lunes, 29 de junio de 2020

La isla de El Hierro en bici


A las primeras de cambio, en cuanto se puede, me voy para El Hierro, la que era la isla más pequeña del archipiélago canario con unos 10 000 habitantes y solo 268 km2, ya que ahora se ha sumado la isla de la Graciosa con 29 km2 que antes era considerado un islote. El Hierro fue declarado en 2002 como Reserva de la Biosfera por la UNESCO.

Elegí para quedarme la zona de Frontera, donde me alquilé un apartamento, buscando el calor y la cercanía del mar. Los roques de Salmor están ahí mismo, guardando la entrada a la bahía.

Esta isla se consideraba el fin del mundo en la época anterior a Cristóbal Colon (cuando se consideraba que la tierra era plana) y por la punta de Orchilla pasaba el meridiano Cero, que no siempre estuvo en Greenwich, hasta que adoptado como referencia en octubre de 1884.

Los Roques de Salmor y el hotelito mas pequeño del mundo

En esta escapada no me pude resistir a rememorar mis viajes en bicicleta pasados y aunque esta vez hay diferencias sustanciales, como que la bicicleta es prácticamente nueva (Orbea Keram 15), con 2 baterías que suman 1000 Wh y motor Bosch, lo que ayuda mucho en las subidas y que además tengo dinero para alquilarla, lo disfruto como si fuera la primera vez.

Vista de Frontera desde la cumbre y la isla de La Palma al fondo

No vine a romper ningún récord mas que los míos propios. Las baterías te ayudan en la pedalada, con lo que puedes subir cualquier puerto de montaña, sin excesivo esfuerzo. Por eso, una de las rutas para salir de Frontera era por la cumbre, lo que significa subir de 0 a 1300 msnm en 23 km, lo que hacia en 1 hora y media. Este recorrido lo hice 3 veces en subida, y cuando lo hice en bajada, solo tardaba 30 minutos. Esta carretera con vistas espectaculares del golfo ha quedado casi en desuso desde que se construyó el túnel que enlaza Valverde con Frontera (y por donde está prohibido pasar en bicicleta) por lo que no pasaban casi coches y en la carretera vi mas de un conejo y perdiz despistados.

Las baterías te dan autonomía para hacer en total unos 100 km, lo que hice uno de los días al darle la vuelta prácticamente a la isla, yendo con mi amigo Manolo a La Restinga y a Tacoron.

En Frontera, que aunque parece llano no lo es, puedes recorrer la costa a lo largo de 13 km, con calas y pequeñas playas con formaciones volcánicas de formas caprichosas, producto de la lava al solidificarse y aguas de color turquesa.

Playa de Tacoron

En el camino me cruce con algún ciclista entrenándose, como uno de Frontera con el que recorrimos un par de kilómetros juntos mientras el comparaba las prestaciones de ambas bicicletas, la suya, de carreras y sin batería, con la mía. En la Playa del Verodal me encontré a un par de turistas extranjeros con un niño que iban en bicicleta y que no me devolvieron el saludo, quizás porque no se dieron cuenta o porque consideran una bicicleta con batería como un insulto al ciclismo. Gente rara la hay en todas partes.

Hacia la playa El Verodal

La bicicleta tenía un marcador digital de distancia recorrida y de velocidad. En una de las bajadas el primer día alcancé los 67 km/h, lo que me pareció demasiado para la fragilidad de la bicicleta, pero no me pude resistir y el ultimo día, con mi amigo Manolo llegamos a los 68 km/h y ahí lo dejamos.

Cuando dejaba la bicicleta, me iba a bañar al muelle de Frontera, al lado de donde esta el hotel mas pequeño del mundo, que era el antiguo edificio de aduanas. Allí veía a los chicos del pueblo tirarse desde lo alto, dándose algún que otro costalazo, me encontraba al ciclista con el que había coincidido en la carretera y también estaba el Pollito de la Frontera, el famoso luchador canario. Y es que esto es muy pequeño.

La Dehesa

También quede un día con Sello, un colega de mis colegas de Tenerife que también tiene una bicicleta eléctrica. El cuenta con un coche escoba, que en resumidas cuentas es una furgoneta que conduce su novia, donde cabe la bicicleta y que le viene a buscar donde el le diga cuando se le acaba la batería. Ese día nos fuimos desde la cumbre, adonde yo había subido temprano hacia la carretera que pasa por la Dehesa y bajamos a Frontera por su lado occidental, con un paisaje parecido al del fin del mundo, acabando en el guachinche de la cooperativa de Frontera, comiendo una carne con papas riquísimas, antes de que el coche escoba lo viniera a buscar y yo acabara de hacer el ultimo par de kilómetros hasta mi apartamento.

Me gustaría que tanto las bajadas como las subidas fueran menos empinadas porque todo lo que te cuesta subir luego lo bajas en un momento. En los recorridos hay a veces algunas estampas impresionantes como la de las vacas pastando en la dehesa o un par de ganaderos mirando hacia el mar mientras hablan entre ellos, lo que solo puedes mirar con el rabillo del ojo, ya que la bicicleta al ser tan pesada enseguida se embala a velocidades prohibitivas en las bajadas. En algunas carreteras, ya mas alejadas de zonas algo más transitadas, hay curvas muy cerradas que no tienen ni las barreras quitamiedos, con lo que no te puedes despistar ningún momento si no quieres salir disparado hacia el acantilado.

Faro de Orchilla

La zona que va desde el desvío del Faro de Orchila hasta la playa del Verodal pasa por unos paisajes espectaculares, que parecen salidos de una película de ciencia ficción tras una hecatombe nuclear. El conjunto de colores y diferentes tipos y formas de lava producto de sucesivas erupciones le dan a la zona una imagen indescriptible que nunca fui capaz de captar con la cámara.

El mejor día sin duda fue cuando quede con Manolo en La Hoya del Morcillo y nos fuimos juntos hacia la Restinga primero y a Tacoron después. Los baños en el mar sabían a gloria y el paisaje era para disfrutarlo. La compañía, pedaleando a la misma cadencia en las subidas, también se agradecía. Además, tanto en esos trayectos como cuando estas sentado mirando al mar, te permite hablar de cosas con un amigo al que hacia tiempo que no veías y que no consigues articular de la misma forma cuando lo ves solo un ratito.

Hoya del Morcillo

Y el día más raro y gracioso fue cuando nos juntamos 4 bicicletas eléctricas y sus correspondientes jinetes, y en un viaje de una descoordinación perfecta, llegamos al túnel de Timijiraque de forma separada. En la entrada estaba un equipo grabando parte de la serie de Movistar “Hierro” y como nos decían que pasáramos, lo cruzamos, separados los unos de los otros, sin ninguna luz, quedándonos a mitad del túnel sin ver nada. A la vuelta nos pusimos de acuerdo en pasar los 4 juntos el túnel, alumbrando con una pequeña luz de una de las bicicletas, pero en el ultimo momento, como si de nuevo el demonio de la descoordinación se hubiera apoderado de nosotros, cada uno se puso a una velocidad diferente y los volvimos a pasar sin ton ni son. Esta vez ya sabíamos que era mejor quitarse las gafas de sol antes de entrar al túnel y que si mirabas fijamente el punto de luz de la salida que se veía al final (el túnel es recto, es de un solo carril y tiene 950 m de longitud) era muy probable que no te chocaras con las paredes. Al final volvimos a superar la prueba y los del equipo de la serie nos miraban como si fuéramos extraterrestres ya que nuestra media de edad pasaba de los 60 y nos estábamos comportando como si ni hubiéramos pasado de los 10.

Como me quede con ganas de ver de nuevo el paisaje espectacular del faro de Orchilla, lo hice al revés, o sea desde Frontera hacia el Faro, junto con Manolo, y donde también el baño desde un pequeño muelle me supo a gloria.

Punta de Orchilla

Ese día, el viento, el peor enemigo del ciclista, nos estaba esperando a la vuelta para darnos en plena cara y recordarnos que el ciclismo no es solo diversión sino también sufrimiento. Lo que no me gusta del viento es que hace agacharte la cabeza, quieras o no quieras. En algunas bajadas era tan fuerte que incluso nos obligaba a pedalear.

Para mi fueron 6 días en bicicleta, disfrutando de los paisajes magníficos, incluso de las subidas más duras y con la recompensa de los baños en el mar. Pero también hubo tiempo para caminar, como el recorrido por una red de senderos en La Llanía, en la cumbre.

En La Llanía, con Manolo y Mariela

Cuando me preguntan cuál es la isla de todas las que he visitado en el mundo que más me ha gustado, hace tiempo que he llegado a la conclusión de que lo que realmente hace la diferencia es la gente y que, para mí, en el caso de El Hierro, consiste en al menos media docena de personas.

Salinas

En Las Puntas quedan vestigios de la extracción de sal por un sistema ingenioso de recogida de agua de forma natural con los embates del mar y que se conduce a una especie de pequeño embalse, de donde se va pasando a otros embalses hasta que la salmuera final se extiende en pequeños receptáculos donde el agua se acaba de evaporar, quedando solo la sal.


domingo, 7 de junio de 2020

Serie: Viajes sin mascarilla1



Jugando con Rümmelein
Este blog nació para narrar viajes y al final, como en la vida, se ha ido mezclando un poco de todo. Como ahora no puedo viajar y tengo tiempo, he recuperado un par de fotos olvidadas, pero que siempre tienen que ver con algún viaje de las que se hacían sin mascarilla.

Cuando hace siglos decidí no hacer el servicio militar, lo que en esa época estaba muy mal visto y además penado por la ley, dejé el banco donde trabajaba (sin pena ninguna), el baloncesto (con mucha pena), mis estudios (con sentimientos encontrados) y me fui de España, por lo que me declararon prófugo. Me fui en autostop a Alemania, a trabajar con un grupo de voluntarios a la comuna del Finkhof, con los que tantos años después sigo teniendo contacto.

En una comida del Banco, antes de la nueva normalidad
Estuve en total unos 6 meses en Alemania, trabajando primero en la comuna, luego viajando por Alemania y visitando grupos de objetores de conciencia, hasta llegar a Berlín para al final volver al sur, a la región de Allgäu, a casa de Herrman y Heidi. Esta pareja peculiar tenía dos perros San Bernardo y uno era Rümmelein, con la que me llevaba muy bien. En ese tiempo mejoré mi alemán, conocí otra forma de vivir, y supe que me quería dedicar a la agricultura ecológica, hasta que decidí que ya estaba bien de frío y que quería volver a mi tierra. En este entretanto en España habían aprobado el poderse declarar objetor de conciencia por lo que pude arreglar lo de mi declaración de prófugo.

Herrman y Heidi
Al poco de volver, nos fuimos el Ermengol y yo a vivir al campo, a la masía del Torrents, en Vimbodi, donde más tarde se nos unió el Esteve, quien finalmente ha comprado la masía, lo que nos permite a todos los amigos seguir yendo. Este año hemos celebrado allí los 40 años de esa fecha junto con algunos de nuestros amigos que nos venían a ver y que, a pesar de ell,o siguen siendo amigos. Para mí es cada vez algo emocionante ir a un lugar donde fui feliz y donde puedo ver tantos recuerdos incrustados en la casa.

La fiesta
Un par de años después, a principios de los años que les llamaban los 80, un día de diciembre, llegó Hermann, que venía en bicicleta desde Francia. Su ilusión de toda la vida era ir a ver el volcán Stromboli en Italia. Como a mí no me hacía falta gran cosa para apuntarme a ilusiones, aunque fueran de otros, un 6 de enero nos fuimos los dos, el en su vieja bicicleta de más de 50 años que le habían prestado y yo en la bicicleta que me presto el Esteve.

Aparte de ir de prestado en las bicicletas, por no tener no teníamos ni mapas ni ninguna idea de cómo llegar a la isla Stromboli, así que decidimos que lo mejor era ir hacia el sur. En Castellón, nos pilló una nevada, que según decía la gente, hacía por lo menos 40 años que no nevaba en ese lugar. Mientras uno de los puertos de montaña por los que pasamos estaba cerrado ya que ningún coche tenia cadenas, nosotros fuimos los primeros en pasar entre los aplausos de los conductores que esperaban el fin de los trabajos de las máquinas quitanieves. Como no teníamos cámara de fotos, lo que pongo aquí es tangencial y prestado, como las bicicletas.

La gran nevada del 12 y 13 de enero
Ya en Alicante, nos enteramos de que no había ningún barco que fuera desde España hasta Italia, lo que sigue dando una idea del nivel de información y preparación que teníamos. Desde allí, empeñados en seguir, y una vez consultado un mapamundi que vimos en una agencia de viajes, decidimos irnos en un barco que venia de Oran e iba hacia Marsella. En la espera del barco, que salía al cabo de un par de días, como teníamos muy poco dinero, nos atiborramos de naranjas de los campos de los alrededores de unas casas abandonadas donde nos quedábamos a dormir, lo que al final nos dio una enorme diarrea. Como no había papel del wáter en los baños del barco, Hermann, que era muy ingenioso, fue arrancándose trozos de su camisa hasta parecer un pirata. Toda la tripulación estaba encantada de ver a ese alemán tan estrambótico y venían en grupos a hablar con él. A mí me tocaba como tantas otras veces el papel de traductor.

De Marsella fuimos en otro barco hasta Córcega, travesía en la que todo el mundo vomitaba debido al mal estado de la mar. De Córcega recuerdo las enormes montañas que tanto costaba subir para luego bajarlas a todo lo que daba la bicicleta. Tras atravesar la isla, seguimos a Cerdeña en otro barco para continuar nuestro recorrido y finalmente, en un último barco fuimos a Sicilia, en otro viaje con muy mala mar.

Stromboli


En Sicilia vimos el Etna de lejos, pero queríamos ir a Stromboli, así que seguimos nuestro viaje. Después de informarnos en Messina nos dimos cuenta de que ese volcán, que lleva al centro de la tierra, aunque estaba relativamente cerca, con el poco dinero que nos quedaba ya no estábamos para coger barcos ni gastar en nada. No quedaba mas remedio que volver a casa, remontando toda la bota italiana por el lado del mediterráneo. Recuerdo el sur de Italia, parecida a la España rural de esa época y como el paisaje iba cambiando a medida que íbamos al norte mas industrializado. En el sur nos alimentábamos de algún pan que comprábamos y frutos secos que recogíamos de los campos. Solo una vez en todo el viaje nos dimos el lujo de ir a un restaurante, ni recuerdo en que lugar de Italia, y nos comimos hasta las migas de pan que quedaban encima del mantel.

Pasamos sin pena ni gloria por Roma y por Pisa, donde el máximo lujo que nos permitimos fue subir a su famosa torre para darnos cuenta de que las campanadas no eran de verdad y que sonaban grabadas por un altavoz. Por no llevar, no llevamos ni cámara de fotos, así que no hay absolutamente ningún recuerdo de ese viaje en si, que no sean las imágenes en mi mente.

Para dormir, lo hicimos siempre al aire libre, en campos o bajo algún árbol que nos parecía mejor para guarecernos del frío. Cuando llovía por la noche, nos tapábamos con plásticos que habíamos recogido por la carretera, abandonándolo cada vez por otro mejor que encontrábamos.

Ya en el norte de Italia, en la Spezia, nos separamos para ir cada uno a su casa. El viaje duro un poco más de 2 meses e hicimos en total unos 4000 kilómetros. Como fue en pleno invierno, nos nevó, nos llovió, y siempre hacia frío, pero dándole a los pedales se notaba menos. Años más tarde, en Alemania me contaron que Hermann se pasó años hablando de ese viaje y yo, todavía hoy, cierro los ojos y recuerdo partes que me veo incapaz de plasmar en el papel.

A finales de marzo llegué a casa del Agustí i la María LLum, con las manos y la cara quemadas por el frío y el sol del viaje. Durante dos días la pasamos hablando y contando las aventuras del viaje, que posiblemente, al fin y al cabo, sea lo más agradable y divertido de estas aventuras.

En el Mas del Torrents, en Vimbodi

Próximo viaje: El fin del mundo - la isla de El Hierro

miércoles, 6 de mayo de 2020

Descafeinamiento



Semi “descafeinado” todavía en Tenerife, adonde llegue ahora hace 1 mes después de pasar por Etiopía y Alemania, me pregunto si hice bien en venir o podía haberme quedado como alguno de mis colegas, pocos, que se han quedado allá en Togo. Aunque hay toque de queda por la noche, me cuentan que la gente sale y hace vida normal durante el día e incluso he visto por las redes que algunos de los restaurantes de extranjeros que habían cerrado están abriendo de nuevo. Así que estoy un poco sobre ascuas, pensando si volveré o no, y si es así, cuando será. El día antes de irme plante las tomateras del semillero que había hecho y no sé qué ha sido de ellas, no sé si las piñas ya están echando frutos, ni como han crecido mis plataneras y como le va a la gente que conocía. También encuentro a faltar mi enorme terraza con la hamaca, coger mi moto e irme a Kuma Konda o darle gas a fondo e irme por la perfecta carretera que va a Atakpame y a la vuelta pasar por el mercado a comprar verduras y las sabrosas piñas tropicales.
Mientras tanto tengo videoconferencias un par de veces a la semana con Togo y veo que en general les va bien, se mueven y hacen casi vida normal, entendiendo por normal, su forma de vida.

Aunque en teoría teletrabajo, me cuesta concentrarme y hacer algo productivo. No creo que las horas reales que le echo pasen de 10 horas a la semana. Trabajo en la programación a partir de noviembre de este año, en como mejorar la calidad del cacao, pero me doy cuenta que entre las cooperativas y nosotros, aunque ellos también tengan ordenador e internet, hay abismos entre nuestros mundos que nos cuestan mucho sortear. Y también me pregunto si trabajar en la calidad ahora tiene sentido, habiendo otras urgencias.  


Algunas mujeres de los productores de cacao utilizan la cáscara de la mazorca del cacao para quemarla y así conseguir la potasa para hacer jabón, de una forma muy tradicional y lleno de humo.


Otro trabajo que hacen exclusivamente las mujeres es el de extraer sal con un sistema muy costoso en tiempo y esfuerzo en las zonas húmedas de los manglares de la costa de Benín.


Una atracción turística cerca de Kpalimé es el poder ver miles de murciélagos en un valle donde pasan el día colgados de los árboles y poco antes del anochecer empiezan a volar en grandes bandadas, según nuestro guía, hacia el extranjero, para alimentarse de insectos. Al preguntarle concretamente que donde del extranjero, empezó diciendo que a Ghana, lo que parece lógico ya que esta a unos 10 km, luego animado dijo que a Benín (a unos 100 km) y ya embalado que también a Nigeria, cuyo punto más cercano está a más de 200 km. He leído que los murciélagos suelen ir a distancias no mayores de 40 km para alimentarse por la noche, pero supongo que, en la cosmovisión de estos pueblos, donde los murciélagos, según su historia, les permitieron refugiarse en sus cuevas de los Ashanti que los habían invadido desde Ghana y luego exterminarlos en un ataque sorpresa, es mucho mas encantador imaginar a los murciélagos volado en bandadas de miles a cualquier lugar que les apetezca que la cruda realidad.


La comunidad cobra una entrada de unos 5 euros, por la que te dan incluso un recibo. Luego unos guías intentan cobrarte primero precios totalmente fuera de contexto, que van rebajando a medida que no entras en su juego. Ahora ni unos ni otros van a tener ningún ingreso mientras la entrada de turistas al país siga estando cerrada.



En Togo es costumbre que cualquier organización que se precie haga calendarios de pared que regala a sus socios y amigos. Una cooperativa con la que trabajo habitualmente hizo también su preceptivo calendario y le puso unas fotos que hicimos un día que fui a dar una formación sobre hacer compost. Me sentí realmente orgulloso y honrado.



Y como tengo tiempo para reflexionar os cuento lo que pienso sobre la no pandemia ya que esto no es la pandemia. Si, esto no es la pandemia. La pandemia somos nosotros. Todas las medidas tomadas por el gobierno, con más o menos fortuna, son seguramente correctas en el corto plazo. El tomar distancias de unos a otros, las mascarillas, el no apelotonarnos en aceras, calles ni tiendas servirán por el momento.
Pero a medio o largo plazo esto no es una solución. Y es porque no abordamos el problema de fondo, de que la pandemia somos nosotros, no solo por la forma de vida de los que vivimos en países industrializados, sino por nuestro número. Somos demasiados, somos una pandemia y mientras no abordemos esto, nada cambiará ni nada volverá a ser normal. Así que a olvidarse de la nueva normalidad. Lo siento.



miércoles, 18 de marzo de 2020

Togo colonial - con suplemento coronavirus -

Esperando al corona en Kuma Konda

Hoy he salido de mi letargo “coronavirus” y me pongo por lo menos a escribir esto y ordenar un poco mis ideas. Llevo varios días sin trabajo (nuestra organización ha suspendido todas nuestras actividades en el país) leyendo cada 5 minutos el periódico digital e intentando entender lo que está pasando. Por ser persona de riesgo (lo de la edad no perdona) me han propuesto poder regresar a Europa, en alguno de los últimos aviones que salían hasta hoy, jueves. De momento me quedo y las razones, entre otras, más abajo.
Cuando todo esto acabe, todos seremos más listos, pero yo creo que también ya ahora se pueden aventurar algunas cosas. Somos demasiados en el planeta y si no es este virus será otro el que vendrá (no me refiero al otro virus de la Corona, que ese ya lleva tiempo aquí).

Ahora en Canarias ya no parece tan lejano lo de “que vamos a comer si hay una guerra”. Esto es como una guerra y las consecuencias de no poderse autoabastecer más que 3 días quizás se lleguen a ver pronto, por lo menos en algunos artículos.
Desde el punto de vista ético y moral seguramente se debe intentar evitar la muerte de cualquiera que se pueda evitar, aunque seguro que en algún momento se verá si se pone un límite en la edad. Al final es la economía la que manda y si no al tiempo.
Mis colegas togoleses de momento todavía se lo toman a broma y la OMS ha tenido que salir al paso para el conjunto de África diciendo que son falsas algunas teorías como que, comiendo ajo, bañándose con agua a 65 grados u duchándose con cloro, el virus no ataca. Si el virus llega aquí, esto puede ser bastante grave.

Pero los togoleses seguramente se lo toman menos en serio que nosotros porque están más acostumbrados a la muerte (esperanza de vida de 60 años) y porque al fin y al cabo nadie les hace tanto caso en otras enfermedades como en la malaria, así que porque va a ser diferente con el corona. Para ver porque lo relativizan, aquí algunos datos de la OMS (https://www.who.int/malaria/media/world-malaria-report-2019/es/)
-    La mayoría de los casos de malaria en 2018 se produjeron en la Región de África (213 millones o 93%), seguida de la Región de Asia Sudoriental con el 3,4% de los casos y la Región del Mediterráneo Oriental con el 2.1%.
-    En 2018, se estimaron 405 000 muertes por malaria en todo el mundo, comparado con 416 000 muertes estimadas en 2017 y 585 000 en 2010.
-    El 94% de todas las muertes por malaria en 2018 se produjo en la Región de África. A pesar de ser la región que albergó la mayor cantidad de muertes por malaria en 2018, también es la región donde se produjo 85% de la reducción de muertes conseguida globalmente en 2018, 180 000 muertes de menos en comparación con 2010.
Para que las cifras de muertes en Europa fueran similares a las de la malaria en África deberían morir este año unas 240 000 personas por el coronavirus y entonces estaríamos empatados. Si se pusieran a disposición de África parte de los 200 mil millones de España, el dinero que se robaron los bancos y parte de lo que van a poner los otros países para parar la crisis, aquí se podrían hacer maravillas, pero, no hay que olvidar, que entonces todavía seriamos demasiados. 

Togo colonial

Maestro alemán en Togo en 1899
A principios de 1900 en las colonias alemanas, entre ellas Togo, Namibia, Camerún o Tanzania, se intentó establecer un control sobre los nativos, en los que se les daba un número y debían usar un solo nombre. Esto resulto imposible dado que se cambiaban a menudo el nombre con el que se habían inscrito. A mí me parece que esto sigue en la actualidad ya que muchos de mis colegas tienen el nombre oficial en su cedula de identidad, luego el católico, además el nombre europeizado que usan para que sea más fácil para nosotros, el que se ponen en Facebook y en WhatsApp así que muchas veces no se con quién me estoy comunicando y siempre digo que si por si acaso.
Al colonizar estos países se intentó alfabetizarlos y transmitirles la cultural alemana, el establecer un sistema de servicio médico, medidas higiénicas, o la educación para el trabajo, lo que legitimaba la puesta en vigor de la legislación europea. Las misiones religiosas, protestantes y católicas, jugaron un especial papel en la colonización, a veces en contra, actuando contra la esclavitud y otras reproduciendo en su ámbito los modelos coloniales.
Al igual que ocurre en la cooperación, las misiones “peleaban” por clientes a los que evangelizar. Las misiones protestantes mantenían haber bautizado en Togo a 64 000 nativos antes de la primera guerra mundial mientras los católicos decían haber bautizado a 142 000. Obviamente pasa como en las formaciones que se dan en la cooperación, que por querer alcanzar cifras altas se deja de lado la calidad, y así se puede ver hoy el pastel de religiones que hay en África, mezcladas con sus variadas formas animistas, gracias a esa evangelización “express”.
Llegada de las monjas servidoras del santo espiritu en 1905 a Kpalime y casa donde se hospedaban 
Las misiones eran las encargadas de poner en marcha el sistema educativo, que hasta entonces se había basado prácticamente en la tradición oral, a excepción de las escuelas coránicas. Pero esta enseñanza se basaba sobre todos en enseñanzas practicas sobre labores agrícolas, lecturas rudimentarias de la biblia y algunas nociones básicas de la cultura europea. Las culturas locales no eran tenidas en cuenta, con la excepción de Togo, donde se enseñaba en Ewe. Solo se enseñaba a nivel de primaria, no había estudios secundarios y ni pensar en la universidad.
También Alemania quería establecer un sistema de comunicación básico con las habitantes de las colonias. Para ello se pretendía enseñar un vocabulario sencillo de 150 palabras, entre ellas trabajo, dinero, dios y los números del 1 al 12. Esto permitiría al colonizado, en un periodo corto de tiempo, cumplir sus obligaciones como un trabajador, porteador o sirviente útil. Todo ello debía contribuir además a que la frontera entre colonizador y colonizado quedara claramente establecida (extractos de “Historia colonial alemana, Sebastián Conrad, 2008”).
Pensando en que solo hace de esto 100 años, primero con los alemanes y luego los franceses que aportaron lo suyo también, me pregunto cuanto de todo ello influye todavía hoy en día en la forma de ser de los togoleses, de relacionarse con los blancos y que seguramente explica en parte su actitud en general servil y sumisa.

Cascada de Wli, la más grande de África del Oeste
Me decidí a ir a visitar esta cascada, famosa por ser la más alta de todo el África del Oeste y que está a 54 km de Kpalimé. Como no era época de lluvia no hubo problemas en hacer el recorrido en moto.

Un par de kilómetros antes de llegar a la cascada está el puesto fronterizo de Yikpa de Togo. Te ponen el sello de salida sin ningún problema ni pedir nada a cambio. Después viene 1 km de tierra de nadie y se llega a la frontera de Ghana. Allí un gendarme te mira el pasaporte hoja por hoja y cuando no encuentra el visado lo vuelve a repasar con toda la parsimonia. Le dije que solo quería ir a la cascada y me dijo que sí, pero que para entrar a Ghana hace falta tener un visado (la entrada a la cascada está a 1 km de la frontera). Como era navidad, me dijo si yo tendría esa circunstancia en cuenta y que, si era así, un pequeño obsequio sería bienvenido. En ese momento opte por el pragmatismo y le pregunte que de cuánto puede ser el obsequio. Me dijo que 5 000 CFA (8 Euros) y sin rechistar los puse sobre la mesa ya que me esperaba que fuera más y además no me había pasado más de una hora tragando polvo sobre la moto para regresar así sin más. Él y su jefe, que vino a participar en el teatro, creo que también se dieron cuenta de que podían haber pedido más, pero estoy seguro que esta comedia se repite cada día y depende de cada ocasión que el precio varíe en más o menos. Obviamente no te dan un recibo por el obsequio. El gendarme se quedó mi pasaporte para asegurarse que volviera. A todo esto, hay que decir que en todo momento fueron muy amables.
Así que seguí hasta la entrada de la cascada donde hay una recepción donde te explican los tres recorridos que hay, el corto (el que yo hice), el circular viendo dos cascadas y el largo que dura algo más de 3 horas.


El precio que pague por la caminata corta de 30-45 minutos (ida), por un camino bien cuidado y agradable fue de 20 GH, o sea unos 4 euros, lo que incluye el guía, que se llamaba Jonathan, un joven de 16 años que no explicaba mucho, aunque no dejaba de hablar diciendo entre otras cosas que su madre le dijo que nunca le robe a los turistas (¡ay, si no fuera por las madres!). Le di al final 1000 CFA, no porque se los hubiera ganado, sino para que se callara.
La cascada es realmente alta y uno se puede bañar, aunque el agua estaba algo fría. De regreso, al lado de la recepción, había varias tiendas de artesanías y un restaurante por si uno tiene hambre. De nuevo en la frontera, recogiendo mi pasaporte sin problemas, me despedí de los gendarmes diciendo que volvería con unos amigos, de lo que me dijeron que se alegraban y que ahí estarían esperando. Ahora que ambos conocemos los precios no hay problema.
Para volver cambié de ruta y fui por un camino de tierra que no es recomendable para coches y por la que incluso con la moto tarde una eternidad.

Foto de viejos cazadores de Benín, una estirpe y saber que se va perdiendo


miércoles, 19 de febrero de 2020

Le Benin - el país del vudú



Además de que no se le escapaba ninguna señal de vudú, por pequeña que fuera, mientras los pescadores intentaban atrapar a los peces, la autora de esta foto también se especializo en atrapar a los pescadores tirando sus redes.

Casa vudú en Grand Popo
Desde un inicio, nada más llegar a Benín, el vudú fue a nuestro encuentro. Lo encontramos bailando en las calles del Grand Popo, con unas figuras en que según su tradición no se sabe si dentro hay un hombre o un animal y luego lo fuimos viendo por todos los rincones de los sitios que visitamos.
Siembra de manglares en Grand Popo

De ahí nos fuimos a Cotonou, una ciudad a la que cuesta encontrarle el encanto, aunque nosotros lo encontramos en casa de Pepa y Arturo, que nos dieron las pistas necesarias para seguir explorando el país.


Cualquier lugar es bueno para echar una cabezadita. A la sombra del jardín de la antigua casa del gobernador en Porto Novo, estos dos benineses no se lo han pensado. Esta ciudad, difícil de recorrer a pie, tiene algunas plazas que han sido renovadas, poniendo de nuevo en valor la cultura vudú, que desde hace pocos años es también religión oficial en Benín.


En el lago Ganvie, uno de los sitios de visita turística obligada, la gente no quiere ser fotografiada, quizás por alguna creencia y también porque están hartos de que todo el mundo les saque fotos como si fueran monos de feria como nos lo demostraron claramente estos dos niños. En el lago se vive de la pesca, de los criaderos de gambas y del pequeño comercio que se realiza en piragua. El turismo todavía incipiente, podría ser importante una fuente de ingresos si se organiza bien, lo que visto lo visto, es poco probable. Además, nunca he visto tantos niños trabajando como en este país, lo que tampoco es un aspecto que el turista aprecie.


De herencia en Ganvie nos quedó Boniface, un guía que nos recomendaron. Nos llevó a ver a un rey local al que tuvimos que darle dinero, regalo lo llaman ellos. Le di 3 euros por el ratito que estuvimos con él y además un consejo de cómo mejorar la situación de su pueblo plantando tomates según el ejemplo que vi en un lago de Myanmar. Cuando ya nos íbamos a ir me llamo haciendo intención de querer hablarme al oído y yo creí que me quería agradecer el consejo que le había dado, pero el susurro fue que si no le podía añadir algo más de dinero para sus consejeros, así que tuve que apoquinar otros 3 euros. Me fui con la impresión de que todos los reyes son iguales, no sirven para nada y además viven de los demás sin trabajar. Y eso que Benín es una república¡!


Desde ese día Boniface no ha dejado de bombardearnos con mensajes de amor, amistad, de buenos días y buenas tardes de forma incansable, aunque no se le conteste.


Después de haber estado varias veces en los lagos de Camboya, con sus pueblos flotantes, no me impresionaron demasiado las casas sobre palafitos, más que los equilibrios de algunas casas por mantenerse y los mercados ambulantes en piraguas.
Este lago es muy poco profundo por lo que las piraguas no usan remos sino pértigas para impulsarse y los pescadores muchas veces van caminando y tirando las redes.

Abomey
Abomey fue la cuna del reino de Dahomey y los restos que quedan de sus palacios valen la pena verse. Aunque los guías se esfuerzan en explicártelo todo, la cantidad de datos, los nombres que te dicen en su lengua local como si tu pudieras retenerlo, hace que al final ya no sepas que rey estaba dónde ni cuándo. Una sencilla hoja con los datos más básicos seria de mucha ayuda, pero aquí todavía prevalece la transmisión oral del conocimiento.



En Ouidah, otra visita obligada es la casa de las pitones, donde unos 60 ejemplares son venerados por sus habitantes como parte de sus creencias del vudú, que al contrario de lo que se cree y como nos explicaron, se trata de una religión como cualquier otra, que ofrece dadivas a sus dioses para pedirles cosas, ni más ni menos como se hace en la mayoría de las religiones. La magia negra y los alfileres en los muñecos es la contraposición al bien, como existe también en otras religiones.


Lo que si me gusta de África en general y en este caso de Benín en particular es la profusión de colores en todas las cosas. En Ouidah, una ciudad que se puede pasear en su núcleo urbano, en la Fundación Zinsou, su café y su tienda te ofrece cultura, arte y mucho colorido.
Desde la ciudad se puede hacer a pie el mismo recorrido que hicieron los esclavos hasta la puerta del no retorno, de donde eran embarcados hacia los enclaves de esclavos en América del sur. El árbol del olvido, el antiguo fuerte portugués, la puerta del no retorno, son algunos de los vestigios que se pueden ver y dan una dimensión de la sangría a la que fueron sometidos estos pueblos, primero en las guerras entre las diferentes tribus y después, en su venta como mercancía a los esclavistas europeos.

Lago Ganvie



martes, 10 de diciembre de 2019

Costa de Marfil

Mural en Abijan

Tuve que ir a Costa de Marfil por trabajo y por primera vez he viajado a otro país sin prepararme el viaje. Ya en el aeropuerto de Abijan, después de varios recordatorios de la obligatoriedad de traer el visado y de amenazarme con devolverme a Togo con el mismo avión, yo creo que gracias a que llevaba el pasaporte de servicio alemán y a mi simpatía natural, me dieron un papel para que al día siguiente fuera a buscar el pasaporte a la central de la policía. Una vez allí y cuando vieron que no traía la foto que siempre hay que llevar para estas ocasiones y seguramente pensando que era tonto, me entregaron el pasaporte y sin pagar visa ni nada me pude ir. Final feliz con algunos sudores¡!



Yo ya estuve en Costa de Marfil en 1996, esa vez con visado y ahora, de nuevo en Abijan, la capital económica de Costa de Marfil, 23 años después no reconozco nada. El tráfico se ha convertido en un problema, los altos edificios están por todas partes, están construyendo un bulevar al lado del mar impresionante y los coches grandes y de lujo están por doquier. En las jornadas a las que asisto hay prevista una salida a visitar una cooperativa y un productor de cacao. Una vez salimos del lujoso centro de Abijan, empiezan a aparecer las barriadas de techos de zinc y una vez llegamos a la zona rural, ya nada se diferencia de la Togo rural, con la misma pobreza y calles sin asfaltar.



La primera vez que estuve en Costa de Marfil me llamo la atención la cantidad de camiones cargados con enormes troncos que circulaban por la carretera. A pesar de que este país ya es considerado como prácticamente deforestado, quedando solo los reductos de áreas protegidas y los bosques sagrados, todavía pude ver en un rato varios camiones cargados de troncos, lo que indica que la tala sigue.   



En Togo el calor ha venido igual que se fue, si es que se fue alguna vez, unido a cortas lluvias, que refrescan para luego apretar de verdad. Y así sera hasta mayo. En mi casa de Kpalime me siento a comer y a veces me olvido de poner el ventilador. Al poco rato el sudor corre desbocado y sus cosquillas en la espalda me recuerdan el olvido.

Kosi, un artista que hace los batiks que mas me gustan, me dice que antes de que llegue el Harmattan, el viento que viene del desierto, viene una lluvia fuerte que es la ultima de la temporada. Kosi me cae bien, y lo voy a ver cuándo subo a Kuma Konda, aunque no le compre nada. Pero esta vez no me pude resistir y le encargué otro pescado ya que el primero lo escogió una amiga, así que no me queda mas remedio que comprar otro. Me dijo que nunca hace ninguna obra igual, lo que también me parece bien.



A menudo pienso en que significó para este país tantos años de esclavitud, llevando a tanta gente esclavizada a trabajar a América. Sobre la reparación de este crimen contra la Humanidad de la esclavitud y que los países occidentales se niegan a debatir leo esta frase en “El planeta futuro” de El País en noviembre “El crimen de la esclavitud es irreparable; la reparación, aunque sea imposible, sigue siendo un derecho, dicho por la ex ministra de Justicia de Francia.

Estoy leyendo Afrikanische Totenklage: Der Ausverkauf des schwarzen Kontinents, algo así como “la venta del continente negro” de Peter Scholl-Latour, otro libro denso y lleno de datos que muestran cuales son las razones que han llevado a este continente a seguir en este nivel de subdesarrollo, analizando desde mediados del siglo pasado hasta principios del actual.

En mi vuelo a España se veia el Niger en Mali, surcando las dunas del desierto

Y para saber mas del cacao bio en Togo: