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sábado, 25 de diciembre de 2021

El barco de la cooperación

 El barco de la cooperación

Como no puedo viajar, recupero historias escritas en alguno de los viajes o trabajos pasados, este en concreto en Guatemala, entre 2013 y 2015, en que intento mostrar la otra cara de la cooperación, la del despropósito que va unido a muchos proyectos donde, a veces, lo que menos importa es lo que realmente se venía a hacer.

Capítulo 1: Érase una vez la gran aventura

Había una vez un hombre rico, filántropo y que también se dedica a los negocios, que decidió fletar un barco que se dirigiera a un país del que todos hablan y casi nadie conoce. Al parecer este país en realidad es un archipiélago y no está claro cuál de sus islas es la más importante. Para este proyecto lo primero que hizo fue ponerle un nombre a la aventura, que sonara bien, para luego formar una comisión que decidiera lo que se quería conseguir, establecer una hoja de ruta, barruntar cómo ir hasta allí y pensar cuantas personas deberían conformar la expedición.

Después de varias discusiones con su junta de accionistas se decidió que al archipiélago le llamarían Cambio Climático y más adelante ya se vería si le cambiaban el nombre. Lo que se quería obtener era bien sencillo: primero llegar a este país, dar a conocer a todo el mundo de que se había llegado y finalmente mostrar todos los materiales y conocimientos que se habían recogido por el camino, fruto de los intercambios que se habían tenido con otros pueblos. Al ir viajando de un lado a otro, adquiriendo conocimientos de gente de pueble diversos, los que no se conocen entre sí, permite adueñarse de su conocimiento, y con algunos cambios en el idioma y en la forma de presentarlos se puede utilizar como si fuera propio.

Para el viaje se decidió que, dado que eran islas, lo más indicado parecía ser el fletar un barco. Además, se pensó en una embarcación bastante grande, que fuera muy visible desde todas partes y así todo el mundo sabría que estaba en camino el barco que iba a descubrir un nuevo país.


Finalmente se decidió elegir un capitán, que sería el encargado de llevar a buen término el viaje además de seleccionar a algunos oficiales de su agrado, así como a los marineros, además de cocineros, pilotos y científicos.

Los científicos a los que se había consultado antes de iniciar la expedición pronosticaron que habría fuertes lluvias en los próximos meses así que se decidió construir el barco en tierra firme esperando que con las fuertes inundaciones simplemente se debería esperar a que las aguas subieran para echarlo a navegar.

El filántropo tenía un hermano todavía más rico que él, propietario de varias flotas de barcos además de un gran banco. Habían acordado que a medida que fueran descubriendo islas en el camino le iría mandando más materiales y quizás algún marinero más, según hiciera falta. También habían hablado de que, si había que pagar alguna obra para mejorar las condiciones en Cambio Climático, él lo haría. El hermano banquero puso para ello algunas condiciones, como que también contrataran en el barco a un par de marineros y científicos de los que trabajaban para él, con lo que se aseguraba tener diferentes fuentes de información sobre la marcha del barco y así en base a ello decidiría si hacía caso a las propuestas o no.

Cuando el barco ya estuvo construido fueron llegando poco a poco todos sus tripulantes y acomodándose a bordo. Primero hubo que distribuir las literas y camarotes y hubo algunas desavenencias entre el personal del filántropo y los contratados de su hermano. Finalmente, el capitán intervino y todo volvió a su cauce aunque se notaba que no había buena armonía, sobre todo entre los remeros y los científicos y eso que todavía el viaje no había comenzado.

Llegó el momento en que ya todos estaban a bordo esperando las primeras lluvias, que, al igual que al arca de Noé, los empujara mar adentro, rumbo[1] a Cambio Climático. En esto empezó una sequía de 6 meses como nunca se había visto antes. No llovía ni una gota y los científicos a bordo decían que era el efecto de desajustes en el tiempo pero que siempre después de una sequía suele venir la lluvia, lo cual además de cierto es una obviedad, y el capitán les preguntaba si no podrían predecir, aunque fuera de forma aproximada, cuando iba a llover. Mientras esperaba las lluvias, el capitán se desentendió del barco y le dijo a uno de sus oficiales que se encargara de tenerlo todo listo para cuando empezara a llover.

Entretanto continuaba la sequía, los científicos planificaban el viaje, los kilómetros a recorrer, quienes, y en que turno remarían, como sería el horario de las comidas y lo más importante, el pago de los viáticos, que cuando tocaba el turno de noche, automáticamente se cobraba el doble. Y por fin, una medianoche sin luna, sonó un relámpago.


[1] RUMBO: Dirección en el plano del horizonte, y principalmente cualquiera de las comprendidas en la rosa náutica. También es el camino que uno se propone seguir.

 

viernes, 5 de noviembre de 2021

Que duro es esto de viajar, o será que …. (2)

 


El viaje de Creta a Rodas en barco tarda unas 13 horas, algo más de lo previsto, ya que depende de la carga, de los camiones y coches que entran y salen de sus entrañas. En algún momento se hace de noche y me pongo a escribir. Vamos parando por las islas de Kosos, la de Karpatos, por la de Halki y finalmente Rodas, adonde llegamos a las 2 de la madrugada.

Esta isla, con su gran puerto y sus enormes murallas, impresiona. Todavía era una isla demasiado grande para mi gusto, tomada por los turistas y donde me pasé de nuevo horas caminando por sus puertos y admirando todo tipo de barcos. Yo quería seguir hacia islas más pequeñas y para ello había sido inevitable pasar por Rodas y además quería intentar ir un par de días a la costa de Turquía, donde un amigo alemán, con el que trabajé en Camboya, también estaba de vacaciones. Pero no había ningún barco que hiciera el trayecto, en otros años muy popular, por un lado, por el Covid y por otro, por los problemas políticos que atraviesan las relaciones de estos dos países, a causa de los problemas con los refugiados.

El coloso de Rodas, en pequeño

Mi siguiente destino es la isla de Kos, adonde llego en un barco rápido que hace una corta escala en la isla de Symi, en el Puerto de Gialos, que es descrito como el más bonito del Mediterráneo y que pude ver desde el barco.

En Kos aprovecho que la isla en su parte norte es muy llana, con un carril bici profusamente utilizado por muchos turistas a lo que yo también me apunto y así recorro algunos pueblos y parte de la costa de esta forma. Esta isla, como todas las demás, tiene innumerables sitios visitables en los que los años de antigüedad se cuentan por siglos.

La última isla que visito antes de volver a Atenas es Kalymnos, un paraíso para los escaladores por sus formaciones rocosas y que me gusta por su tamaño y tranquilidad, por lo que me quedo toda una semana ya cansado de saltar de isla en isla. Me quedo en un hotelito con vistas al puerto, en la capital, que no es muy turística y está alejada de los centros vacacionales más al norte. Eso me permitió conocer cada uno de los pueblos de la isla, a los que fui andando o en el scooter que de nuevo alquilé, recorriendo una buena parte de las increíbles calas de aguas cristalinas

También es conocida por su tradición desde hace siglos de recoger en el mar, a veces buceando a grandes profundidades, esponjas, de las que, como no, compro algunas a un viejo pescador.


Hay un camino de 8 km que va de Pothia a Vathis, llamado el camino italiano porque lo usaban los italianos en la segunda guerra mundial, cuando no había carreteras entre estos dos pueblos.


Esta isla es la que hace el número de 119 islas en las que he estado al menos una noche.

 


Mi última parada es en Atenas, donde ahora sí que toca patearse la Acrópolis y algunos museos, que cuando sales ya no sabes si el año actual es antes o después de cristo.




 








jueves, 14 de octubre de 2021

Que duro es esto de viajar, o será que …

 

Es sábado por la noche cuando llego a Atenas, donde es una hora más, o sea dos menos en Canarias. Las calles bullen de gente y los bares y chiringuitos han desplegado sus sillas y mesas por doquier. Pero yo me voy a dormir. Mañana será otro día. En todo caso estoy en Grecia, donde hace tiempo quería venir y es el país número 54 de los que he visitado.

El domingo todo el mundo sale a la calle. Me pateo una parte de Atenas, y solo me miro la Acrópolis desde lejos, ya que queda reservada para el final del viaje. Y hablando de patear, me voy a ver el cambio de guardia en la plaza Syntagma. No me atrae lo militar pero como dicen que es algo muy curioso, voy. Y en efecto, hay un montón de gente que se agolpa ya en los alrededores, incluso más de media hora antes, y eso que se repite cada hora, aunque la más espectacular es el domingo a las 11 de la mañana. De pronto se oye una banda de música y ahí vienen, la banda delante de un grupo de soldados en formación que con un paso que yo llamaría de algo parecido al avestruz, dan unos zapatazos en el suelo que todo retumba. Llegan donde sus colegas delante del Parlamento, que son 2 y ahí se da el cambio que es un ceremonial que parece bastante complejo, con zapatazos, unas acrobacias con las piernas muy curiosas, pero a cámara lenta y finalmente una vez cambiados los guardias, se vuelven a ir por donde han venido. Como es domingo hay muchos griegos, los que aplauden emocionados así que si uno se quiere reír lo debe hacer bajito. Me imagino a Vox instaurando algo parecido en España si les dan ocasión.

El día lo paso entre callejuelas, mercadillos, bares y acabo con un Soulovakis, una comida típica, que se puede elegir de pollo o cerdo. 

El lunes me levanto temprano y ya me alegro del viaje en barco que me llevará tocando 4 islas, hasta Paros, donde me voy a quedar. He elegido esta isla, entre otras cosas por su nombre, que recuerda mi situación laboral actual. Cuando llego al puerto de El Pireo, 1 hora antes de la salida, con un tiempo y sol espléndido, me llega un mensaje de la compañía diciendo que se cancela el viaje debido a la mala mar. Suena a chiste, pero miro la página web del tiempo y dice que habrá rachas de hasta 65 km/h. Todo el mundo se pone en fila delante de la oficina de la compañía porque, aunque hayas reservado y pagado por internet, la devolución del dinero se hace al parecer solamente en efectivo en ese momento y si no, lo pierdes. Primero me niego a hacer cola, pero cuando veo que no hay más remedio, me pongo y tengo como 200 personas delante de mí. Y sólo hay 2 empleados atendiendo. Viva la tecnología.

Mientras estoy en la cola miro en internet si hay otros barcos, pero no parece que se pueda comprar ningún billete y es que, si Eolo está suelto, pues digo yo que será igual para todos. No me apetece quedarme 1 días más en Atenas no sabiendo además si podré viajar mañana, aparte de que ya tengo el hotel pagado en Paros. Así que no me lo pienso mucho y busco un vuelo que me cuesta 3 veces más que el barco, pero por lo menos estoy en movimiento. Escribo esto en el aeropuerto, y pienso, no me he movido casi del lugar y ya estoy agotado. Y es que esto de viajar es muy duro.

En la isla de Paros me dedico a caminar por el interior, yendo de Lefkes hasta Marpissa, por un camino al que llaman Bizantino. Y si, aquí también se ha quemado parte de la isla, justo por donde pasa este camino así que poco antes de llegar a mi destino me doy la vuelta y vuelvo donde empecé, para tomarme un helado de chocolate y perderme por sus estrechas calles y regresar más tarde en bus.


En el viaje no he tenido ocasión de contactar mucho con ningún griego, más que choferes de autobús, camareros/as y recepcionistas de hotel. En general, me parecen bastante antipáticos, será que es final del verano y ya están hartos de guiris. Eso sí, el nivel de inglés es más que aceptable y todo el mundo en el sector turístico lo habla.

Los pulpos puestos a secar al sol

Mi siguiente isla se llama Ios, al sur de Paros, de la que busco su pequeñez. Me quedo 3 noches en una pensión muy agradable, y al segundo día me alquilo un scooter de 50 cc y me recorro toda la isla de cabo a rabo. Ios quedará en mui recuerdo como una de mis islas favoritas. La recorro a pie, en bus y me paso horas en el puerto de Parikia viendo el atraque de pequeños barcos y de veleros. La habitación que tengo en pensión Avra, también será la mejor de todo el viaje.

Lo de perderme, habitual en mí, se ve acentuado por el laberinto de callejuelas que forman los pueblos. Esto era así para dificultar el ataque de piratas, que tenían que atacar de uno en uno y además se perdían, y en el fragor de la batalla ya no sabían dónde era el frente y la retaguardia. Ahora este estilo laberíntico también lo utilizan para que la gente de vueltas y vueltas y así acabas pasando por todas las tiendas del pueblo. Un día veo una camiseta que pienso que quiero comprar. Al otro día, ya decidido, soy incapaz de encontrar la tienda y veo de todo menos las camisetas. Al final, cunado ya abandono, de pronto, sin querer la encuentro y entonces la compro, sin preguntar el precio ni nada.

Todo camino que veo, me meto y llego hasta playas de ensueño donde no hay absolutamente nadie. Alquilo la moto sólo por 1 día, porque por la tarde ya me doy cuenta de que le he cogido el gusto y voy aumentando la velocidad y la inclinación en las curvas. Caerme es sólo una cuestión de tiempo así que mejor parar ahora.

Mi siguiente destino es Creta que me desilusiona y sólo me quedo 2 días, justo para llegar e irme. No es que en 2 días vea toda la isla pero después de ir a Rthymno, que en mi guía ponía que era una ciudad con historia, con universidad y con gente local, me he encontrado una ciudad tomada por los turistas, como si fuera Las Américas en Tenerife o como Benidorm. Todo está organizado en función de las hordas de turistas y las excursiones a la garganta de Imbros, que es donde yo quería ir, sólo es los viernes o los sábados y yo he llegado un lunes. He salido huyendo y me voy hacia islas más pequeñas. Seguro que en Creta hay pueblos pequeños donde se puede estar más o menos tranquilo, pero después de lo visto ya no me fio.

Es la primera vez que me siento decepcionado con la guía de Lonely Planet. Siempre había pensado que los sitios que describía reflejaban muy bien el espíritu de los lugares y siempre sabía lo que me iba a encontrar. En Creta no ha sido así y lo que transcriben como un bonito puerto con casas evocadoras en una ladera, son un conjunto de casas pegadas a una montaña, todas construidas o remodeladas en los últimos 20-30 años y el puerto no tiene nada especial, mas que un par de espigones interminables y un par de barcos de pesca. Por decir algo, en Creta sólo he hecho 2 fotos.

Para salir de la isla me voy en bus a Sitia (donde ha habido un par de terremotos fuertes recientemente), al extremo más al este de la isla, para ver algo del paisaje y ahí coger el barco hacia Rodas.

El barco llega con 1 hora de retraso, pero en cuanto me subo y se pone en marcha, por primera vez desde que he llegado a Grecia me siento que estoy viajando.

Playas solitarias para dar y regalar


Barco a Rodas

viernes, 29 de enero de 2021

Serie sin mascarilla: Africa no es un país

 


África no es un país, esa frase que tanto me gusta y que he utilizado muchas veces. África es un conglomerado de 55 países con tanta diversidad en su fauna y flora, en sus gentes, en sus lenguas y en sus costumbres que nos es imposible entenderla y quizás por eso nos da miedo. Es un continente al que se ha sometido a toda clase de atropellos y expolios, en el que el hombre blanco se hizo hasta el fin de la época colonial con las mejores tierras, ha esquilmado sus animales, ha esclavizado a su población y ha extraído sus minerales y al que ahora se le quisiera poner muros para que no vengan a buscar aquí lo que se les ha negado allá.

Desde pequeño soñaba con África, aunque veía en la televisión los vientres abultados de los niños de Biafra a punto de morir. Me quedaba ensimismado leyendo y hojeando una y otra vez un libro de un famoso zoólogo alemán, Bernhard Grzimek, con fotografías de los majestuosos animales salvajes en el cráter del Ngorongoro, en Tanzania. Hubiera querido ser uno de esos aventureros que se adentraban a finales del siglo XIX todavía en territorios desconocidos donde no se sabia lo que le esperaba.

Al fondo el Kilimanjaro con algo de nieve, camino de Arusha y del mítico Ngorongoro y Serengeti

Desde pequeño recuerdo mirar los mapas, aprendiéndome las ciudades de nombres exóticos e imaginando como serían. Y aunque sin esas grandes aventuras, si he ido visitando a lo largo de los años algunos de estos países, Marruecos, Argelia, Mauritania, Senegal, Costa de Marfil, Cabo Verde, Tanzania, Malawi, Mozambique, Togo, Sao Tome y Príncipe, Benín. Y si, es verdad, África no es un país y como dice un antiguo proverbio romano Semper aliquid novi ex Africa (“Siempre aprendemos algo nuevo sobre África”).

Viaje en dhow cerca de illha de Mozambique

Si las barbaridades que se cometieron en América Latina en la época de la conquista me parecen atroces, aunque quizás quedan algo amortiguadas por los años pasados, lo que ocurrió en África, en muchos casos hace menos de 100 años, lo hace todavía ms horrible. La esclavitud se abolió en las colonias inglesas en 1838, en las francesas en 1848, en Estados Unidos en 1865, en Puerto Rico en 1873 y en Cuba en 1886. Pero de forma encubierta siguió existiendo bajo la dominación colonial.

Atravesé Tanzania en tren para ir hacia Malawi, donde me embarque durante 3 días en el barco Illala para cruzar el lago, una experiencia que posiblemente vuelva a repetir, no importa el lugar, no importa el tren, no importa el barco.

La primera vez que fui a África fue al norte, a Marruecos y Argelia. No fue hasta 1996 que fui a Costa de Marfil, a trabajar haciendo una consultoría por 2 meses que me permitió recorrer prácticamente todo el país. En ese momento muchos países de África estaban asolados por otra pandemia, el Sida, y en el proyecto donde trabaje contrataban para determinados puestos claves hasta a 3 personas, porque contaban con que al menos uno de ellos iba a morir de esa enfermedad. En 1905, la administración colonial francesa declaró el fin de la esclavitud en Mauritania, pero la inmensidad de este país evito que la ley se aplicara. ​ En 1981, Mauritania se convirtió en el último país del mundo en abolir la esclavitud, ​ cuando un decreto presidencial abolió la práctica. Sin embargo, no se aprobaron leyes penales para hacer cumplir la prohibición.  En 2007, "bajo presión internacional", el gobierno aprobó una ley que permitía enjuiciar a los propietarios de esclavos.

Niño esclavo, en Mauritania, en 1995

No se sabe la cantidad de gente que murió, primero en la trata de esclavos y luego en la colonización de estos países. Los alemanes, los ingleses, los franceses junto a belgas y portugueses diezmaron a sus poblaciones para pacificarlos ya que se oponían “a que les quitaran las tierras”.

En Zanzíbar ya desde finales del siglo XVIII los franceses y los portugueses acudían a esta isla para proveerse de esclavos para sus territorios americanos. Se calcula que entre los siglos XV y XVI, unos quince millones de esclavos salieron embarcados hacia otros continentes. Aunque no se sabe los que murieron en el camino y los que murieron en los asaltos de los negreros a las aldeas.


Mujeres pescando en Zanzibar 

Los negreros, una vez establecían en tierra firme la zona que iban a atacar entraban a saco y fuego, matando a todos los viejos y guerreros, así como a los niños menores de 5 años. Los restantes, encadenados formaban parte de la caravana que iba a Zanzíbar para ser vendidos. Los enfermos o heridos eran ejecutados inmediatamente si no podían caminar. El poblado era incendiado. Además, se aprovechaba el viaje para cargar a los esclavos con cuernos de rinoceronte o colmillos de elefante. Todas las mujeres y los jóvenes eran sistemáticamente violados durante los meses que duraba el trayecto de regreso a la costa. Una vez en Zanzíbar eran embarcados hacia Asia, Oriente y América.

Muchas de las carreteras de hoy en día y los tendidos de las vías del tren suelen ser las mismas rutas que se utilizaban para cazar a los esclavos.

Viajé en 2010 por un par de países de África intentando hacerlo como un mileurista, con el menor presupuesto posible, para viajes, comida, hoteles y excursiones. No me alcanzó con lo que me había propuesto, pero no me pasé en mucho. Para ello tuve a veces que dormir en lugares donde seguramente nunca más lo haré. Y es que en la mayoría de países de África los hoteles no tienen término medio, o son caros o baratos mientras la comida y los transportes, si no eres remilgado, son baratos.

En los países que he visitado siempre me ha maravillado la explosión de colores, desde la propia tierra que muchas veces es roja como los coloridos ropajes que se ponen.

Muchos de los exploradores de esa época, sobre todo ingleses y alemanes murieron a inicios del siglo 20, o sea hace 100 años o incluso algunos menos, lo que significa que eran los abuelos de gente de mi edad. Livingstone murió en 1873 y Henry Morton Stanley murió en Londres el 10 de mayo de 1904. 

He puesto fotos porque no tengo la capacidad de escribir como Javier Reverte, quien, con varios de sus libros, pero sobre todo con “Sueños de África” me ha animado a escribir este capítulo.

Rutas seguidas por Stanley en sus viajes africanos. Viaje de 1871-1872 en rojo, viaje de 1874-1877 en verde y viaje de 1888-1889 en azul.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Viajes sin mascarillas: Panamá

 

Si vives en Nicaragua, que está más o menos a la mitad de Centroamérica, te permite ir al norte hacia Honduras, El Salvador, Guatemala y Belice, o al sur a Costa Rica y Panamá. Todos estos países tienen mar y la mayoría incluso en los dos lados. De todos ellos sólo me falta por conocer El Salvador. He estado en Panamá creo que tres veces, pero me he quedado siempre con la impresión de que me gustaría visitar y conocer más este país. La última vez que estuve fue en abril de 2010.

La capital, Panamá City es una mezcla entre Nueva York y La Habana, con contrastes entre lo sofisticado y popular, con su skyline, orgullo de la ciudad y con casas coloniales decadentes en los barrios antiguos donde no hace falta que a uno le aseguren que por la noche se convierten en peligrosos. Tiene unos 600.000 habitantes en una mezcla de negros, mulatos, indígenas y blancos.

Pero durante el día la ciudad no ofrece problemas o por lo menos no tantos. La gente vive en las calles, es ruidosa y hablan a gritos. Como más popular es el barrio, más abundan las tonalidades de color de la gente.

La ciudad está llena de casas de préstamo y empeños, algo que salta a la vista de forma exagerada y un taxista me decía que Panamá es el país de las oportunidades, si uno necesita dinero, va a una casa de préstamos y se lo dan. No se me ocurrió preguntarle a que interés.


Las mujeres de la etnia guna destacan por el colorido de sus ropas y amuletos y sobre todo por el anillo de oro que llevan en la nariz. En las calles principales, llenas de tiendas y puestos de venta, se vende de todo, desde un sancocho de gallina hasta zapatillas Nike falsas. Hay bastantes mendigos y gente sin techo, la gran mayoría negros, pero que parecen vivir su vida sin meterse con nadie. Los buses urbanos, llamados los diablos rojos, van a todo lo que dan y valen 20 céntimos de euro para ir a cualquier parte de la ciudad, mientras los taxis cobran a partir de 1 euro según la distancia. La gente es amable y con un deje que recuerda al cubano, pero más suave. Aunque te dicen que en los buses roban, nos metimos en alguno, y efectivamente le intentaron robar a una mujer que se lio a gritos con los asaltantes. Fue el último que tomamos.


El 90% de la energía que consume Panamá es producido por centrales hidroeléctricas, en buena parte en las represas del canal de Panamá, el sueño de cualquier país. Aparte de visitar esta obra impresionante, es un recorrido que vale la pena hacer en un tren panorámico a lo largo del canal hasta la ciudad de Colon, de unos 120 km. En la estación de llegada en Colon hay taxis que te esperan para llevarte a la ciudad que está a sólo unos 100 metros cruzando un puente. Te cobran sólo 1 dólar por pasajero, pero en todos los lugares te aseguran que si cruzas el puente a pie te van a atracar seguro, así que, tras un par de intentos de pensarlo para hacernos el machito, cogimos el taxi.

Ir a la región de los indios guna (Guna Yala o islas de San Blas) fue toda una experiencia para mí, adonde fui con María. Artemio vino a buscarnos al hotel de Panamá City con su Toyota Prado automática. Artemio es un guna muy salao, que no paró de hablar en las 2 horas que duró el viaje. Nos contó en una versión más o menos propia la historia de los gunas y sus costumbres, su visión del mundo que es como la de muchos pueblos indígenas, muy egocéntrica, diferenciando a la gente entre los que son indígenas y los que no lo son. Luego Artemio diferenciaba a los no indígenas entre panameños (wuagas) y extranjeros. A pesar de ello, él se ha casado con una panameña, lo cual está permitido si tiene la aprobación del consejo indígena. Con su vehículo se dedica al transporte de viajeros desde Panamá City a Cartí, un pequeño puerto de embarque dentro del territorio indígena, desde donde se sale hacia las islas (hay unas 350). En el muelle de Cartí nos esperaba Orlando, un guna de los antiguos, sólo 3 años mayor que yo, aunque yo lo veía como si pudiera ser mi padre. Orlando se enfadaba cuando contaba sobre los cambios que se daban en la juventud de su etnia que ya no quieren trabajar como antes y que no mantienen las costumbres. Del total de 350 islas que forman el archipiélago de San Blas, unas 50 están habitadas y en el resto sólo viven 1 o 2 familias que cuidan la isla y las mantienen para el turismo. Algunas están completamente deshabitadas. En la isla de Wichubala, donde nos quedábamos, que no tendría ms de 200 m de largo por 50 m de ancho, vivían unas 50 familias, de una forma bastante estrecha y ya se ve que van a seguir teniendo problemas de espacio a poco que crezca la población. Por eso intentan ganarle terreno al mar, poniendo pequeños muros de piedra en el agua y rellenando con arena o bien construyendo casas sobre pilotes.

    Isla Wichubala

La isla vecina a la nuestra tendría unos 200 m2 de terreno de arena y alrededor de 500 m2 habitables construidos sobre el mar. La otra isla, que quedaba a unos 100 m más allá y a la que fui nadando, era la isla de la que Orlando era originario (isla Nualenga). Era más bonita que la nuestra, sobre todo porque había más espacio y algunas familias tenían un pequeño patio con plantas. Las calles también de arena eran más anchas, había árboles y pequeñas plantaciones de bananos y algunas flores. Un árbol que crece bien allá es el noni, del que conocen sus propiedades medicinales.

    Isla Coco solo

Cada día a las 9,30 de la mañana, puntualmente, salíamos de nuestro hotelito construido en bambú y madera, los 12 turistas que estábamos en la isla rumbo a alguna de las islas paradisíacas que estaban como a media hora en lancha (isla Perro, El Diablo, Pelícano, Wuali-dup). A lo lejos se veía la minúscula isla de “Coco Solo” que me robó el corazón.                                                 

A las 4 o 5 de la tarde regresábamos a nuestra isla, paseábamos entre las casas, intentando hacerlo despacio, ya que la isla se acababa enseguida. Lo más curioso era que la población nos ignoraba como si no estuviéramos o fuéramos unos gunas más, sólo los niños nos decían hola desde sus chozas.


La última parte del país la vimos en Bocas de Toro, en el norte, cerca de la frontera con Costa Rica, donde ya había estado unos años antes. Nos fuimos de Panamá City en un bus cómodo a David, una ciudad en las montañas. El aire acondicionado estaba a tope en un viaje que duro 7 horas para hacer 450 km, a 10 Euros por cabeza.

De David pasamos a la población de Almirante, para desde allí en un bote rápido ir saltando sobre un espejo de agua hasta la isla Colón, ya parte de Bocas de Toro. En el mismo embarcadero sólo cambiamos de lado para subirnos a un bote muy estrecho que por un par de dólares nos llevó a la isla de Bastimentos. Allí comprobamos de nuevo que aun cuando uno se haya estudiado la guía de viajes del derecho y del revés, cuando llega a un sitio, el azar hace que recales en un hotelito u otro. Nos quedamos en el Hotel El Jaguar, el primero que vimos al desembarcar y que nos alquiló una habitación doble con baño por 20 US$. De esa isla sobre todo guardo el recuerdo del olor de las flores del Ilang-Ilang al atardecer.


He pasado dos veces a pie el puente de hierro que separa Costa Rica de Panamá, en el lado del Atlántico. La frontera es el rio Sixaloa, caudaloso y que se puede ver pasar raudo a bastante profundidad entre las tablas que faltan del puente. Por aquí pasan enormes trailers que hacen retumbar el puente, mientras esquivas las motos que también van pasando. Pero a pesar de ello, reconozco que me encantan este tipo de pasos de fronteras, que parece retraerte a unas cuantas decenas de años atrás.

Viajar solo tiene la ventaja de que no tienes que consultarle a nadie lo que quieres hacer, tomas tus propias decisiones y planificas las cosas como te parece. Además, estás más abierto a conocer a gente y eso te hace estar más despierto a las sensaciones externas. Pero a Panamá siempre he viajado acompañado de lo que me alegré, entre otras muchas cosas porque ya estoy harto de ver paisajes o lugares bonitos y no tener a nadie al lado con quien compartirlo. Además, es otra forma de socializar lo que quieres hacer, lo que piensas y de cómo te comportas y disminuye el grado de asilvestramiento que uno va adquiriendo.


    Isla Ukuptupu

 


viernes, 4 de diciembre de 2020

Viajes sin mascarilla: Anécdotas de la Nicaragua sandinista



Ir en bus todavía hoy en día en Nicaragua tiene sus desventajas, sobre todo la incomodidad, aunque no hay comparación con los años 80, en que se convertía en pura aventura. En aquella época el parque de vehículos se iba deteriorando a ojos vista, había que ir innovando, como en Cuba, ya que el boicot económico de los yanquis no permitía importar repuestos. Además, como el precio del pasaje era muy barato al estar subvencionado y haber pocos coches, los buses iban repletos y más de una vez me quedé en tierra ya que no quería ser uno más de los que iban colgados de cualquier parte. Que la gente fuera en el techo y colgados de las puertas era habitual, pero si algo me asombraba era ver al cobrador capaz incluso de salir con el bus en marcha por una ventana para irles a cobrar a los de arriba, que el sabía que en cuanto parara el bus, ya nos los vería más.


Un día “le di raid” (coger en autostop) a una pareja y a un niño. Ellos estaban en Estelí e iban para La Concordia, donde teníamos un proyecto de riego por goteo. Son 35 kilómetros de pista bastante mala y se tardaba más de una hora en recorrerla. La pareja era bastante peculiar, él de unos 50 años, vestido de policía nacional, ella de una edad indefinida, vestida de forma sencilla, y el niño, de unos 10 años y con cara de pocos amigos. Desde el momento en que se montaron empezó entre nosotros una cháchara que tampoco suele ser usual en Nicaragua, sobre todo el que empiecen ellos a hablar. Pero este hombre era bien abierto y me empezó a preguntar desde de donde era yo hasta cuanto ganaba un policía en España. La conversación era tan animada que se fue metiendo la mujer, que iba sentada atrás con el niño y que hasta entonces había estado un poco retraída. Yo había intentado ir contestando todas las preguntas, intentando ser ecuánime y explicando siempre lo de que, aunque se gane más en Europa, también las cosas son mucho más caras. Pero a veces hay razonamientos que no son fáciles de transmitir. Yo le decía: vea, aunque usted gane 2.000 dólares al mes, cuando vaya a tomar un café, este le costará unos 2 dólares (en Nicaragua en muchos sitios es hasta gratis o cuesta 0,2 dólar). Y él me contestaba, ah, pues entonces si es tan caro no tomaría café ¡Y se ponía a reír, y miraba a la mujer y les faltaba decir, vaya chele más tonto!


Viendo el giro de la conversación, yo intentaba explicarles otras cosas, como que España estaba muy lejos. Enseguida hacían suyo el tema y me preguntaban si España está al norte de Miami, y cuando yo, ya mucho más seguro de mí mismo, les dije que no, que España estaba al este de Miami, que primero había que ir en avión a Miami y luego coger otro avión hacia el este durante 10 horas para llegar a España, entonces la señora que había estado muy atenta a toda la conversación me dijo: ¿entonces ahí es donde le llaman el tercer mundo?. Abrí varias veces la boca para contestar, pero cualquier argumento se me quedaba corto y finalmente desvié la conversación hacia otros derroteros donde me sintiera más seguro. Por suerte ellos viendo mi incapacidad para contestar adecuadamente a sus preguntas y apreciaciones, también cambiaban de tema, saltando de uno a otro, como por ejemplo cuando ella empezó a preguntarle porque no se iba a España a trabajar de policía si allí se ganaba tan bien y él le explicaba con mucha paciencia que él era policía nacional, o sea que solo podía trabajar en Nicaragua. Para trabajar en España tendría que ser policía internacional ¡¡. Incontestable.

Al cabo de algo más de 1 hora de viaje, cuando nos separamos, sentí haber llegado a nuestro destino.


Un agricultor de Jinotega, en un día de lluvia iba andando con sus botas de hule bien embarradas al poblado. Se encontró con un amigo que lo invitó a unos tragos. Le daba “pena” ir con las botas tan embarradas al bar, pero el amigo le dijo; no te “preocupés”, ponte el pantalón por encima y así no se ve que llevás botas. A la hora, ya “picado” incluso cruzaba la pierna y le “valía verga” que le vieran las botas y el barro pegado.

Corn Island

En realidad, no debería haber ninguna razón para que me guste tanto Corn Island. La primera vez que fui a esta isla del caribe nicaragüense (Google Earth - Latitud12°10'8.88"N, Longitud  83° 2'35.63"O) fue en Semana Santa de 1987 y viajé con Tere, mi pareja de entonces. El viaje en sí fue accidentado, un viaje interminable en bus desde Managua a El Rama, luego el viaje en barco hasta Bluefields por el río Escondido, escoltados por lanchas militares ya que en esa época era una zona de guerra importante como atestiguaban los impactos de bala en el casco del barco. En Bluefields, una ciudad típica caribeña, que nos encantó con sus casas e iglesias de estilo colonial inglés, de madera y las mujeres negras con sus rulos en la cabeza. Viniendo del Pacífico, todo era como mágico. Durante esos días sufrí un fuerte dolor de oído, producto de una infección, que me dejaba postrado en la cama del hospedaje, sudando por el calor asfixiante y húmedo del Caribe, mientras el abanico daba vueltas sin parar. Ahí pasaba más de la mitad del día, hasta que los medicamentos que me tomaba me aliviaban.


Cuando ya me recuperé fuimos al puerto del Bluff, a coger el barco que nos llevaría a Corn Island. La fila para embarcar era enorme de toda la gente que quería pasar la Semana Santa en familia. De pronto, un militar borracho cogió su Aka y sin previo aviso empezó a disparar al aire. Todo el mundo corrió a esconderse incluidos nosotros, hasta que otros militares llegaron y se lo llevaron. Luego la fila se recompuso más o menos. Había tantísima gente que a pesar de que el barco era un carguero grande hubo dificultad para colocar a todos los pasajeros en cubierta. El tiempo no era muy malo, aunque había cierto oleaje que hacía retumbar el barco cada vez que descendía de una ola para acometer la siguiente. A consecuencia de ello se soltó una parte de una especie de chimenea y le cayó encima a uno de nuestros vecinos, a sólo un par de metros de nosotros, abriéndole la cabeza como un melón. En un instante se hizo un ruedo alrededor del herido al que vino enseguida a curar un médico, salido de no sé dónde. Unos días después oímos que había llegado vivo a la isla y se había salvado.


Finalmente, varias horas más tarde de lo previsto y ya de noche llegamos a la bahía de Corn Island, donde no podíamos atracar en el muelle dado el gran calado de nuestro barco. Tuvo que venir otro barco más pequeño de la armada nicaragüense para hacer el trasbordo. El paso del barco grande al pequeño se realizó en un perfecto desorden, con grave riesgo para la vida de todos, incluso de los barcos, dado el cabeceo de ambos, pero finalmente, gracias a Dios como dicen aquí, no pasó nada.

Ya una vez en tierra firme, eran como las 12 de la noche y pensamos que no encontraríamos hotel, así que nos pusimos a buscar un lugar donde dormir en la playa. Cuando por la mañana Tere me despertó, un tipo se alejaba sigilosamente con nuestras 2 mochilas al hombro. Lo quise perseguir después de ponerme las zapatillas, pero ya había desparecido en el swampo (así es como le llaman a los humedales que se convierten en la reservas de agua dulce de la isla) y en una casa donde preguntamos si habían visto a un ladrón con 2 mochilas sólo les faltó reírse de nosotros. Por suerte teníamos nuestro pasaporte y dinero, ya que al dormirnos tuvimos la precaución de guardarlo en unos bolsos pegados al cuerpo, además de la ropa que usamos para dormir. Todo lo demás, ropa, neceser, medicinas, desparecieron. En vista de ellos decidimos a las 9 de la mañana salir en el primer avión hacia Managua, con una enorme frustración que se compensó cuando un par de meses más tarde repetimos el viaje y se convirtió en unas vacaciones estupendas.

Buceando en los arrecifes de Corn Island

 

Una narco lancha varada en Little Corn Island


viernes, 13 de noviembre de 2020

Viajes sin mascarilla: Anécdotas en la Nicaragua sandinista

Típico puesto de tortillas de maíz en Centramérica

Nada más llegar la primera vez a Nicaragua, en Masaya, al par de días, empecé a sentirme algo mal. El calor pegajoso, los olores tan fuertes en la calle, todo me hacía sentir mal y me daba náuseas. Sobre todo, el olor que se desprendía de un quiosco de un mejicano que hacía tortillas de maíz, y que me repelían al pasar por delante lo que me ha durado hasta hoy, y que igual que esas borracheras de la adolescencia, ha tenido el efecto de que no he vuelto a comer nunca más tortilla de maíz, ni en Nicaragua ni en ningún otro lugar.

Catedral de San José

Habíamos decidido que la acción que nos iba a dar más visibilidad ante el secuestro de nuestros compañeros por la Contra, era encadenarnos a la Catedral de San José (el grupo que los había secuestrado pertenecía al comando que tenía sus bases en Costa Rica). Para ello había que comprar las cadenas y los candados. El grupo de apoyo en Managua me dio dinero para comprar los materiales, unos 200 US dólares, que en esa época todo era muy barato. La estancia y el hotel nos lo pagábamos cada uno, que ser revolucionario también conlleva (ba) ser honesto. Yo nunca me había encadenado a ninguna parte ni sabia como llevar a cabo acciones subversivas secretas. Habíamos quedado en alojarnos en hoteles diferentes para que nadie nos relacionase ya que sí parecía que estaban sobre aviso las autoridades costarricenses de que se iba a producir alguna acción (no dejaban pasar alemanes en las fronteras terrestres). Como tampoco me habían dado ningún manual de cómo actuar cuando uno va a encadenarse decidí ir a comprar las cadenas en ferreterías diferentes, en cada una 3 o 4 metros y les pedía factura, para luego pasar cuentas con nuestro grupo de apoyo cuando volviéramos. Cuando en la primera ferretería me preguntaron qué a que nombre ponían la factura, empecé a balbucear mientras mi cerebro trabajaba a toda máquina, ya que yo no quería dar mi nombre verdadero así que en ese momento se me ocurrió decir que, a nombre de Alberto Martínez, lo que era fácil de recordar ya que se parece un poco a mi nombre. Y así lo hice en las siguientes ferreterías, quedando por las noches para entregar las cadenas y su respectivo candado a los compañeros mientras esperábamos el momento más propicio de actuar.

Estuvimos unas 2 horas encadenados a las columnas de la catedral con nuestros carteles denunciando el secuestro y las actividades de la Contra, mientras llegaban “ticos” que en vez de interesarse por nuestra acción nos insultaban. Cuando vino la policía, sentimos cierto alivio porque la gente estaba cada vez más agresiva contra nosotros. La policía nos preguntó que quien tenía las llaves de los candados y le dijimos que las habíamos tirado. El más avispado de los polis metió la mano en el bolsillo del primero de los encadenados (que no era yo) y sacó las llaves que entraron perfectamente en la primera cerradura, así que no hubo que cortar ninguna de las cadenas. Ahí ya tuvieron que darse cuenta que éramos aprendices.

No hay que olvidar que los gobiernos europeos fueron cómplices de lo que pasaba en Nicaragua

Nos llevaron detenidos y nos encerraron en una especie de cuartos individuales, no sin antes cachearnos y quitarnos todo lo que llevábamos encima, incluidos dinero y papeles. Cuando me tocó el turno, dos rambos, uno negro y otro blanco, me llevaron al despacho de un comisario que empezó a interrogarme. Sus ayudantes le dieron todas mis pertenencias y después de estudiar mi pasaporte vio que yo estaba ilegal en el país, ya que como yo todavía no estaba muy ducho en viajar, en la frontera, con los nervios, me monté en el primer bus que iba a la capital y se me olvidó sellar la entrada al país. Pero lo peor vino cuando de pronto, después de revisar mis papeles y consultar otros, ¡me pregunta quien es Alberto Martínez! En ese momento, agaché la cabeza y con un hilo de voz, le dije: soy yo. ¿Como que usted? me respondió y volvió a mirar el pasaporte, para cerciorarse. Cuando me volvió a mirar, interrogándome con los ojos, bajando todavía más el hilo de voz si cabe, le dije: bueno, en estas cosas, uno nunca da su nombre verdadero, ¿no? Me miró, después a sus ayudantes, y con lo que me pareció un cierto tono de desprecio les dijo: ¡llévenselo! Un par de compañeros periodistas mientras tanto llamaban a las embajadas de nuestros países y daban nuestros nombres, lo que ayudó a que, al día siguiente, después de una noche algo desagradable en algo parecido a una mazmorra, sin cargos, nos deportaran a Costa Rica.

Con Leticia Herrera y Ronald Paredes

En mi trabajo con las brigadas alemanas que venían a ayudar a Nicaragua, hicimos una entrevista a Leticia Herrera, cuando era jefa de los Comité de Defensa Sandinista en 1986, y quien fue una de las primeras mujeres en ser comandantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua contra el gobierno dictatorial de Anastasio Somoza entre 1974-1979.

En 1974, fue una de las líderes del "Operativo Diciembre Victorioso", en un asalto a la residencia de José María Castillo Quant, en la capital Managua, donde se tomaron de rehenes a altos funcionarios del gobierno somocista a cambio de la liberación de los presos políticos del FSLN que tenía el gobierno.

Entrevista en el periódico Barricada (ya desaparecido) sobre las donaciones que la ONG con la que trabajaba había hecho en Diriamba.

 


 Fotos: Con amigas de Diriamba en la playa;  Visitando el ingenio azucarero de Malacatoya con enormes pivotes de riego; Tortugas recién pescadas por los lugareños para hacer sopa en Corn Island; Mis compañeros de trabajo me regalaron unas mecedoras en mi cumpleaños