanca, para desde allí irme con mis amigos a Canarias. Manolo llevaba su furgoneta y Concha y yo fuimos escondidos dentro al entrar al barco. Esta era una manera de viajar que no había probado todavía, de polizonte, y que no he vuelto a repetir. ¡Se pasan demasiados nervios!

Nuestro destino era la isla de La Gomera, donde había una casa en Vallehermoso, que otros amigos habían alquilado pero que por alguna razón desconocida ya no les cobraban el alquiler. Así que como si fuéramos okupas, otra cosa que no he vuelto a repetir, nos fuimos a vivir allí. Después de un par de meses de no hacer nada, de recorrer la isla en vespa y de comer mucho arroz con leche fermentada y latas caducadas, regresamos a Tenerife a buscar trabajo ya que el dinero se había acabado.

Los primeros días dormía en la playa de donde me levantaba por las mañanas con los oídos llenos de arena. Por suerte, al poco tiempo conseguí trabajo en el Lajares, un barco de pesca de una familia de Los Abrigitos, que por alguna extraña razón me acogieron e incluso, en vez de dejarme dormir en el barco, como yo había pedido, me llevaron a dormir a su casa, donde se desayunaban sardinas fritas todos los días y así me acostumbré poco a poco a comer pescado. Durante el día dormía y paseaba por el puerto, mientras por la noche, trabajaba como pescador, que es una vida muy dura y no tiene nada de romántico.

En Los Cristianos, con Djarra, un senegales de un barco de pesca vecino

Al cabo de un par de meses, una vez comprobado de forma definitiva que la vida de pescador no se parecía en nada a lo que relataba Hemingway, decidí esperar al final de la luna para cobrar la parte que me correspondía de la pesca y que, aunque me pareció poco, era suficiente para comprar un billete de avión y regresar a Barcelona. En la pesca, lo pescado se divide en partes, según tu rango en el barco que en mi caso era más bien bajo. Si tomas la parte que te toca, la puedes vender por los pueblos como hacían algunos pero que para mí no era posible, entre otras cosas por no tener coche. Además, tampoco me veía yo voceando lo de pescado fresco. Lo que no se llevaban los marineros, el dueño del barco lo vendía al por mayor en la lonja de Santa Cruz, para hacer conservas, con lo que el precio era muy bajo, fluctuaba cada día y tu no sabias ni los kilos que te correspondían ni el precio al que se había pagado. Tampoco creo que los del barco hicieran muchas cuentas y supongo que al final me pagaron a ojo.

Cuando ya estaba decidido a volver a Barcelona, vi amarrado en el muelle un pequeño velero, de 8 metros de eslora, de nombre “écume de mer” (espuma del mar) con un cartel diciendo que necesitaba un acompañante para ir a Marsella. No tarde nada en pensármelo, por lo que después de ultimar los detalles con el francés dueño del velero, quedamos en salir al día siguiente. 

Cuando me subí por primera vez a aquel pequeño velero, no me imaginaba que me las tendría que ver con piratas, como en esos libros que había devorado de pequeño.

Ver entrada de blog del sábado, 18 de agosto de 2018).




El viaje fue una mezcla de pasar miedo cuando tuvimos tormentas en alta mar, de aventura y de vivir momentos increíbles como un día sin viento con los delfines jugando con el barco. Pesqué mi primer y único bonito después de días de estar probando con un hilo a remolque y pasé duras noches de guardia con cambios cada 3 horas, mientras el piloto automático nos llevaba al rumbo establecido.

 







Madeira


Como el tiempo y el viento estaba en nuestra contra, recalamos en Madeira, donde pasamos un par de días, para luego con el cambio de viento irnos hacia Marruecos, para recorrer su costa en paralelo.

Llegamos a Tánger con la batería agotada y por lo tanto sin motor para maniobrar, por lo que entramos a vela, lo que según los entendidos no es nada fácil, pero lo conseguimos sin romper nada.


Como mi anterior pasaporte se me había caducado hacía tiempo y no lo había podido renovar por ser objetor de conciencia y no haber hecho el servicio militar, probé con mi cartilla de marinero, que había sacado en Tenerife y me dejaron entrar en Tánger sellándolo como si fuera un pasaporte.


 

Seguimos rumbo a Gibraltar donde no tuve tanta suerte y no me dejaron pasar del muelle con mi cartilla así que me tuve que contentar con pasearme por el puerto. De nuevo salimos hacia el norte y cuando llegamos a Alicante yo ya estaba harto del barco, de la mar y del francés, así que decidí seguir hasta Tarragona en tren. Solo tenía unas pocas monedas y compre un billete de tren hasta la estación adonde me llegaba con ese importe. El tren iba parando en todas las estaciones mientras yo, hecho un manojo de nervios, iba temiendo que el revisor pasara y me echara del tren y no creyera la historia que había pensado contarle de que me había quedado dormido y me había pasado de parada. Finalmente, llegamos de madrugada a Tarragona sin que el revisor hubiera pasado y volví a hacerme la promesa de que nunca más viajaría sin billete en tren. Tenía frío, hambre y eran las 7 de la mañana, cuando me acorde que hacía algún tiempo había tenido cuenta en un banco de esta ciudad. Esperé a las 8 a que abrieran y fui a ver si había dejado algo de dinero en la cuenta, algo que dudaba, pero para mi sorpresa, me habían ingresado los intereses (si, era la época en que los bancos incluso pagaban intereses ¡) que correspondían al saldo que había tenido el año anterior, así que me dio para irme a desayunar.


En Vallehermoso, La Gomera, con Concha y Dario

 

Próximo destino: Vuelta a Togo con mascarilla

lunes, 29 de junio de 2020

La isla de El Hierro en bici


A las primeras de cambio, en cuanto se puede, me voy para El Hierro, la que era la isla más pequeña del archipiélago canario con unos 10 000 habitantes y solo 268 km2, ya que ahora se ha sumado la isla de la Graciosa con 29 km2 que antes era considerado un islote. El Hierro fue declarado en 2002 como Reserva de la Biosfera por la UNESCO.

Elegí para quedarme la zona de Frontera, donde me alquilé un apartamento, buscando el calor y la cercanía del mar. Los roques de Salmor están ahí mismo, guardando la entrada a la bahía.

Esta isla se consideraba el fin del mundo en la época anterior a Cristóbal Colon (cuando se consideraba que la tierra era plana) y por la punta de Orchilla pasaba el meridiano Cero, que no siempre estuvo en Greenwich, hasta que adoptado como referencia en octubre de 1884.

Los Roques de Salmor y el hotelito mas pequeño del mundo

En esta escapada no me pude resistir a rememorar mis viajes en bicicleta pasados y aunque esta vez hay diferencias sustanciales, como que la bicicleta es prácticamente nueva (Orbea Keram 15), con 2 baterías que suman 1000 Wh y motor Bosch, lo que ayuda mucho en las subidas y que además tengo dinero para alquilarla, lo disfruto como si fuera la primera vez.

Vista de Frontera desde la cumbre y la isla de La Palma al fondo

No vine a romper ningún récord mas que los míos propios. Las baterías te ayudan en la pedalada, con lo que puedes subir cualquier puerto de montaña, sin excesivo esfuerzo. Por eso, una de las rutas para salir de Frontera era por la cumbre, lo que significa subir de 0 a 1300 msnm en 23 km, lo que hacia en 1 hora y media. Este recorrido lo hice 3 veces en subida, y cuando lo hice en bajada, solo tardaba 30 minutos. Esta carretera con vistas espectaculares del golfo ha quedado casi en desuso desde que se construyó el túnel que enlaza Valverde con Frontera (y por donde está prohibido pasar en bicicleta) por lo que no pasaban casi coches y en la carretera vi mas de un conejo y perdiz despistados.

Las baterías te dan autonomía para hacer en total unos 100 km, lo que hice uno de los días al darle la vuelta prácticamente a la isla, yendo con mi amigo Manolo a La Restinga y a Tacoron.

En Frontera, que aunque parece llano no lo es, puedes recorrer la costa a lo largo de 13 km, con calas y pequeñas playas con formaciones volcánicas de formas caprichosas, producto de la lava al solidificarse y aguas de color turquesa.

Playa de Tacoron

En el camino me cruce con algún ciclista entrenándose, como uno de Frontera con el que recorrimos un par de kilómetros juntos mientras el comparaba las prestaciones de ambas bicicletas, la suya, de carreras y sin batería, con la mía. En la Playa del Verodal me encontré a un par de turistas extranjeros con un niño que iban en bicicleta y que no me devolvieron el saludo, quizás porque no se dieron cuenta o porque consideran una bicicleta con batería como un insulto al ciclismo. Gente rara la hay en todas partes.

Hacia la playa El Verodal

La bicicleta tenía un marcador digital de distancia recorrida y de velocidad. En una de las bajadas el primer día alcancé los 67 km/h, lo que me pareció demasiado para la fragilidad de la bicicleta, pero no me pude resistir y el ultimo día, con mi amigo Manolo llegamos a los 68 km/h y ahí lo dejamos.

Cuando dejaba la bicicleta, me iba a bañar al muelle de Frontera, al lado de donde esta el hotel mas pequeño del mundo, que era el antiguo edificio de aduanas. Allí veía a los chicos del pueblo tirarse desde lo alto, dándose algún que otro costalazo, me encontraba al ciclista con el que había coincidido en la carretera y también estaba el Pollito de la Frontera, el famoso luchador canario. Y es que esto es muy pequeño.

La Dehesa

También quede un día con Sello, un colega de mis colegas de Tenerife que también tiene una bicicleta eléctrica. El cuenta con un coche escoba, que en resumidas cuentas es una furgoneta que conduce su novia, donde cabe la bicicleta y que le viene a buscar donde el le diga cuando se le acaba la batería. Ese día nos fuimos desde la cumbre, adonde yo había subido temprano hacia la carretera que pasa por la Dehesa y bajamos a Frontera por su lado occidental, con un paisaje parecido al del fin del mundo, acabando en el guachinche de la cooperativa de Frontera, comiendo una carne con papas riquísimas, antes de que el coche escoba lo viniera a buscar y yo acabara de hacer el ultimo par de kilómetros hasta mi apartamento.

Me gustaría que tanto las bajadas como las subidas fueran menos empinadas porque todo lo que te cuesta subir luego lo bajas en un momento. En los recorridos hay a veces algunas estampas impresionantes como la de las vacas pastando en la dehesa o un par de ganaderos mirando hacia el mar mientras hablan entre ellos, lo que solo puedes mirar con el rabillo del ojo, ya que la bicicleta al ser tan pesada enseguida se embala a velocidades prohibitivas en las bajadas. En algunas carreteras, ya mas alejadas de zonas algo más transitadas, hay curvas muy cerradas que no tienen ni las barreras quitamiedos, con lo que no te puedes despistar ningún momento si no quieres salir disparado hacia el acantilado.

Faro de Orchilla

La zona que va desde el desvío del Faro de Orchila hasta la playa del Verodal pasa por unos paisajes espectaculares, que parecen salidos de una película de ciencia ficción tras una hecatombe nuclear. El conjunto de colores y diferentes tipos y formas de lava producto de sucesivas erupciones le dan a la zona una imagen indescriptible que nunca fui capaz de captar con la cámara.

El mejor día sin duda fue cuando quede con Manolo en La Hoya del Morcillo y nos fuimos juntos hacia la Restinga primero y a Tacoron después. Los baños en el mar sabían a gloria y el paisaje era para disfrutarlo. La compañía, pedaleando a la misma cadencia en las subidas, también se agradecía. Además, tanto en esos trayectos como cuando estas sentado mirando al mar, te permite hablar de cosas con un amigo al que hacia tiempo que no veías y que no consigues articular de la misma forma cuando lo ves solo un ratito.

Hoya del Morcillo

Y el día más raro y gracioso fue cuando nos juntamos 4 bicicletas eléctricas y sus correspondientes jinetes, y en un viaje de una descoordinación perfecta, llegamos al túnel de Timijiraque de forma separada. En la entrada estaba un equipo grabando parte de la serie de Movistar “Hierro” y como nos decían que pasáramos, lo cruzamos, separados los unos de los otros, sin ninguna luz, quedándonos a mitad del túnel sin ver nada. A la vuelta nos pusimos de acuerdo en pasar los 4 juntos el túnel, alumbrando con una pequeña luz de una de las bicicletas, pero en el ultimo momento, como si de nuevo el demonio de la descoordinación se hubiera apoderado de nosotros, cada uno se puso a una velocidad diferente y los volvimos a pasar sin ton ni son. Esta vez ya sabíamos que era mejor quitarse las gafas de sol antes de entrar al túnel y que si mirabas fijamente el punto de luz de la salida que se veía al final (el túnel es recto, es de un solo carril y tiene 950 m de longitud) era muy probable que no te chocaras con las paredes. Al final volvimos a superar la prueba y los del equipo de la serie nos miraban como si fuéramos extraterrestres ya que nuestra media de edad pasaba de los 60 y nos estábamos comportando como si ni hubiéramos pasado de los 10.

Como me quede con ganas de ver de nuevo el paisaje espectacular del faro de Orchilla, lo hice al revés, o sea desde Frontera hacia el Faro, junto con Manolo, y donde también el baño desde un pequeño muelle me supo a gloria.

Punta de Orchilla

Ese día, el viento, el peor enemigo del ciclista, nos estaba esperando a la vuelta para darnos en plena cara y recordarnos que el ciclismo no es solo diversión sino también sufrimiento. Lo que no me gusta del viento es que hace agacharte la cabeza, quieras o no quieras. En algunas bajadas era tan fuerte que incluso nos obligaba a pedalear.

Para mi fueron 6 días en bicicleta, disfrutando de los paisajes magníficos, incluso de las subidas más duras y con la recompensa de los baños en el mar. Pero también hubo tiempo para caminar, como el recorrido por una red de senderos en La Llanía, en la cumbre.

En La Llanía, con Manolo y Mariela

Cuando me preguntan cuál es la isla de todas las que he visitado en el mundo que más me ha gustado, hace tiempo que he llegado a la conclusión de que lo que realmente hace la diferencia es la gente y que, para mí, en el caso de El Hierro, consiste en al menos media docena de personas.

Salinas

En Las Puntas quedan vestigios de la extracción de sal por un sistema ingenioso de recogida de agua de forma natural con los embates del mar y que se conduce a una especie de pequeño embalse, de donde se va pasando a otros embalses hasta que la salmuera final se extiende en pequeños receptáculos donde el agua se acaba de evaporar, quedando solo la sal.


domingo, 7 de junio de 2020

Serie: Viajes sin mascarilla1



Jugando con Rümmelein
Este blog nació para narrar viajes y al final, como en la vida, se ha ido mezclando un poco de todo. Como ahora no puedo viajar y tengo tiempo, he recuperado un par de fotos olvidadas, pero que siempre tienen que ver con algún viaje de las que se hacían sin mascarilla.

Cuando hace siglos decidí no hacer el servicio militar, lo que en esa época estaba muy mal visto y además penado por la ley, dejé el banco donde trabajaba (sin pena ninguna), el baloncesto (con mucha pena), mis estudios (con sentimientos encontrados) y me fui de España, por lo que me declararon prófugo. Me fui en autostop a Alemania, a trabajar con un grupo de voluntarios a la comuna del Finkhof, con los que tantos años después sigo teniendo contacto.

En una comida del Banco, antes de la nueva normalidad
Estuve en total unos 6 meses en Alemania, trabajando primero en la comuna, luego viajando por Alemania y visitando grupos de objetores de conciencia, hasta llegar a Berlín para al final volver al sur, a la región de Allgäu, a casa de Herrman y Heidi. Esta pareja peculiar tenía dos perros San Bernardo y uno era Rümmelein, con la que me llevaba muy bien. En ese tiempo mejoré mi alemán, conocí otra forma de vivir, y supe que me quería dedicar a la agricultura ecológica, hasta que decidí que ya estaba bien de frío y que quería volver a mi tierra. En este entretanto en España habían aprobado el poderse declarar objetor de conciencia por lo que pude arreglar lo de mi declaración de prófugo.

Herrman y Heidi
Al poco de volver, nos fuimos el Ermengol y yo a vivir al campo, a la masía del Torrents, en Vimbodi, donde más tarde se nos unió el Esteve, quien finalmente ha comprado la masía, lo que nos permite a todos los amigos seguir yendo. Este año hemos celebrado allí los 40 años de esa fecha junto con algunos de nuestros amigos que nos venían a ver y que, a pesar de ell,o siguen siendo amigos. Para mí es cada vez algo emocionante ir a un lugar donde fui feliz y donde puedo ver tantos recuerdos incrustados en la casa.

La fiesta
Un par de años después, a principios de los años que les llamaban los 80, un día de diciembre, llegó Hermann, que venía en bicicleta desde Francia. Su ilusión de toda la vida era ir a ver el volcán Stromboli en Italia. Como a mí no me hacía falta gran cosa para apuntarme a ilusiones, aunque fueran de otros, un 6 de enero nos fuimos los dos, el en su vieja bicicleta de más de 50 años que le habían prestado y yo en la bicicleta que me presto el Esteve.

Aparte de ir de prestado en las bicicletas, por no tener no teníamos ni mapas ni ninguna idea de cómo llegar a la isla Stromboli, así que decidimos que lo mejor era ir hacia el sur. En Castellón, nos pilló una nevada, que según decía la gente, hacía por lo menos 40 años que no nevaba en ese lugar. Mientras uno de los puertos de montaña por los que pasamos estaba cerrado ya que ningún coche tenia cadenas, nosotros fuimos los primeros en pasar entre los aplausos de los conductores que esperaban el fin de los trabajos de las máquinas quitanieves. Como no teníamos cámara de fotos, lo que pongo aquí es tangencial y prestado, como las bicicletas.

La gran nevada del 12 y 13 de enero
Ya en Alicante, nos enteramos de que no había ningún barco que fuera desde España hasta Italia, lo que sigue dando una idea del nivel de información y preparación que teníamos. Desde allí, empeñados en seguir, y una vez consultado un mapamundi que vimos en una agencia de viajes, decidimos irnos en un barco que venia de Oran e iba hacia Marsella. En la espera del barco, que salía al cabo de un par de días, como teníamos muy poco dinero, nos atiborramos de naranjas de los campos de los alrededores de unas casas abandonadas donde nos quedábamos a dormir, lo que al final nos dio una enorme diarrea. Como no había papel del wáter en los baños del barco, Hermann, que era muy ingenioso, fue arrancándose trozos de su camisa hasta parecer un pirata. Toda la tripulación estaba encantada de ver a ese alemán tan estrambótico y venían en grupos a hablar con él. A mí me tocaba como tantas otras veces el papel de traductor.

De Marsella fuimos en otro barco hasta Córcega, travesía en la que todo el mundo vomitaba debido al mal estado de la mar. De Córcega recuerdo las enormes montañas que tanto costaba subir para luego bajarlas a todo lo que daba la bicicleta. Tras atravesar la isla, seguimos a Cerdeña en otro barco para continuar nuestro recorrido y finalmente, en un último barco fuimos a Sicilia, en otro viaje con muy mala mar.

Stromboli


En Sicilia vimos el Etna de lejos, pero queríamos ir a Stromboli, así que seguimos nuestro viaje. Después de informarnos en Messina nos dimos cuenta de que ese volcán, que lleva al centro de la tierra, aunque estaba relativamente cerca, con el poco dinero que nos quedaba ya no estábamos para coger barcos ni gastar en nada. No quedaba mas remedio que volver a casa, remontando toda la bota italiana por el lado del mediterráneo. Recuerdo el sur de Italia, parecida a la España rural de esa época y como el paisaje iba cambiando a medida que íbamos al norte mas industrializado. En el sur nos alimentábamos de algún pan que comprábamos y frutos secos que recogíamos de los campos. Solo una vez en todo el viaje nos dimos el lujo de ir a un restaurante, ni recuerdo en que lugar de Italia, y nos comimos hasta las migas de pan que quedaban encima del mantel.

Pasamos sin pena ni gloria por Roma y por Pisa, donde el máximo lujo que nos permitimos fue subir a su famosa torre para darnos cuenta de que las campanadas no eran de verdad y que sonaban grabadas por un altavoz. Por no llevar, no llevamos ni cámara de fotos, así que no hay absolutamente ningún recuerdo de ese viaje en si, que no sean las imágenes en mi mente.

Para dormir, lo hicimos siempre al aire libre, en campos o bajo algún árbol que nos parecía mejor para guarecernos del frío. Cuando llovía por la noche, nos tapábamos con plásticos que habíamos recogido por la carretera, abandonándolo cada vez por otro mejor que encontrábamos.

Ya en el norte de Italia, en la Spezia, nos separamos para ir cada uno a su casa. El viaje duro un poco más de 2 meses e hicimos en total unos 4000 kilómetros. Como fue en pleno invierno, nos nevó, nos llovió, y siempre hacia frío, pero dándole a los pedales se notaba menos. Años más tarde, en Alemania me contaron que Hermann se pasó años hablando de ese viaje y yo, todavía hoy, cierro los ojos y recuerdo partes que me veo incapaz de plasmar en el papel.

A finales de marzo llegué a casa del Agustí i la María LLum, con las manos y la cara quemadas por el frío y el sol del viaje. Durante dos días la pasamos hablando y contando las aventuras del viaje, que posiblemente, al fin y al cabo, sea lo más agradable y divertido de estas aventuras.

En el Mas del Torrents, en Vimbodi

Próximo viaje: El fin del mundo - la isla de El Hierro