Mauritania, un país con un desierto inmenso cuya arena puede marearte hasta hacerte perder el sentido y al mismo tiempo formar las más bellas dunas imaginables que el viento va moldeando cada día, con el capricho de un escultor sin un fin concreto. La arena en las calles de los pueblos y ciudades, frente a las casas te descubre las huellas y saber si sus habitantes han salido o ya han regresado. Nunca olvidaré mi visión de Nuakchot desde el aire, cuando el avión de Air Mauritanie sobrevoló la ciudad, mostrándome ese mosaico de casas desperdigadas en un mar de arena, y pensé: ¡pero adonde me he ido!
Acababa de sacarme el título de
Ingeniero técnico agrícola en la Universidad de La Laguna (1994), cuando desde la
ONG Mon-3 asociada a la universidad de Barcelona contactaron con el Seminario
Permanente de Agricultura Ecológica (SPAE), formado por estudiantes ligados al
mundo de la agricultura ecológica en la Universidad de La Laguna, en Tenerife. Llevábamos
algunos años trabajando en esta disciplina y habíamos alcanzado cierto renombre
a nivel nacional por ser uno de los pocos movimientos estudiantiles, junto con
otro en Sevilla, que estaba trabajando y proponiendo nueva formas de abordar la
agricultura, enfrentándonos a las teorías de la revolución verde y también,
lastimosamente, a casi todos los profesores de la Facultad, a los que
molestaban nuestros planteamientos.
| Techo de una pequeña jaima a la venta, y que me traje a Canarias |
La ONG buscaba gente con experiencia en este tipo de agricultura que estuviera dispuesta a ir a Mauritania, donde tenían varios proyectos en marcha, además de estar planificando un Máster en Agricultura ecológica y soberanía alimentaria. Yo tenía experiencia en cooperación internacional ya que había trabajado unos años antes en Nicaragua, así que me ofrecí para ir.
En el aeropuerto de Las Palmas,
un canario me cogió el pasaporte y el billete de las manos y me dijo que necesitaba
mandar unos bultos para un barco pesquero estropeado con mi billete. Era mi
primera vez viajando a este país y no me atreví a decirle nada. Eran otros
tiempos y todavía los controles no eran tan estrictos ni te repetían
constantemente por los altavoces que no dejaras tu equipaje desatendido y que
cuidaras en todo momento de tus pertenencias. Seguí a ese hombre para no perder
de vista mi pasaporte, y vi que hacía lo mismo con un par de viajeros igualmente
poco avezados, consiguiendo colocar varios bultos con cosas que yo suponía que
eran para el barco en el que decía que trabajaba. ¡Quién sabe!.
| Tienda en Nuakchot |
El avión iba atestado y me pareció intuir que había un par de mauritanos con su chilaba azul que iban de pie, aunque escondidos tras las cortinas de la parte frontal del avión. Un par de años después leí que la compañía de aviación Air Mauritanie ya no volaba a Gran Canaria, al prohibírsele porque al parecer esta práctica era habitual, ya que las autoridades españolas les obligaban a llevarse de regreso en el mismo avión a los pasajeros que habían viajado con ellos y no obtenían permiso de entrada en España. Al haber vendido todos los billetes y no haber asientos libres, simplemente los camuflaban entre el pasaje.
Todavía en tierra, yo miraba por
la ventanilla intentando vislumbrar mi mochila entre aquel guirigay de bultos,
bolsas y maletas que varios empleados se afanaban en subir al avión mientras yo
veía que otros retiraban algunas de las maletas. Ya no había nada que hacer y
me encomendé a Alá para que no le pasara nada a mi mochila, plegarias que no
fueron escuchadas. Al llegar a Nuakchot no había mochila, pero al menos me
habían venido a buscar al aeropuerto. Martí, el responsable del proyecto de
Mon-3 me dijo que no me preocupara, que eso era habitual y que ya llegaría en
otro vuelo. Lo primero que hicimos fue ir a comprarme una chilaba, lo que te
permite lavar tu ropa mientras llevas ese atuendo, para nosotros parecido a un
gran camisón y que te permite incluso ir libre de ataduras debajo, lo cual no
es una sensación nada despreciable después de años de llevar calzoncillos y
pantalones apretados, sobre todo en la década de los 80.
| Martí hablando con alumnos del curso de Agricultura ecológica |
La ONG tenía una casa bastante grande y estaba amueblada al estilo mauritano, con profusión de alfombras, sobre las que daba gusto echarse a dormir la siesta después de la comida del mediodía. Al parecer esta casa era de un mauritano rico, que vivía en otra parte y prefería alquilarla a una ONG extranjera por una cantidad nada desdeñable
La historia que se contaba era
que cuando la ONG estaba buscando casa, encontraron esta entre las ofertas que
había. Una vez acordado el precio, la única condición era que había que mantener
en su puesto al guardián que había en la casa. Se le pagaba un salario que le
servía para comprar comida y poco más y su función era cuidar una casa que
estaba amurallada por lo que no había muchas posibilidades de que hubiera
ningún robo, algo además poco habitual en un país con su estricta ley islámica.
Mohammed al parecer había sido anteriormente
un rico ganadero con más de un centenar de camellos, con los que trashumaba por
todo el país, buscando pastos propicios y lugares con agua. En la gran sequía
que hubo en la década de 80 su rebaño se fue diezmando hasta morir el último,
quedando en la más absoluta miseria. Volvió a Nuakchot y encontró a su amigo,
dueño de la casa en alquiler, quien le ofreció un techo, en un cuarto que había
en el patio, a cambio de que cuidara la casa. Y dicho y hecho.
| Nuestro inefable guardián Mohammed en el patio de la casa de la ONG, al lado del cuarto que le servía de habitación |
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