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domingo, 3 de febrero de 2019

Lome


Lo curan y arreglan absolutamente todo

Mi amiga Cande, en lo que parece un vano intento de deshacerse de su biblioteca antes de su próxima mudanza, me regaló un libro sobre África que vale su peso en oro, al igual que se hacía con la sal en tiempos pasados en ese continente (Africa: desde la prehistoria hasta los estados actuales, Pierre Bertraux, Ed. Siglo XXI, publicado en 1966). No he acabado de leerlo todavía y ya siento que he aprendido tanto sobre este continente, que me ayuda a entender muchas cosas mejor.

Como ejemplo, para los amigos que no me vendrán a ver: El insecto es más peligroso que la fiera y el microbio más que el insecto (pg. 9).

Sobre las migraciones escribe: Es posible, pues, imaginar -pero aquí empieza la hipótesis- que hubo civilizaciones constituidas en un Sahara fértil, al menos más acogedor que hoy en día, y que estas poblaciones fueron arrojadas de su jardín del Edén por la sequedad progresiva, emigrando unas al valle del Nilo, donde se fijan y fundan la civilización egipcia, y otras hacia el sur, hacia el Níger y más allá, lanzadas a un desplazamiento sin tregua que apenas si ha cesado en la actualidad (pg. 11)

La próxima patera ?

Como moverse
En Lomé, y en el resto del país, no hay buses interurbanos. Los buses son para desplazarse a distancias largas (al extranjero) y por la ciudad se va a pie, en bicicleta, en moto o en coche. Los africanos son buenos a camina y a veces realizan grandes distancias para ir a buscar agua (las mujeres en las zonas rurales) como para cualquier otro mandado. Esta es la parte de la población que no se puede permitir un medio de transporte propio o alquilado. En bicicleta van unos pocos, ya que ha caído en desuso frente a la moto, más rápida. Hasta hace pocos años era un medio de transporte popular en el campo y de ahí venía el nombre de “pollo bicicleta”, para las aves criadas en el campo y transportadas al mercado en bicicleta, para diferenciarlo del que viene de cría de engorde. El otro día estaba comiendo con unos colegas de trabajo togoleses y pedimos un pollo que estaba duro como una piedra. Uno de ellos, mordiéndolo como si se tratara de mermelada me dijo, se nota que es un pollo de campo, no de engorde, porque está buenísimo. Seguí mordisqueando mi trozo como pude, aunque sin conseguir avanzar mucho.

El rey del transporte es la moto, sobre todo de modelos chinos que han proliferado aquí como ya casi en todo el mundo. Los que se pueden permitir comprar una les permite ir al trabajo sin depender de nadie, pero la gran parte de estas se dedican al moto taxi, aquí llamado “Zem” (viene de Zémidjan, que significa “llévame rápido”), habiendo sido importado el sistema de Benin. Son relativamente baratas, menos si eres un extranjero despistado, que entonces te clavan. Van muy deprisa y sólo llevan un pasajero normalmente (en el campo quizás dos) lo que es entendible cuando ves el calibre de  buena parte de los pasajeros. Ahora hay una aplicación que se llama GoZem, parecido a Uber, para llamar uno de sus Zem, pero todavía no hay muchas motos en este sistema. Su diferencia es que el precio es por kilómetro por lo que no hay que regatear y que traen un casco para el pasajero.

Una "señora" pasajera

El fin de semana pasado fui a la piscina en una de estas motos. Después de arreglar un precio razonable, me llevó a toda velocidad por la carretera de la costa. Se saltó un par de semáforos en rojo y en uno la policía le dio el alto. Casi se paró enfrente del policía y de repente dio media vuelta y nos escapamos. Por suerte aquí los policías no disparan cuando haces algo como esto. Dando un rodeo finalmente me dejó en la piscina. Al regreso ya tuve claro que debía tomar un taxi, aunque fuera algo más caro.
Finalmente están los coches, que ya sólo se pueden permitir la clase media alta y la alta, o bien son taxis que van ruteando, cogiendo varios pasajeros a la vez (y por eso son más baratos) o que uno puede tomar solo y te vuelven a clavar. En todo caso hay que hacerse a la idea de que aquí casi todo se regatea y finalmente, sabiendo los precios, uno puede salir no tan escaldado.
Como en el tiempo que he estado en Lomé he vivido en el barrio de Kodjoviakopé,el mayor problema ha sido aprenderme el dichoso nombre para decirle a los taxistas adonde voy.

El mar
La costa de Togo tiene unos 50 km, todo playa, pero con un mar peligroso por sus fuertes corrientes y la suciedad que hay. Esta suciedad viene tanto de los barcos que fondean frente a la costa de Lomé, esperando para descargar sus mercancías, que van a varios países del área al ser el único puerto de aguas profundas en esta parte de África, o bien para trasvasar incluso en alta mar la mercancía a barcos más pequeños que luego van a diferentes puertos. Por la noche se ven sus luces y parece que haya otra costa al frente. Hay barcos militares patrullando esta parte ya que al parecer abundan los barcos piratas.



La gente se reúne en la playa, bajo las palmeras a descansar al mediodía y llenan los bares los fines de semana, al ritmo de una música estridente que no te deja conversar. Lo bueno de la playa es que siempre corre el aire y es un sitio agradable para estar.


Tanta aglomeración de gente en la playa, sin baños públicos, lleva a que cada uno vaya donde puede. Los letreros que han puesto no parecen servir de mucho.



Lome colonial


domingo, 27 de enero de 2019

Camino de Togo

Tiburón de punta negra -black tip- en Kri, Raja Ampat


Desde ya sé que lo que más encontrare a faltar en Togo son las aguas cristalinas de Indonesia y sus tiburones. Pero no se puede tener todo en la vida, así que a partir de ahora tocará ver lo bueno de este país. De Camboya me fui sin pena ni gloria, con una maleta que sólo pesó 24 kilogramos. Incluso a mí me extrañó que fuera capaz de poner algo más de 2 años de mi vida en una sola maleta.

Mi vida desperdigada en la cama, poco antes de hacer la maleta en Camboya
Después de pasar unos días por la península, me encuentro en Canarias con que me han retrasado el viaje a Togo 1 semana, así que tengo la maleta hecha y no sé qué hacer, después de haberme despedido de casi todos mis amigos.
Intento prepararme para mi nuevo destino, pensando en lo que dejo atrás y en lo que me espera. Togo no tiene islas ni las hay en países cercanos, las que más son Sao Tome y Príncipe, a unos 1000 km, y ya están en mi agenda.
Cuando llego al aeropuerto de Togo, el policía que me sella el pasaporte me dice que si no le he traído ningún regalo. Después de hacérselo repetir tres veces, haciendo ver que no lo entiendo (lo que nunca falla) le digo que se me olvidó, pero que la próxima vez sin falta. Me pone el sello y casi nos abrazamos, pero el cristal que hay de por medio nos lo impide.
Pasados los trámites, mis maletas ya están rodando en la cinta y esta vez he venido con 40 kilogramos, incluido equipaje de mano y ordenador, por lo que me alegro de ver al chófer de mi organización esperándome.
Nada más llegar el lunes a la oficina ya me ponen a trabajar ya que están haciendo la planificación del año. Tengo un chófer asignado que me viene a buscar cada mañana al hotel y me devuelve por la tarde.
A pesar de las bromas que hice con mis amigos de que en Togo sería un blanco perfecto, tengo que decir que la gente pasa de uno, casi no te dicen nada, si acaso algún vendedor callejero que se pone un poco pesado mientras las moto-taxis te pitan igual que si fueras un negro más.

En Togo es difícil hacer fotos ya que hay que vigilar que no haya policías, ni soldados ni edificios estratégicos (que es un edificio estratégico ¿?) antes de hacerla.

Un Banco togolés, el contraste entre el lujo y la miseria de las calles adyacentes
Cuando te has asegurado de todo ello, lo que querías fotografiar ya no está o ha cambiado hasta la posición del sol. Además, algunas cosas que me llaman la atención tienen que ver con las miserias de la raza humana y casi siempre me da vergüenza acercarme a hacerles una foto.
Tengo como compañera de trabajo a Silvia, que vive en Lomé con su pareja que trabaja en la AECID. De momento es la que más me ha ayudado en los primeros días de orientarme aquí y ya nos llaman la mafia española porque siempre estamos hablando en castellano. Algunos africanos del equipo, animados por las telenovelas de Latinoamérica que ven (sobre todo narcos) y de las que aprenden algunos vocablos como vete a la chingada y peores, ya nos saludan en español y hacen sus pinitos en nuestro idioma.
La oficina está en la que se llama Avenida de los nim, lo que enseguida he tomado como una premonición. Los nim están por doquier, me han dicho que se utiliza mucho como insecticida en fincas ecológicas y mucha gente se pone en la ciudad a vender cualquier cosa bajo su sombra.
Los viernes acabo de trabajar a la 1, lo que me gusta ya que me permite tener un fin de semana semi largo. Así que por la tarde la dedico a caminar por la ciudad y recorrer parte de la playa. Es increíble la cantidad de gente joven que esta ociosa, sin hacer nada. Son los futuros inmigrantes que irán a saltar la valla o que se lanzarán en una barca a quien sabe dónde.
El sábado por la mañana me dedico a turistear y lo primero que hago es irme la mercado de los fetiches. No compro nada pero aprendo algunas cosas y volveré cuando sepa exactamente lo que quiero de todo lo que me han ofrecido.

Diversos fetiches, tan diferentes que no supe por cual decidirme
Ya por la noche, hay una actuación de un grupo africano en el Instituto francés. Para acceder al recinto hay que pasar por un detector de metales, como si fueras a tomar un avión, y eso que llega la crema de la sociedad de Lomé, entre diplomáticos de diferentes embajadas hasta la élite togolesa. Lo mejor ha sido que he podido conocer a casi toda la comunidad española que vive aquí, muy reducida por cierto, y parte de la extranjera, mayoritariamente franceses. La música recordaba a sones cubanos y no nos poníamos de acuerdo en que sentido había sido la influencia.

Orchestre Sassamasso

Acabamos la noche en un bar de la playa que me recuerda al Castaway de Timor Leste.


El domingo por la mañana me doy el lujo de irme al hotel Sarakawa donde por el módico precio de 9 euros puedes disfrutar de su piscina olímpica, enfrente del mar, donde vuelvo a retomar la natación. Tanto por el precio como porque no estaré a menudo en Lomé, intentaré disfrutar este lujo aunque sea a cuentagotas.

Mercados artesanales coloridos en Lome

Y colorín colorado, esta mi primera semana se ha acabado

domingo, 9 de diciembre de 2018

The beach




A los pocos días de estar en Ko Surin, me siento como en la película “The beach”, pero sin parecido con Leonardo. Me puedo imaginar perfectamente la playa secreta fuera de la vista de las rutas normales de los barcos, la comunidad de extranjeros viviendo en ella, los militares corruptos cultivando marihuana, las noches de luna llena ….
A pesar de que tengo la sensación de que he llegado aquí 20 años tarde, disfruto del manglar enfrente de mi playa, del bosque primario impenetrable, con los monos aullando y los lémures voladores, además de varias especies de pájaros que mi amigo Fran reconocería enseguida.



En el agua, menos espectacular en cuanto a peces que Raja Ampat, hay corales y formaciones rocosas muy bonitas. Un día me decido a dar la vuelta nadando a una punta donde adivino que debe haber peces grandes, bordeando la parte que lleva a Mai Ngam Bay. El esfuerzo y las 2 horas nadando valen la pena porque justo en la zona de mayores corrientes me encuentro con un tiburón black tip y una manta águila, que se cruzan en su camino de venir a ver quién es el impostor que hace tanto ruido con sus aletas. No me considero ni valiente ni cobarde, sino ambas cosas a la vez, y sé que necesito cierta dosis de adrenalina para disfrutar, sobre todo en el mar, ya que normalmente la recompensa en forma de peces no suele fallar. A la vuelta, me espera preocupado Pat, que no pudo venir conmigo por un fuerte resfriado que tiene y me dice que, si yo hubiera tardado algo más en regresar, hubiera ido a buscarme en barco.



Una de las noches llueve flojito pero continuadamente y las tiendas de campaña, más preparadas para el buen tiempo que para la lluvia, presentan varias goteras que se traduce en buena parte de la ropa mojada. A media mañana, el inglés (Albert, también de los ancianos), Pat y yo decidimos que hay que aprovechar el sol que ha salido y decidimos montar un tendedero en la playa, estilo gitano de la mar, que causa la admiración de los pocos turistas que hay y algunos le sacan fotos. A media tarde viene el jefe de los guardas del parque a pedirnos que quitemos el tendedero ya que no quiere que salga una foto de ello en alguna publicación. Y es que en los prospectos del Parque Nacional se presenta la playa donde estamos como ”virgen” y “untouched” y pensamos que obviamente nuestros calzoncillos al sol pueden dar una imagen errónea de la virginidad de la playa, así que le hacemos caso y metemos nuestra ropa que de todas formas ya estaba seca en la tienda y destruimos el tendedero.


Originariamente en estas islas vivían los Mokan, conocidos al igual que otros grupos en otros países del sudeste asiático, como los “nómadas de la mar”. En realidad, viven en sus barcos y sólo van a tierra para comerciar su pescado o aprovisionarse. Al igual que los nómadas, no conocen de fronteras y no suelen estar censados ni pertenecer a ningún país. Hace unos años, Tailandia les dio la nacionalidad tailandesa en un acto solemne presidido por la reina madre, lo cual, en vista de lo que hace Myanmar con los Rohingas, parece, como menos, bastante loable. Por otro lado, su integración en el tejido social del parque, los ha convertido en atracción turística, en capitanes de los pequeños barcos de recreo, en barrenderos de los servicios del parque y vendedores de artesanías. Sus barcos, ya no aptos para vivir en ellos, permanecen anclados en la bahía donde viven, frente a las cabañas que el gobierno les ayudó a construir. Sus niños van a la escuela y tienen un sitio donde jugar en tierra firma. Esto es aquello que se supone se llama desarrollo, pero la verdad, viéndolos, y a pesar de que esto es en lo que trabajo, me quedan más dudas de las que tenía antes.





Y por cierto, esta es mi isla número 110.





Prochaine destination


A partir del 14 de enero me podéis encontrar en Kpalimé, en Togo. 



sábado, 1 de diciembre de 2018

Camboya - Indonesia - Tailandia



Me estoy yendo de Camboya, así que aprovecho para visitar algunos sitios que me quedaban por ver, como la montaña sagrada Kulen cerca de Siem Reap, que tiene varios saltos de agua  cascadas. Ratana me lleva en su coche y aprovechamos para bañarnos y echar una siesta en uno de los muchos lugares que hay para comer y pasar el día a la sombra del bosque.



Pero para despedirme de Asia, en mis vacaciones de octubre, me voy a Indonesia, a dos de los sitios más bonitos que conozco, las islas de las especias (islas Banda) y al acuario de las islas de Raja Ampat.

Molana (Molukas)

En Molana, una isla desierta con 3 cabañas que solo abre cuando se llama a los dueños antes, pasamos 2 noches para hacer tiempo para coger el barco que va a Banda Neira.

En el viaje leo un libro que recomiendo “Búscame donde nacen los dragos” de Emma Lira, que se desarrolla en Arico, Tenerife y que me traslada en el tiempo que pasé allí.

En Raja Ampat, voy de nuevo a la isla Kri, que ya conozco bastante bien, tanto por tierra como bajo el agua. Pero como todas los sitios bonitos en el mundo, en cuanto se hacen famosos empieza a llegar más y más gente y se ve a venir el deterioro a pasos agigantados. También los lugareños, empiezan a oler el negocio e incrementan el número de habitaciones y bungalós, incrementando los precios, pero sin subir la calidad. Nada que no haya pasado en cualquier otro lugar del mundo ya antes ¡! Entre los enamorados de estas islas ya se habla (secretamente) de otros lugares todavía no tan visitados, así que en mi próximo viaje me iré hacia allá.

Cabanas en Kri island

Las cabañas sobre el agua son mi lugar favorito ya que el sonido del agua es como un bálsamo para dormir.

De este viaje no hay muchas fotos ya que la reportera que me acompañó todavía no las ha seleccionado. 

Como todavía me quedan unos días de vacaciones en noviembre, decido irme a una isla, de la que oí hablar en Indonesia hace un par de años y que se encuentra en el mar de Andamán. La coincidencia hace que quien me habló de ella, Pat, un francés, también va camino de allá y quedamos para encontrarnos en Khura Buri, que es donde salen los barcos. Una vez bebidas varias cervezas de reencuentro y una de las comidas picantes tailandesas, nos vamos al día siguiente hacia Ko Surin, a unos 60 kilómetros de la costa. Este grupo de 5 islas son desde 1981 Parque Nacional y sólo abren 5 meses al año para que los turistas no las acaben de destrozar. Sólo hay unos pocos bungalós y hay una playa habilitada para tiendas de campaña, que es donde nos quedamos.



A este lugar vienen desde hace varios años locales y extranjeros, quedándose algunos los 5 meses permitidos. Son los llamados “ancianos” que gozan de un cierto status en la isla. Como yo estoy ”bajo la protección” de mi amigo Pat, enseguida paso a formar parte de este grupito. Su amigo Nat, guarda del parque, avisado de nuestra llegada, me ha preparado una tienda en la zona final de la playa, en uno de los lugares más bonitos. La tienda es suya y me la alquila a mitad de precio de lo que me cobrarían en el parque, lo que se llama un gana-gana.


Al ser un parque nacional, todo está protegido y el bosque primario, impenetrable, es de una belleza incomparable. Hay monos, los Pig tailed macaque que se pasean entre las tiendas de campaña, rapiñando cualquier comida que se dejan los turistas, incluso llegando a abrir la cremalleras de las tiendas, cuando lo que hay dentro es muy apetitoso. Los varanes, algunos de 2 m de largo, van directamente a la zona donde tiran las sobras de comida del restaurante para atiborrarse.

Macaco en su puesto de observación, listo para robar comida en cualquier descuido

Varanos a la hora de comer


Seguirá: The beach

sábado, 22 de septiembre de 2018

Últimos coletazos en Camboya


Un poco antes de lo esperado me llega el tiempo de empezar a pensar en mi próximo destino. Todo se ha acelerado un poco, un poco sin querer y otro poco queriendo y ya tengo la cabeza más palla que pacá.

Me quedan algunas cosas pendientes que hacer aquí y aprovecho para volver a sitios que me gustaron mucho, como Kratie, con su majestuoso Mekong (4880 km, el 8 más largo del mundo) que en esta época del año, cuando arrastra todo el agua que llueve desde China, pasando por Myanmar, Laos, Tailandia y Laos, llega a Camboya, donde alcanza en algunos lugares hasta 17 km de ancho, para luego irse a Vietnam a desaguar al mar.

Eso lleva que todas las tierras alrededor se inundan y los ganaderos tienen que ir a buscar pasto verde a zonas altas. Luego cruzan con el ferry en su moto, cargados hasta arriba de la cantidad diaria que necesitan y a mí se me parecen a hombres hierba



En el largo viaje en coche hasta allí, me dio tiempo a pensar cuantas veces me he ido de un sitio, alegrándome de irme, y luego echándolo a faltar. A pesar del miedo que le tengo a los motoristas locos de este país, quizás los encuentre a faltar cuando me vaya.


Por el camino, y a pesar de ir en 4x4 nos quedamos embarrancados y nos tuvieron que sacar. Por suerte no estaba lloviendo y pudimos llegar hasta las fincas que íbamos a visitar




Llegamos hasta la frontera con Vietnam, donde la gente está dejada de la mano del Mekong. Fuimos a ver plantaciones de cassava (yuca) que estaban bastante mal porque nadie les dice cómo hacer, ni nadie les provee de material sano y cuando lo plantan, ya nace enfermo (virus del mosaico de la yuca – CMV). A la siguiente semana asistí a un taller de 3 días en un hotel de lujo en Camboya donde, científicos de 4 países sudasiáticos discutieron lo que los agricultores deben hacer, sin que muchos de los asistentes no tengan ni idea ni les preocupe lo más mínimo lo que realmente pasa en el campo. Así que por esta parte sí que es que no me arrepiento de irme, aunque tampoco sé si donde voy va a ser mejor



 
Tormenta sobre el Mekong llegando a Kratie


Prochaine destination: ……

domingo, 2 de septiembre de 2018

Montando




 En mis viajes he viajado en todo tipo de medios, desde en bicicleta, moto, coche, bus, bote, barco, tren, avioneta y aviones de larga distancia. Nada que todo el mundo no conozca. Pero algunas veces, aunque haya sido para distancias muy cortas, he utilizado algunos medios algo más estrambóticos.



Subirse a uno de estos enormes animales impresiona. Te sientes totalmente a su merced y sólo te toca esperar que no haga ninguna animalada. En Laos hay varios sitios donde los elefantes, que antes trabajaban en los bosques sacando troncos de árboles, ahora llevan a turistas a dar paseos y a bañarse en los ríos, permitiendo así que sobrevivan todavía algunos centenares de estos animales en un país como Laos, donde hubo más de un millón.


En Battambang (Camboya) utilizaban un tren de bambú para sacar la cosecha de arroz de una zona que siempre estaba anegada. Como sólo hay una vía, cuando dos vagonetas se encontraban de frente, la que tenía menos peso tenía que ser desmontada para que pasara la otra y luego, una vez de nuevo sobre los raíles, podía continuar el viaje. Este trayecto lastimosamente ya no existe ya que ahora pasa un tren de verdad por esta vía y los trenecitos de bambú se han pasado a otra vía más moderna para que los turistas puedan seguirlo disfrutando, aunque ya no es tan original como el anterior recorrido.



Con mi amiga Joan me fui un fin de semana al Lake Sebú, en la época que trabajé en Mindanao, Filipinas. Nunca me había tirado en una tirolina y por suerte, como me cogían de la mano, no pasé casi nada de miedo.


Hace anos, por los 80’s, fui con mi amigo Winnie a Olmedo, en Ecuador, donde como era época de lluvias la única manera de desplazarse era a pie o en mula. El primer día que monté me dijeron que vigilara de no caerme, porque la mula se podría asustar y entonces patearme. Desde ese momento me agarré a la mula como una garrapata y conseguí no caerme.


En la isla de Cebú, en Filipinas, de pronto aparecieron un grupo de tiburones ballena en un sitio que no era turístico. Alguien del grupo de filipinos/extranjeros con el que yo salía se enteró y ahí nos fuimos. Cuando uno de esos colosos pasó a mi lado, no pude resistir la tentación, me subí a su lomo y me dejé llevar un rato. Esta vez no sentí nada de miedo.



sábado, 18 de agosto de 2018

Piratas

Llegando a Valle Gran Rey desde Vallehermoso

Y vuelvo al pasado. En 1981 me fui con mi amigo Manolo de Salamanca y con su novia Concha a Canarias. Íbamos en su furgoneta y en el barco desde Cádiz a Tenerife, Concha y yo fuimos de polizontes. Vamos con destino a La Gomera, a Vallehermoso, a vivir a una casa en la no se paga alquiler. Ahora me parece una tontería, pero en aquel momento aquello era pura aventura.

Después de un par de meses de no hacer nada, de recorrer la isla en vespa y de comer mucho arroz con leche fermentada y latas caducadas, regresamos a Tenerife. Yo me embarqué en un pesquero para ganar algo de dinero, ya que no tenía absolutamente nada. Los primeros días duermo en la playa y me levanto por la mañana con los oídos llenos de arena. Allí me hago amigo de Djarra, un senegalés que trabaja en otro barco de pesca. 
Por las noches salgo a pescar en el Lajares, un barco de una familia del pueblo de Los Abrigitos, adonde me voy a vivir con ellos cuando ya me conocen un poco más y ven que soy buena gente. Durante el día duermo y paseo por el puerto, mientras por la noche, la vida de pescador es muy dura y no tiene nada de romántico.
Con Djarra en el puerto de Los Crisitianos
Al cabo de dos meses decido volver a la península y lo hago en un velero, de sólo 8 metros de eslora, de nombre “écume de mer” en el que su dueño, un francés, y yo, tardamos un mes en llegar a Alicante, donde me bajo, con ganas de volver a tierra firme.
Cuando me subí por primera vez a aquel pequeño velero, no me imaginaba que me las tendría que ver con piratas, como en esos libros que había devorado de pequeño. Salimos del puerto de Los Cristianos, donde no se movía ni un soplo de aire, los barcos estaban quietos y ni se oía el golpear de los cables de acero contra el palo mayor. El “écume de mer” llevaba un par de días amarrado al muelle pero no me había fijado en el letrero que decía que buscaba un “equipier” para ir a Francia.

El viaje fue una mezcla de pasar miedo cuando tuvimos tormentas en alta mar, de aventura y de vivir momentos increíbles como un día sin viento con los delfines jugando con el barco. Pesqué mi primer bonito después de días de estar probando con un hilo a remolque durante días y pasé duras guardias de 3 horas por la noche, mientras el piloto automático nos llevaba al rumbo establecido.
Mi bonito, pescado frente a las costas de Madeira
Como el tiempo y el viento estaba en nuestra contra, recalamos en Madeira, donde pasamos un par de días, para luego irnos hacia Marruecos y recorrer su costa en paralelo. En ese navegar, mientras yo estaba de guardia con un frio tremendo ya que era febrero, intercambiaba ratos estando en el camarote con ratos fuera, por si había algún barco cerca. Cada 15 minutos salía a echar un vistazo y dentro me ponía a escribir. De pronto sentí algo en el estómago y como me sentía nervioso, salí antes de los 15 minutos y allí estaba, un barco pesquero unas diez veces más grande que el nuestro, con la proa de acero y viniendo a toda máquina hacia nosotros. Sólo me dio tiempo a ponerme a gritarle al francés y a coger el timón para maniobrarlo a mano. Por suerte el francés era rápido de reflejos y salió disparado del camarote y supo encarar nuestro pequeño velero al pesquero, para en el último momento, dado nuestra mayor maniobrabilidad, esquivarlo. A bordo del pesquero, a pesar de lo cerca que pasaba de nosotros no veíamos a nadie, como si fuera un barco fantasma. Pero sus luces estaban encendidas y al poco volvió a girar para dirigirse a toda máquina hacia nosotros. Repetimos la maniobra varias veces, siempre esquivándolo a él y otros dos barcos que vinieron después, cuando el ya abandonó, los que repitieron el mismo juego con nosotros. Al fin, entre nuestra vela desplegada al máximo y el motor en marcha conseguimos, yéndonos mar afuera, alejarnos poco a poco y acabar con esa pesadilla. En esas horas pensé que íbamos a morir y que no teníamos ni como defendernos. Cuando paramos en Casablanca a los dos días, comentando con gente de otros barcos, nos dijeron que esto solía ser habitual en la zona, y que, si veían que el velero no disponía de radio, como era nuestro caso, intentaban abrirte una vía de agua, lo que les daba tiempo a robarte todo lo que podían encontrar, y luego te dejaban a la deriva.