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lunes, 24 de abril de 2023

Côte d’Ivoire

 

Mural artístico en Plateau

Il n’y a pas de monnaie (ilneyá pademoné)

Ya escribí sobre esto hace algún tiempo, pero no me puedo resistir a volver a hacerlo, sobre todo porque va formar parte de la cantinela de cada día. El chico que atiende en el hotel donde me alojo me decía que la falta de moneda es la verdadera plaga de su país por todo el problema que crea estar todo el rato buscando cambio. Pero luego me seguía contando que Orange, la compañía que lidera la telefonía móvil en el país, ha endurecido las condiciones de sus tarifas y ha bajado la calidad de los mismos. Pues ya tenemos dos plagas.

Nada más empezar el día ya me veo confrontado con la falta de moné, o sea de moneda fraccionaria para dar cambio. Les quiero proponer que hagan como antiguamente en América y que utilicen las habas de cacao como moneda de cambio, pero lo dejo estar. Para entendernos, moneda aquí se considera cualquier billete o moneda que sea menor a 10000 FCFA (15 euros) que es el billete de mayor denominación. Luego los hay de 5 mil, 2 y 1 mil y de quinientos. A partir de ahí vienen las monedas de 500, 200, 100, 50, 25 y 10. Pues todo eso es moné.

Un ejemplo lo tuve cuando fui a una tienda de chocolates que vi de casualidad y entré a ver el surtido que tenían. Cuando por fin me decidí a comprar una tableta, que valía 2500 FCFA (4 €) le dí un billete de 10 mil alegrándome prematuramente del cambio que me iba dar. La dependienta me dijo que no tenía cambio y no hubo manera, me tuve que guardar mi billete y ella se quedó con su chocolate.

El cacao se va de Costa de Marfil para volver en forma de chocolate dejando la ganancia en Europa 

Viaje

Preparar un viaje a países no habituales conlleva varios pasos como comprar el billete (en algunos casos imprescindible para poder pedir el visado) con suficiente antelación para que no salga demasiado caro, por lo tanto decidir cuanto tiempo se va a estar, lo que es difícil de calcular a priori (que voy a hacer, adonde voy a ir, añado o quito días) reservar un hotel al menos para las primeras noches (también necesario para el visado), pedir el visado, estudiarse la guía de viajes del país, contratar un seguro que cubra cualquier contingencia, poner al día la cartilla de vacunas, preparar todos los documentos que te van a pedir a la llegada y esperar que todo salga bien y no te pierdan la maleta en el vuelo. En el mes que estuve preparando el viaje tiré de los contactos que he ido haciendo a lo largo de mi vida y que están dispersos por varios lugares del mundo, por lo que conseguí algunas citas con organizaciones de cooperación. Aquí no cuento con infraestructura, básicamente un vehículo que es el bien más preciado. Pero todo y así no me quejo de los contactos que he conseguido a través de diversas fuentes, especialmente de los que me dieron en Casa de África, en Las Palmas de Gran Canaria, y que me dieron el empujón definitivo para montar un programa de visitas en serio.

Esta es mi tercer viaje a Costa de Marfil, adonde vine en 1996, y donde tuve la ocasión de recorrer buena parte del país buscando productos ecológicos en una consultoría que hice para la cooperación alemana. Hace 4 años también estuve, pero sólo unos pocos días en una conferencia de países africanos sobre el cacao. 

Así que es como si viniera por primera vez ya que del primer viaje hasta ahora ha pasado el suficiente tiempo para que mucho haya cambiado, aunque posiblemente en las zonas rurales no sea así. Esa primera vez también vine por París, igual que ahora, así que en esto sigue igual. En el vuelo, cuando ya llevaba 10 horas de viaje, se veía en el monitor del avión que pasábamos a la altura de las islas Canarias. Me descojono yo de la famosa tricontinentalidad de Canarias. Salí a las 6 de la mañana de mi casa y a las 10 de la noche me caía frito en la cama del hotel en un viaje que si hubiera vuelo desde Tenerife apenas llevaría unas 3 horas para recorrer los 3000 km que los separan. Así que, aunque me guste viajar, reconozco que además de cansado a veces es agotador.

Después de horas de viaje volvía casi al punto de salida

Abidjan

La capital económica del país, Abidjan, me pareció muy moderna en 1996. Ahora lo sigue siendo, aunque la crisis del cacao en los años 90 y la guerra interna en 2010 se hace notar. Es una ciudad ingrata, donde sin coche no eres nadie. Todo está lejos y no hay ningún centro donde pasear y poder mirar escaparates. Ir a pie a largas distancias al mediodía, a los 35 grados con los que el país me recibió es para pensárselo. Me gusta el calor, pero tampoco hay que abusar.

En el hotel, después de cambiar dinero, comprarme una tarjeta de teléfono y subirme la aplicación Yango, para pedir un taxi, tipo Uber, hice mi primer viaje con esta aplicación a la embajada donde me encontré con la secretaria del embajador, que es una mujerona más alta que yo, muy amable y que me ha echado una mano con contactos en el país. Como allí también está el responsable del instituto Cervantes, les regalé dos de mis libros de Agroecología que traje para eso. Después me dediqué a concertar y confirmar varias citas para la siguiente semana, con el inconveniente que dos días de la semana son fiesta por el Ramadán, por lo que algunas citas quedan en veremos.

Muchos negocios y edificios que a raíz de la guerra fueron abandonados, se están restaurando. Edificio La Pirámide en Plateua 

En el primer fin de semana hice una excursión guiada por el Plateau con una mujer local recomendada en la guía francesa Petit Futé. Aunque el precio acordado era casi el triple del que pone en la guía, acepté pensando que valdría la pena. Después de 1 hora y media de decir cosas obvias, le pagué y me fui pensando que había tirado el dinero. Menos mal que un poco más tarde había quedado con Michelle, una profesora de español, pero que ahora ejerce de sicóloga, que ha escrito varios libros infantiles, entre ellos dos sobre el cacao que me regaló. Además me proporciona el contacto de una amiga suya que trabaja para una gran compañía cacaotera y dice que me mandará más contactos. Y además hablando en español. Así da gusto.

En los primeros días, como es fin de semana y ya no tengo nada que hacer, practico mi deporte favorito que es ir andando a todos los sitios, lo cual aquí no es fácil ya que la ciudad se ha hecho para los coches y los blancos no caminan. Además, llegar con la camisa completamente sudada a cualquier lugar no está nada bien visto. La población local lo tiene muy claro; si eres pobre, caminas. Eso hace que incluso para hacer trayectos cortos de 200 m cojan un coche, así sea un taxi, con el que se puede perder más tiempo negociando el precio que lo que se tardaría en caminar, pero es una cuestión de prestigio. Ya lo he visto en países centroamericanos como Nicaragua, donde no importa el poco dinero que se tenga, pero si hay para un taxi, se coge.

Abidjan además es una ciudad enorme, también en contrastes. Al lado de apartamentos de lujo puede haber chabolas, en un mundo donde convive lo tradicional con lo ultramoderno, de gente vestida con ropa colorida africana a otros con trajes de Armani, aunque éstos difíciles de ver en sus coches SUV, mientras los wôrô-wôrô (pequeños taxis destartalados con hasta 6 pasajeros) y los Gbaka (minibús de transporte colectivo) que circulan atestados saltándose todas las normas de circulación.  Las calles son anchas, bastante, pero no hay aceras. Si las hay, entonces están copadas por los grandes cochazos lo que te obliga a caminar por la calle, por un ladito, compartiendo con alguna bicicleta, con motos o con alguien tirando de un carrito. Para desplazarte tienes que contar con los atascos que pueden convertir una ruta de 5 minutos en 1 hora de coche, lo que ellos llaman un bouchon, un tapón, que se produce en varios puntos clave, acentuado porque en algunas partes, los coches con prisa se pasan al carril contrario y se forman unos líos tremendos.

Vista desde el avión de Plateau y los puentes que la unen a Treichville y Marcory

Ir en pantalón corto tampoco está bien visto ya que ni las clases pobres lo llevan. En cambio, si puedes ver a tipos trajeados, con corbata, camisa blanca y zapatos de vestir, pero sin calcetines. El mundo al revés. Los hombres sobre todo han adoptado el vestir occidental, a pesar del calor y lo incómodo, camisa blanca, corbata y americana. Las mujeres suelen ir más a la africana. En el weekend, viernes, se permite una ropa más casual. También me comentan que Abidjan se está convirtiendo en una de las ciudades más caras y exclusivas de la costa oeste de África, con locales y edificios destinados a las elites.

Parc du Banco, cercano a Abidjan y el pulmón y reserva de agua de la ciudad. Visitable a pie

Yo de momento voy haciendo según vea, camino cuando es cerca, lo que para mí pueden ser hasta 3 km, pero debo reconocer que después de unos días en la capital, el tráfico y el calor me han ido ganando y ahora, en distancias de más de 500 m donde haya que caminar por calles sin ni siquiera arcén, pues prefiero llamar un Yango, que funcionan muy bien. Nunca he tenido que esperar más de 5 minutos, los coches suelen estar bien, los conductores también, te cobran lo que marca la aplicación, que es muy barata como por ejemplo ir de Cocody a Plateau que son 15 km, con embotellamientos en varios tramos y que nos tomó 45 minutos, por 2700 FCA (4 euros). Lo único es que como no tienen cambio, les acabas redondeando el precio en este caso a 3000 FCFA.

Próximo: A la búsqueda del cacao, en Grand Bassam y Man, dos extremos del país.

 

 
Experiencias exitosas de chocolate producido en el país




 

miércoles, 29 de marzo de 2023

Breve historia del cacao y su relación con las Islas Canarias

 

Los árboles en el invernadero del El Hierro

Las primeras referencias escritas del cacao están ligadas al descubrimiento de América, concretamente en México, desde donde los españoles, viendo las propiedades que le atribuían los aztecas como un alimento energético, lo trajeron a España, y de ahí más tarde se fue extendiendo por todo el continente. En un primer momento fue un manjar exclusivo de los reyes y de la nobleza europea, aunque se fue popularizando, sobre todo a raíz de la revolución industrial en el siglo XIX, lo que permitió su producción en mayor cantidad y a precios asequibles para las clases populares.

Cuando los países latinoamericanos, los únicos que producían cacao, consiguieron la independencia del imperio español, dejó de ser un producto de fácil adquisición, lo que llevó al rey Fernando VII a dictar una real orden en que pedía que se desarrollara su cultivo en la provincia de Málaga, haciendo gala del desconocimiento sobre las zonas idóneas en que se dan de los productos tropicales.

En los fondos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife (RSEAPT) se encuentra una copia de la carta en la que por deseo del rey (Fernando VII) se pedía establecer estos cultivos en la Península, para evitar el gasto de traerlos de ultramar. Se realizaron plantaciones experimentales con cacao y canela en la Hoya de Málaga, donde, según las personas encargadas, don Claudio Boutelou, profesor de agricultura y botánica en Sevilla, y don Manuel Agustín Heredia, del comercio de Málaga, el clima de diciembre a enero es de 14 ºC, por lo que los resultados no se correspondieron con lo esperado. A raíz de este fracaso se propuso que se hicieran ensayos en las Islas Canarias, para lo que se emitió en Madrid el 28 de junio de 1831 una real orden, que incluía además los productos pimienta, clavo, nuez moscada y añil. En la carta de respuesta de Amigos del País de Tenerife se recomiendan las localidades de Güímar, Los Realejos, Telde y Gáldar por ser de clima más benigno que el de La Laguna. No sabemos si se realizaron estas pruebas ni los resultados del experimento, pero suponemos que fracasó, ya que no se ha encontrado ninguna otra referencia al respecto ni conocemos de árboles de cacao que hayan prosperado en los lugares señalados.

No es hasta hace unos años, en 2005, cuando un herreño, don Juan Rodríguez Casañas, que en la actualidad tiene 89 años y que había residido en Venezuela, pidió a una sobrina que en un viaje de Venezuela a El Hierro le trajera semillas de unos árboles de cacao que él pensaba que podrían adaptarse a las condiciones de la isla de El Hierro, por ser el clima similar y cuya variedad allá se conocía como «colombiano». El lugar donde él había vivido y de donde proceden las semillas se llama Sara Linda, en la zona de Trujillo, cercana al lago Maracaibo. Así fue como en ese año plantó algunas semillas en Frontera y repartió otras, de las que actualmente solo sobreviven dos árboles que se encuentran en una finca del Cabildo.

Frutos desarrollados

Hasta hace poco no se les había hecho mucho caso a estos dos ejemplares, que se encuentran en unos invernaderos de malla de agricultura ecológica, en Frontera, asociados al cultivo de piña tropical. En los últimos dos años, se les ha dispensado algo más de cuidados, sobre todo realizando la poda de forma adecuada. Al momento de escribir este artículo (marzo de 2023) cada árbol tiene más de cincuenta frutos desarrollados (mazorcas), lo que extrapolado a una hectárea representa una producción que triplica el promedio que se obtiene a nivel mundial y se equipara con las mayores producciones de países como Perú. Según Manuel Macías, agrónomo experto en cacao de la Fundación Maquita de Ecuador, estos árboles podrían ser considerados con el término que se conoce como «superárbol» por la abundante fructificación que presentan.

Los árboles de cacao encuentran su mejor hábitat entre los 10º de latitud norte y 10º de latitud sur, aunque en la bibliografía se refiere que se pueden encontrar ejemplares hasta los 20º de latitud. El Hierro se encuentra a la latitud 27º norte, pero su clima benigno en la zona de Frontera y la protección de los vientos que les ofrece el invernadero de malla es lo que probablemente ha hecho que se hayan desarrollado de forma satisfactoria en estos años.

Flores y frutos en diferentes grados de desarrollo

Aunque el cultivo de cacao en las Islas Canarias no deja de ser por el momento una excentricidad, sí puede contribuir a aportar un elemento más a la biodiversidad de las islas, además de ser un cultivo que tradicionalmente está asociado al del plátano en los países productores.

En la isla de Tenerife el Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA) cuenta con unos pocos ejemplares al aire libre en diferentes instalaciones (Pajalillos, Cueva del Polvo), aunque estos no presentan un buen desarrollo al estar plantados en zonas marginales. También hay al menos un vivero en la isla que vende plantas de cacao, aunque se desconoce la procedencia de las semillas.

La historia de Canarias aparece ligada al cacao que se traía de las Indias desde los puertos de Caracas, La Habana, Campeche y Trinidad de Cuba, aunque también llegaba del puerto de Guayaquil, junto con otros productos como el índigo y el tabaco. En la bibliografía se encuentran referencias como la del navío El Brillante, que llegó de La Habana en octubre de 1784 y traía una carga de cinco mil fanegas de cacao y noventa quintales de índigo.


Frutos cosechados recientemente, que parecen ser de variedades diferentes

Desde hace un par de años se están haciendo pruebas con el cultivo del cacao en Málaga (que se encuentra a 36º de latitud norte) por parte de investigadores del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), quienes aseguran que hace años tampoco se creía que el cultivo del mango fuera posible en Málaga y que ahora se encuentran ante la misma situación con el cacao. Creen que el cambio climático y las investigaciones con clones adaptados de esta planta lo puedan hacer viable en un futuro próximo.

Una vez más las Islas Canarias podrían ser un buen banco de pruebas para la adaptación de nuevas especies si los distintos centros de investigación se decidieran a colaborar con un objetivo común.


El fruto de la izquierda de la foto anterior parece ser var. Criollo y los otros dos Forastero


Las mazorcas anteriores de izquierda a derecha con 36 semillas; 40 semillas y 52 semillas
                    Más de 50 semillas se considera un muy buen rendimiento


 Próximamente: Viaje a Côte d’Ivoire





jueves, 9 de marzo de 2023

AMAZONAS

 

Fueron tantas las cosas que ví en los días que estuve en el Amazonas, que resultaba difícil plasmarlas en una sola entrada del blog. Por eso aquí va una última tanda de las fotos con un breve texto para cada una.

Muchas casas estaban pintadas con alegres colores y motivos que te permiten imaginar cómo debía ser esto antes de que el ser humano empezara a arrasar con todo.

Otra casa estaba pintada recordando la vida del manatí, un animal en peligro de extinción, los que han sido cazados tradicionalmente por su grasa y su carne, aunque hace años que la especie está protegida, por lo que la pérdida de hábitat es ahora mismo su principal amenaza.

La alcaldía de Puerto Nariño, otro edificio de madera y pintado en colores alegres

Algunas de las casas de los habitantes de esta zona suelen ser construcciones sencillas, en madera, sobre pilares para evitar la humedad del suelo, con una sala donde poder dormir y cerrar por la noche y un porche abierto, para que circule el aire y se seque la ropa, siempre húmeda. No debe faltar la antena para ver la televisión.

Cuando el agua está en reposo y te mueves sin motor, se reflejan las plantas en el agua creando un espejo que multiplica la sensación de estar en un entorno mágico. Al fondo se puede ver la cabaña flotante que sirve de control a la zona indígena del lago Tarapoto.

Una cabaña gestionada por la comunidad Tikuna en el lago Tarapoto, donde si vuelvo me gustaría quedarme para sentirme envuelto de selva. Si a alguien le interesa ir, tengo el contacto.


Todas las mañanas se improvisaba un pequeño mercado en Puerto Nariño donde se vendían las pocas frutas cosechadas, algún pescado e incluso madera para el fuego. Me decían que los vendedores suelen venir de Perú, de la ribera que está enfrente, ya que allí se practica más la agricultura que a este lado del río. Lo que más me llamó la atención fue el tamaño de la piña, que seguro es una antigua variedad selvática.


Dentro del bosque se encuentran algunos árboles de cacao, de gran altura, sembrados quien sabe cuando y que la gente casi no comercializa, más bien lo recogen cuando está maduro y chupan sus granos absorbiendo el mucílago dulzón.

En este lugar todo es grande, aunque también hay animales pequeños, en realidad hay de todo, pero en su arte, los hacen grandes para que se vean bien

Esta rana verde y amarilla es al parecer una variedad venenosa que no es fácil de observar. Abner, mi guía, me contaba que hay gente que pasa varios días en la selva intentando verla y no lo consigue y yo caso la piso ¡!
Después de despertarla en su agujero con un palito, esta tarántula salió a ver que pasaba. Hecha la foto la dejamos en paz.

Esta rana adulta minúscula yo nunca la hubiera visto. Por suerte iba con Abner.

Los atardeceres podían tener varias coloraciones. Las nubes y el calor del día te daban indicaciones de si la lluvia estaba más o menos cerca. De lo que no había duda es de que habría lluvia.

Para que no quede ninguna duda y como denuncia del daño que se sigue haciendo a los pocos lugares que deberían mantenerse vírgenes, aquí se ven las cajas de Gramoxone (Paraquat) que iban de Colombia a Perú. Este producto es fabricado por Syngenta Group, una empresa multinacional suiza de biotecnología fabricante de productos químicos para la agricultura, y actualmente el grupo empresarial de agroquímica más grande del mundo. Una parte de este producto acabará en el río y seguirá contaminando toda la cadena trófica mientras las autoridades miran hacia otro lado. Este producto está prohibido en Europa desde 2007 pero al parecer se sigue comercializando en países donde la vida de las personas importa menos.

Desde el balcón del hotelito donde me quedaba, mientras la ropa intentaba secarse a pesar de la alta humedad, yo practicaba mi deporte favorito, mecerme en la hamaca, pensando, leyendo y mirando fluir el Amazonas, majestuoso e imparable.

Y si desde el suelo es imponente, ver desde el aire esta masa vegetal surcada por ríos caudalosos te deja sólo intuir una parte de esta inmensidad, cuya protección y conservación debería convertirse en objetivo de toda la humanidad para que pueda seguir funcionando como uno de los pulmones que nuestra tierra tanto necesita.













sábado, 25 de febrero de 2023

De Ecuador a la Amazonía colombiana

 


En mi periplo por Ecuador me tocó irme a Los Ríos, para participar en unos talleres con la Fundación que me había apoyado hasta ahora, además de visitar a varios productores, algunas fincas Faro y participar en una charla en un centro de investigación agrario. Yo quería ir por una ruta nueva, pasando por Puyo y Los Baños, que no conozco, pero por problemas de logística y de seguridad me tocó volver a Quito (empieza a hartarme esta ciudad) y al día siguiente en taxi hasta Buena Fe, a las instalaciones de la Fundación. En esta zona donde trabajan los técnicos hay lugares donde no pueden ir por el nivel de delincuencia que hay. Sigo preguntándome cómo se puede trabajar en estas condiciones. Con los técnicos visitamos varias fincas y un humedal, que está sobreexplotado y donde el cultivo intensivo de maíz con alta aplicación de insumos químicos y con terrenos de altas pendientes ya deja notar el bajón en rendimientos y se ve la erosión, dado que al finalizar el cultivo lo queman todo para evitar cualquier tipo de enfermedad o plaga en los residuos.

Maíz sembrado a favor de la pendiente y uno de los técnicos de Maquita en una de las cárcavas para ver su altura

Después de unos días intensos, en que tanto me tocó hablar de cacao, de humedales, como de turismo y corredores biológicos, finalmente llegó el momento de irme a Colombia, como no, pasando primero por Quito, donde duermo otra vez mal. Al día siguiente tomo un bus hacia Pasto, que tarda unas 6 horas y que me deja cerca de la frontera. Con un taxi hago los 4 kilómetros que me faltan y después de sellar el pasaporte, cruzo a pie el puente que separa ambos países, lo que me trae recuerdos de otros viajes. Al otro lado, sello la entrada a Colombia y tomo otro taxi hasta la estación de buses de Ipiales, donde enseguida me pesca el conductor de un microbús y en pocos minutos seguimos ruta para llegar al cabo de 2 horas a Pasto. Ha sido una paliza de viaje, pero ya estoy en Colombia. Me quedo el domingo en esta ciudad ya que tengo un par de contactos. Uno es de Ayuda en Acción, a quienes contacté hace meses y que al final no me pararán bola y me tendrán todo el tempo en ascuas, todo siempre de forma muy educada, a la colombiana. Otro cantar fue con PDT, una organización a la que contacté por medio de Begoña, una amiga que ha trabajado en este país durante años y que yo conozco desde Nicaragua. Gloria, la responsable de PDT me trató como a un amigo, y me facilitó contactos, logística y el apoyo de la oficina en Tumaco que era mi destino final. Para no perder la costumbre, me toca levantarme a las 4 de la mañana para tomar un taxi compartido que me dejará al cabo de 5 horas en Tumaco. Por cierto, esta ciudad son 3 islas unidas por puentes. Yo me quedo en la primera y, por lo tanto, ya cuenta como una isla más en mi lista, la número 121.

En moto por Tumaco, con una de las técnicas de cacao

La visita fue corta, de sólo dos días, pero gracias al personal de PDT fue intensa, hablando con diversos actores de la cadena del cacao e incluso tuve un rato para ir a conocer sus playas, que por algo esta ciudad es conocida como la perla del Pacífico. De esta zona me llevo la frase que me dijo un líder de la comunidad afro: hay que humanizar el sector del cacao.

No tenía tiempo para más ya que al día siguiente, otra vez temprano, salía mi avión hacia Bogotá. Allí había conseguido contactar con mi amigo Ricardo, con quien trabajé en mi época de consultor en Colombia hace ya veinte años. Habíamos perdido el contacto por haber cambiado de correo electrónico, pero finalmente, a través de las redes sociales pude localizarlo. Yo le había perdido completamente la pista y ahora me enteraba que durante algo más de dos años fue viceministro de Agricultura, tras varios años desempeñándose en diversos cargos del sector agrario y siempre defendiendo la producción orgánica. La alegría de reencontrarnos fue mutua, y no solamente me quedé en su casa en Bogotá, sino que además me consiguió entrevistas con las personas más relevantes del mundo de cacao colombiano. Rematamos nuestro encuentro en la última tarde con una borrachera de partidas de ajedrez, nuestra afición compartida, en la que quedamos 4 ½ a 4 ½, lo que nos obliga a volvernos a ver (hemos quedado para noviembre) y seguir dándole a las piezas. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero esta fue estupenda, quizás porque no era la segunda parte de nada.

Cata de chocolates que Ricardo facilitó en la tienda y chocolatería Legado - Cacao Experience de Carlos Enrique Torres

Amazonía colombiana

En todos mis viajes a Colombia siempre me quedé con las ganas de volar a Leticia y ahora llegó el momento. La ciudad me recibió con un calor bochornoso, mi cuerpo con gripe y el hotel que había escogido, que a pesar del nombre de ecológico no me gustó demasiado. A lo hecho, pecho. Los dos días que había reservado para la ciudad se me iban a hacer largos, pero aproveché para conocer la parte limítrofe de Brasil, la ciudad de Tabatinga, que tampoco me pareció demasiado especial.

Aunque también se puede pasar a Perú en barca por 1 euro, no me apetece y no lo hago. Me llama la atención la cantidad de perros en la calle. Ninguno tiene collar, pero la mayoría parece tener dueño. Compro el pasaje del bote público a Puerto Nariño para el día siguiente, lo que es un decir, porque me apuntan en una libreta y no me dan recibo y me dicen que media hora antes de salir me llamarán por mi nombre. Aunque desconfío todo pasará tal como me han dicho. Este pueblo está a 70 km río arriba y se tarda casi 3 horas, con varias paradas para recoger y dejar gente. En Puerto Nariño me llama la atención sus calles tan limpias y ordenadas en comparación con Leticia. Aquí están además todos los hermanos y primos de los perros de Leticia. Está prohibida la circulación de coches y motos por lo que en el pueblo sólo se oye el ruido de las cigarras, de los pájaros y de los motores de las barcas al surcar el río. Me dicen que aquí también se roban parte del dinero de infraestructuras, pero por lo menos hacen las calles, en cambio en Leticia, dicen que se lo roban todo y por eso las calles están patas arriba.

Puerto Nariño, donde confluye el río Loretoyacu con el Amazonas

A través del hotel me consiguen un guía de la etnia Tikuna, Abner Ramos, quien me acompañará en lancha al lago Tarapoto, una visita obligada. Sabe bastantes cosas de la naturaleza, que me explica con mucha paciencia, y al final me hace hacer el payaso pescando una piraña, que luego volvemos a soltar. Por el río, además de delfines rosados y grises vemos una gran cantidad de diferentes águilas y otros pajarracos.

Al mediodía, ya de regreso, con un calor de infarto, señal de que va a llover, me voy a caminar por un sendero que transcurre paralelo al río Amazonas y que tiene un sinfín de cuestas y bajadas y me maravillo de la selva que está a pie de camino. Los moscos y los mosquitos casi no me molestan y no estoy usando el repelente. Me da rabia cargar con cosas que no uso. En cambio, el paraguas, que he estado llevando todo este tiempo en mi maleta sí que me ha servido aquí. Y es que en esta zona llueve unos 3300 mm al año, o sea unos 10 litros al día. Eso significa que, si un día no llueve, al siguiente te van a caer al menos 20 litros. La lluvia se anuncia cuando después de hacer un calor tremendo, las nubes se van formando producto de la evaporación, empieza una ligera brisa y a continuación se viene un montón de agua. Es el ciclo del agua que aquí se refleja en su máxima expresión. Y me gusta mucho el dicho que me dijeron hace tiempo en otra parte de Colombia y que también sirve aquí, de que – si no llueve, es que está a punto de llover –. Hablando de llover, después que la lluvia cae, a veces por una hora, a veces por doce, los niños salen a jugar y se revuelcan en los enormes charcos como si tal cosa. Que envidia ¡


Y saco cuentas, una cosa que me encanta, de que, si hubiera tirado algo que flotara al río Napo cuando estuve allá en Ecuador, calculando una velocidad del agua de unos 4 km/hora, posiblemente en estos días la hubiera visto pasar por aquí.

Por la mañana temprano llegan los vendedores del Perú a vender sus mercancías. Al parecer practican más la agricultura que acá y traen productos que difícilmente se dan aquí como los ajos. Pero tengo que decir que en el puerto de Leticia ví como embarcaban, yo creo que de contrabando, 13 cajas de Gramoxone (herbicida con constatados efectos en la salud humana) de 12 litros cada una, que iban para Caballococha, ya en la parte peruana. En mi búsqueda por internet he encontrado que los productos con base a Paraquat, como este, están prohibidos en la Unión Europea desde 2007 y en Colombia y Perú desde 2020 y 2021. La pegatina de fabricación pone fabricado en Colombia en noviembre de 2022. Esto es lo que hay.

En Puerto Nariño, para ajustarme a mi presupuesto, me cambio del hotel donde estoy, con fama de ser el mejor del lugar, por otro que está sólo a unos pocos metros, donde tengo una enorme terraza de madera en la que escribo esto y en la que comparto algo de fruta con los pájaros y monitos que de vez en cuando, cada vez más atrevidos, vienen a comer.


El monito, cuya cola es más larga que su cuerpo, se asusta cada vez que le doy al Enter y se esconde detrás de la columna de madera, sacando de vez en cuando la cabeza para ver si puede volver.

Durante el día prefiero caminar por la calle, sentarme en un banco, ponerme a escribir en mi cuaderno, dar pequeños paseos por el bosque (pequeños por miedo a perderme, que me oriento muy mal) y no estar desesperado por hacer todos los mil y un posibles tours. Estoy al final del viaje y lo noto.

Una ceiba, que según la tradición oral de los tikuna, tiene 400 años

Aunque me parece algo caro, ya le he cogido cariño a Abner con quien me voy temprano, a las 7, para entrar en un bosque secundario, donde según me cuenta, mostrándome un árbol de caucho, era donde los españoles explotaron y maltrataron a sus antepasados obligándoles a recoger el caucho para ellos. Hay un buen libro de Vargas Llosas sobre esta parte de nuestra triste historia como colonizadores.

El día ha amanecido lluvioso y vamos preparados con chubasqueros y botas de agua. Aquí las botas de agua hacen falta hasta para ir al baño. Hay árboles de todo tipo y me va enseñando para lo que sirve cada uno, y son tantos que lo olvido casi inmediatamente. Me enseña una rana verde rayada y luego una marrón minúscula. Con un palito hurga en un agujero del que sale una tarántula hecha una fiera. Como el suelo está bastante resbaladizo corta un palo que me sirve de tercera pata. Y es que en el bosque encuentras de todo, como un montón de frutas que me va dando a probar y que no he visto en mi vida. No es extraño que esta gente sea cazadora y recolectora, aquí tienen todo lo necesario para construir sus casas, para alimentarse y tratarse cualquier enfermedad. Pero claro, ahora quieren un teléfono móvil o un motor para la barca y es donde se rompen sus esquemas. Les toca trabajar y cambiar de forma de vida y eso cuesta.

El sendero va pasando por zonas cada vez más oscuras, de selva que nunca ha sido talada, en zona ya de la reserva indígena, Algunos árboles, como el Renaco, extienden tanto sus raíces, las que en parte son superficiales, que sirven de escalones para subir y bajar las continuas pendientes que hay.

Renaco

Abner me sigue contando historias de las tradiciones de la etnia Tikuna, y me enseña la Maloka, un lugar donde se celebra el pase a la adultez de las niñas. A medio camino empieza a llover con fuerza y nos tenemos que poner los capotes, vemos un caimán en un pequeño lago y unos peces enormes. Los monos están escondidos y me tengo que contentar con el que veo todos los días desde mi habitación. También me cuenta como el tapir se convirtió en Manatí y como el delfín rosado, usando otros peces del río para disfrazarse se convierte en un joven apuesto y en los bailes se roba a la muchacha que más le gusta. Y me dijo muy serio – y estas historias son verdad –.

Vemos un termitero y con un palo hurga en el sacando termitas y parte de su construcción y se lo restriega por los brazos, lo que me dice que sirve como repelente para los mosquitos. ¡Impresionante ¡

Abner, dándome una de sus sabias explicaciones y la fruta a probar

En el último día me encuentro con Martha, la responsable de un pequeño proyecto de transformación de cacao en Puerto Nariño. Empezamos hablando de cacao y compartiendo una pizza acabamos pasando una encantadora velada hablando yo de mis viajes pendientes y ella de sus sueños de estudiar un master en España. Todo se andará.

Desde Puerto Nariño me voy a Leticia, a pasar la noche para irme de nuevo a Quito, donde todavía tengo una reunión pendiente en el Ministerio de Agricultura. De ahí me regreso a Tenerife. Es el fin de estos días intensos. En parte tengo ganas de acabar porque viajar es muy cansado, pero el Amazonas te atrapa y me quedo con ganas de volver y quedarme más tiempo. Me han quedado muchas cosas por ver, porque no quería ir corriendo de un lugar a otro. Prefiero a veces sentarme en el muelle y ver a la gente pasar, los botes que van de un lado a otro y sobre todo a los delfines que en esta época tienen crías y que parecen jugar con los turistas que los acechan por un lado mientras ellos salen por el contrario.

Puerto Nariño, Leticia, 26 de febrero de 2023


Anochecer en el Amazonas

viernes, 17 de febrero de 2023

Amazonía

 

Chakra amazónica

Y por fin llega el otro sueño, ir a la Amazonia de Ecuador. Tengo que ir primero a Quito para salir desde allí. Y de nuevo duermo mal, tal como me pasó ya la otra vez, me despierto a cada rato, me da calor, me cuesta respirar y no veo la hora de irme. He contratado un taxi compartido que viene a buscarme puntual a las 12 del mediodía. Al salir del hotel y cruzar dos calles, hay un stop, que aquí se llama Pare, y veo que el taxista sin mirar, cruza la calle. Le da por poquito, pero le da, a un coche por la parte de atrás, lo hace girar y este se empotra contra un pilar que hay en la acera. Detrás venía un bus de los azules asesinos que, si le llegamos a dar, otro gallo nos habría cantado. Después de los correspondientes insultos de la mujer perjudicada, de que venga la policía de tráfico, que llegue el hijo de la señora también enfadado, los curiosos que opinan a diestro y siniestro, finalmente, una hora más tarde, llega otro taxi a reemplazar al dañado. Me despido de Benito, así se llama el taxista con el que no nos ha dado casi tiempo a conocernos. Voy con el nuevo taxi a buscar a otra pasajera y una encomienda antes de iniciar la ruta, cuando de pronto una moto nos intenta adelantar por la derecha. El taxista no se deja y casi chocan. Unos metros más adelante ambos paran y se enzarzan en una discusión que por poco no llega a las manos. Finalmente nos adelantamos unos metros y nos paramos delante de un semáforo en rojo. Cuando todavía no se ha puesto en verde el motorista pasa a toda velocidad y con el pie golpea el retrovisor del lado del conductor y lo tira al suelo. Empiezo a pensar que este no es mi día, pero por suerte y seguramente por todas las vírgenes y niños Jesús que el taxista lleva en el coche, todo irá bien.

El paisaje desde que salimos de Quito es bellísimo y aunque partimos desde 2700 msnm, todavía subimos a algo más de 4000 para luego empezar a descender pasando por unas frondosas gargantas con el río al fondo y los acantilados con enormes y diversos árboles que lo cubren todo. A lo largo de la ruta hay varios letreros indicando que es zona de paso de animales silvestres, así como de osos, pero no vemos ninguno. El conductor dice que si ha visto venados y una vez un oso pasar la carretera. Cruzamos varios ríos y después de innumerables curvas llegamos a Tena, mi destino. Es la puerta del Amazonas, me gustaría ir más adentro, pero me contentaré de momento con esto.

Con una familia cosechando cacao en la chakra

Los primeros días los paso en Tena, desde donde visito las diferentes comunidades donde se produce cacao y en alguna también chocolate. Me acompañan promotoras de la Fundación Maquita que me facilitan el trabajo. Una de las organizaciones que visito, Tsatsayaku, hace un chocolate de bastante calidad y venden productos hechos por diferentes comunidades (www.tsatsayaku.com).


Una de las últimas fincas que visito es la de Agroturismo El Picaflor (que es como se llama aquí al colibrí), en la comunidad de El Capricho (https://www.facebook.com/ramonpucha2021/). Es hasta ahora el mejor ejemplo que he visto de un sistema agroforestal donde se combina el cacao con árboles maderables centenarios, flores y una gran cantidad de plantas que no conozco ni he visto nunca: frutas comestibles, hojas que saben a canela aunque no son, una hoja con sabor a ajo, una mazorca que se puede comer como si fueran tallarines, un fruto que cambia el sabor de otros productos y muchos más que no me daba tiempo ni a anotar y probar al mismo tiempo. Todo el cacao que tiene es Nacional, o sea de las variedades antiguas, que es lo que llaman también fino de aroma y que a diferencia de los nuevos clones produce menos pero tiene mejor sabor y el árbol produce más años. En el futuro quiere que la finca sea un banco de germoplasma de las diferentes especies que tiene.

Un colibrí herido que recogimos por el camino

El rico tallarín vegetal

El fin de semana me voy a Shandia Lodge, un centro de turismo comunitario de la comunidad kichwa que está apoyada por Maquita. En la mañana se ha organizado un taller con jóvenes promotores de diferentes comunidades a los que Maquita contrata y se les ofrece otra alternativa que ir a trabajar a la ciudad. Su labor es visitar productores y mejorar sus sistemas agroforestales, promover la diversificación en las fincas, lo que llaman la chakra, mejorando la sostenibilidad alimentaria de las familias. En la charla que les doy les cuento la experiencia del cacao en África, una realidad de la que apenas conocen nada. Hablamos de todo un poco y ellos proponen ideas, de como hacer jabón de cacao, sueñan con una gran fábrica de chocolate de la Amazonía, y aunque sea difícil que ese sueño se haga realidad, está bien poder soñar.

Taller con promotores en Shandia Lodge

Por la tarde me voy con Enrique, el hombre orquesta del centro, que, igual que te soluciona el internet, arregla un enchufe, cocina, sirva la mesa y hace de guía. En seguida hacemos buenas migas y nos vamos por la tarde en bicicleta a recorrer la ribera del río. A esa hora parece que es la hora del baño y de lavar la ropa y vemos a varios indígenas practicando lo uno o lo otro. Nosotros no podemos ser menos y al regreso nos bañamos en el agua bastante fría del río Jatunyaco que significa agua grande, que más adelante, cuando se junte con el río Anzu, se convertirá en el río Napo, que ya bastante más allá, después de 1130 km, de los cuales la mitad están en Ecuador y la otra en Perú, llega muy cerca de Iquitos, donde perderá su nombre para pasar a alimentar al Amazonas. Y yo me pregunto: ¿cuándo por fin me embarcaré en uno de estos ríos y me dejaré llevar hasta el final en vez de estar tonteando con el cacao?

Con Enrique pasando uno de los 3 puentes que están juntos: uno se cayó 4 días antes de inaugurarlo, otro está operativo y este necesita algunas reparaciones

Cuando veo a los indígenas bañarse, a la gente en sus casas de madera, siento como una armonía que no he sentido en ningún otro lugar del país. Esta armonía la rompe la civilización que va llegando a estos lugares, las compañías madereras, las petroleras y las concesiones mineras que destruyen este territorio, los mismos tres grandes problemas que se dan en África.

A bañarse toca

Lo único que es algo molesto aquí son los moscos (pequeños mosquitos) que te dejan unas picaduras muy molestas que tardan días en desaparecer. Aunque no suelo ser muy susceptible a las picadas si me han dejado un buen recuerdo en las piernas y brazos. Cuando te pican no parezca que sea gran cosa, pero luego durante dos semanas no dejas de rascarte, lo que lo hace todavía peor, sobre todo por la mañana y por la tarde-noche, mientras, por el día no lo notas, como si te dieran descanso para que puedas trabajar. Como más te rasques, peor es, así que toca aguantarse y esperar que pase, pero inexorablemente te seguirán picando y sólo te queda vestirte tapando todo lo que puedas y ponerte repelente. Todo lo bueno tiene su precio.

Con tanta agua, hay cascadas por donde uno mire