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| Fuerte en ilha de Moçambique donde embarcaban a los esclavos para llevarlos hacia América |
Era 2010 y estaba empezando mi viaje alrededor del mundo. En Tanzania tomé un tren que me llevó cerca de la frontera con Malawi, donde me embarqué en el Illala, un viejo barco que durante 3 días me llevó a través de su enorme lago. De ahí pasé a Mozambique, viajando en tren e incluso en autostop cuando no había otro medio, persiguiendo un sueño que se me diluyó entre los dedos.
| Ruta por Malawi, navegando por el lago para pasar a Mozambique y de allí, finalmente regresar a Tanzania |
Tocaba despertarse, así que, sin muchas ganas al principio, recorrí algunas zonas de este enorme país, donde viajé en bus y taxi brousse (taxi compartidos) durante interminables horas. En alguna ocasión, el bus quedó varado en la carretera por un problema mecánico. Mandaron a un mecánico y en un par de horas lo arregló y pudimos seguir.
Cerca de la frontera acabé hablando con un portugués que me llevó en la tina de su camioneta en un viaje demencial por más de 150 km, hasta una ciudad donde pude continuar mi viaje en tren, que solo sale cada dos días. Llegué el día adecuado.
Quise conocer ilha de Moçambique, en la provincia de Nampula, un islote de 3 km de largo por unos 300 m de ancho que fue la capital del país de 1762 a 1898 y que albergó el primer hospital africano, que fue construido en 1877.

Antiguo hospital todavía en funcionamiento, pero en muy mal estado
En sus calles coloniales había árboles nim, que entre sus muchas propiedades también cura las heridas, pero solo las superficiales.
Me dediqué a navegar por su mar turquesa en un dhow, con un marinero local que iba dando bordadas mientras yo dormitaba en cubierta y oía el susurrar del agua al deslizarse por la quilla de madera.
Los dhows de verdad, los que van a algún sitio, o a veces al fondo del mar, van cargados de gente, y son bellos de fotografiar.
En el castillo de la isla se pueden ver los vestigios de la zona donde guardaban a los esclavos hasta ser embarcados hacia tierra americanas.
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| Los niños siempre son espectadores de lo que pasa en el camino que cruza sus aldeas |
En algún momento, quizás porque caducaba mi visado, tocaba irse de nuevo hacia la frontera con Tanzania, donde la carretera se iba estrechando cada vez más hasta convertirse en un simple sendero de arena que bordeaba el mar, aunque con impresionantes paisajes llenos de cocoteros y palmeras. En total íbamos 24 personas, apretujados en la Toyota 4x4 y como no, pinchamos y hubo que pararse a cambiar la rueda, lo que sirvió para estirar las piernas.
Finalmente crucé el río Rovuma y lo que parecían primero unas rocas resultaron ser un grupo de hipopótamos, famosos por volcar barquichuelas como en la que iba yo. Pero nada pasó más que sus resoplidos de aviso y pude seguir hasta Dar es Salaam, en otro accidentado viaje, para luego ir a la isla de Zanzíbar, todo lo cual ya es otra historia.







