Madagascar es tan grande que te apabulla. Sólo recorriendo un poco de la zona norte me di cuenta de la inmensidad de este país-continente, aumentado por la dificultad de desplazarse por sus deterioradas carreteras. Frente a las bucólicas imágenes de enormes playas y un mar sin fin, cruzada por esporádicos veleros, estaban las condiciones depauperadas en que vive la población alejada de los focos turísticos.
Ver las plantaciones de cacao era el objetivo principal de mi viaje y lo que vi sobrepasó mis expectativas. Plantaciones sin fin, pero también niños trabajando y mucha pobreza en los pueblos por los que pasábamos.
En algunas de las humildes casas habían puesto a secar el
cacao y la ropa. No tienen luz por lo que los pocos que tienen dinero para
comprar una placa solar la ponen a cargar al sol, para tener con que alumbrarse
por la noche.
Y cada tanto tocaba cruzar el río, bien porque una plantación estaba a este lado o porque ibas al poblado del otro lado. Cuando es la época de lluvias la cosa se complica y sólo es posible cruzarlo con pequeñas barcas que se ganan su sustento transportando a los pasajeros.
Nunca dejarán de maravillarme los colores de los países africanos, como estos rojos de los Tsingy, que te deslumbran al mirarlos.
Pasamos por la montaña d’Ambre, donde después de descender
por un abrupto camino llegamos a este lago, en el que por razones que nunca
acabas de entender, estaba prohibido bañarse, por sus leyes fady y que
toca respetar por muchas ganas que tengas de meterte en el agua.
Ya en otra zona, remontando el río en barca, llegamos a otra pequeña cascada que estaba rodeada de las famosas Ravenalas (Ravenala madagascariensis), llamado el árbol del viajero, porque guarda en su tallo agua recogida durante la época de lluvia.
Ya en la ciudad de Antsiranana (llamada Diego Suárez por los dos piratas portugueses que pasaron a fuego esta ciudad) cerca de los antiguos majestuosos edificios coloniales semiderruidos, se pueden ver algunas chabolas y puestos de venta de comida donde algún turista dejó una toalla de Meliá, que les sirve de parasol.
En esta ciudad es donde se pueden ver los famosos pousse-pousse, traídos por asiáticos y que servían para trasladar a los colonizadores y gente de dinero de un lado a otro de la ciudad. Hoy ya sólo se utilizan para trasladar carga.









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