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sábado, 27 de septiembre de 2014

México lindo (Chaper tu)

Estela maya en Yaxchilan
Mientras los taxistas de Cancún engañan a los turistas diciendo que el bus pasa cada quien sabe cuándo, este viene a los 5 minutos y me deja al rato en la terminal de donde no tardo en salir para la ciudad de Valladolid por una carretera secundaria. Tres horas más tarde llego y me voy a un hostal donde de nuevo, a pesar de que me puedo permitir una habitación por 20 euros, acabo durmiendo en un dormitorio de 9 camas donde sólo pago 7 euros con desayuno incluido.
Aprovecho este viaje para reflexionar sobre cómo puedo seguir rebajando el peso de mi maleta en los viajes, a través de las diversas posiciones/usos que tiene la ropa. Los calcetines tienen 2 posiciones, los pantalones solo 1, por eso se permite llevarlos varias veces, las camisetas y camisas sólo tienen 1 posición, los calzoncillos tienen 4 posiciones siendo los más versátiles. I love the calzoncillos.
Fui a comer a un restaurante chino (me dio añoranza de Asia) y la mujer no hablaba casi nada de español, por no decir nada de nada. Cuando le pregunté qué salsa picaba más, me decía señalando cada una de ellas: pica más, pica más, pica más. Me tocó probarlas todas y averiguarlo por mí mismo.

Calle en Campeche, con el sol de cara como a mi me gusta
A los dos días sigo viaje hacia la ciudad de Campeche, ya en la costa del Pacífico, donde tiro la casa por la ventana y me cojo una habitación para mí sólo con baño por 15 euros la noche. La ciudad de Campeche (la de los campechanos) es muy bonita, con un enorme esfuerzo de restauración en el centro histórico, con bares de mesas y sillas en la calle y una total sensación de seguridad. Nadie va con pistolas por la calle, la gente deja los vehículos aparcados frente a la casa y yo me pregunto qué hago yo en Guatemala. Para contrarrestar, cuando llego al hotel veo a 2 turistas firmando unos documentos delante de 2 mexicanos y pienso o que han comprado una casa o que les han robado. Era lo último y al parecer les han robado la maleta en el hotel donde yo me alojo. Decido quedarme una noche más porque los ladrones nunca vuelven al mismo lugar del crimen (esto es producto de las novelas de detectives que he leído).
México, tiene 112 millones de habitantes y 1,9 millones de km2 (2,5 y 4 veces respectivamente la población y superficie de España) así que no se puede esperar que en 2 semanas de vacaciones pueda decir que conozco México. Pero todo y así lo intento y sigo viajando.
Con Gustavo, mi amigo pirata, hablando de barcos y capitanes
Me voy a la ciudad de Palenque famosa por sus ruinas mayas y esto ya es Chiapas.  Paso con lluvia casi todo el viaje en bus y es que llegué a México con la onda tropical 26 y esta ya es la 27 que me va llevando poco a poco de regreso a Guatemala.
En Palenque me quedo en El Panchán, un conglomerado de cabañas en la selva, justo a la entrada de las ruinas, que es tal como me lo había imaginado y me encanta, aunque siga lloviendo. Las cabañas son baratas (8 euros), individual y con baño. Es sábado y está lleno de mexicanos. Voy al pueblo y veo caminando por la calle a muchos/as gordos/as, de los que salen en la tele de comer tantas hamburguesas y beber coca cola. El sueño americano. Tantas veces que me han dicho en alguno de los países en que he trabajado que ellos tienen ciertas costumbres que no pueden cambiar mientras todos adoptan alegremente estas costumbres del norte que les cambian su alimentación y hasta la forma de vida.

Estando aquí como turista uno no se imagina a tantos mexicanos cruzando hacia los EEUU para ganarse allá la vida. Luego cuando ves que aquí el salario mínimo diario es de 3 euros, lo entiendes mejor. Y así, incluso en los sitios turísticos, los bares, restaurantes y hoteles están llenos de letreros buscando empleados.

Edificio semiderruido en Bonampak. Los hoyos en la parte superior son para hacer cálculos astronómicos con los rayos del sol que pasan por ellos
Desde el Panchán puedo ir hasta la ruinas caminando y a medio camino he visto un sendero por el que me he metido. No había nadie y transcurría por la selva. Oía los pájaros a los que no podía ver y a lo lejos los monos aulladores (saraguatos) también dejaban oír sus gritos. Entreví un animal como un roedor grande de la selva (cuy o similar) y al final vi una ardilla y la verdad que venir a la selva para ver una ardilla no tiene gracia. Empapado por el sudor y la humedad del bosque salí de nuevo al camino para recorrer las ruinas del mundo maya.

Desde Palenque organizan todo tipo de tours y uno era a Yaxchilan (lugar de piedras verdes), otro antiguo asentamiento maya que está al borde del río Usumacinta, que hace frontera con Guatemala.
Entrada a la ciudad fortificada de Yaxchilan (también llamada la entrada al inframundo)
Por el camino pasamos por pueblos con letreros de pertenencia al EZLN, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de los que el 1 de enero próximo se van a cumplir 21 años de cuando hicieron su entrada en San Cristóbal de las Casas. Cando llegamos al río nos embarcamos y navegamos media hora hasta llegar a las ruinas. Me recuerdan a menor escala las de Angkor Wat, con los árboles de la selva adueñándose de las construcciones. Debido a su aislamiento hay elementos mejor conservados, después de 1.200 años, que en otros lugares. Pero me distraen varios grupos de monos aulladores y monos arañas haciendo sus piruetas en el bosque que vemos a lo largo de toda nuestra estancia en este lugar.

Mono araña
Finalmente regresamos y vamos a Bonampak, un poblado de la etnia Lacandona, los que se distinguen por vestir una túnica blanca y llevar el pelo suelto y largo.  Ellos se definen como los hombres verdaderos ya que dicen que Dios después de hacer varios intentos fallidos los creó a ellos. Adoran una estatua maya que está en Bonampak a la que unos leñadores le quitaron la cabeza para ver si había un tesoro dentro. Ahora, el busto y la cabeza en piedra en tamaño natural se pueden observar una al lado de la otra y los Lacandones no dejan que se restaure ya que dicen que si se volviera a poner la cabeza sobre el busto la tierra y el cielo se separarían. ¿Va a ser eso el cambio climático?

Pinturas en Bonampak, bien conservadas (aunque con procesos de restauración) después de más de 1200 años !! 

Entre los que íbamos en el busito al tour yo era el único que podía hablar en todos los idiomas de los que iban y sólo me faltaba un catalán para agotar todo mi repertorio.


Ruinas en Yaxchilan

martes, 23 de septiembre de 2014

México lindo (Chapter Uan)



Las vacaciones son la ventana que me permite escapar de mi día a día en Guatemala, por eso las intento estirar tanto cuanto puedo, juntando días festivos con flexidías. Por ahora ya he agotado las que me tocaban por mi primer año de trabajo. A partir de la semana que viene empieza a contar el nuevo año, dos días y medio por cada mes trabajado. 

En esta ocasión he escogido la península de Yucatán en México, un territorio que me parece accesible para el tiempo que tengo, volando a Cancún y regresando por tierra por el interior a Guatemala. Al aeropuerto de Cancún me viene a buscar Sandra, una mejicana que conocí en un curso de la GIZ hace unos meses. Me da un paseo turístico por la zona de hoteles del que quedo horrorizado y me lleva a Puerto Juárez, de donde salen los ferrys hacia isla de mujeres, mi primer destino. Después de darle un par de consejos de como presentar proyectos a la GIZ a cambio de su amabilidad, ya que ella trabaja para el gobierno mexicano en un espacio natural protegido, me voy a la isla y constato que el nombre no tiene nada que ver con la realidad, lo que era de esperar ya que estando tan cerca de Cancún (media hora en barco) no es el paraíso que yo había imaginado (como diría mi madre, como más grande más tonto) y además está anunciada la llegada de la tormenta tropical 26 que por la noche descarga su primera andanada y que obliga a cerrar el puerto por lo que mis planes de hacer snorkel o ir a bucear se van al carajo. Duermo la primera noche abrazado a mis gafas y tubo.
Cada minuto que paso en isla de mujeres más encuentro a faltar Corn Island o las islas de Indonesia donde compartía los peces y el mar con sólo un par de turistas más. Llovió toda la noche y seguía por la mañana. Mientras las gotas caían yo pensaba, me voy, me quedo, me voy, me quedo, para que, adonde voy, para qué, adonde…… Finalmente me quedé y entonces salió el sol y me bañé en el mar. Me quedaba en el hostal Poc Na, durmiendo en un dormitorio de 4 camas con 2 gringos. Este hostal tiene un frente de playa increíble con palmeras, arena y hamacas. Con sol es un lugar para morirse y por 10 euros la noche hay pocos lugares en la isla que le hagan competencia. Me he puesto un límite de 60 euros a gastar por día, el doble de los ilusorios 30 euros que me propuse en mis anteriores viajes, pero cuesta salirse de su propia piel y a cada rato me descubro intentando ahorrar en cualquier cosa.


A pesar de todo me costó finalmente desprenderme del abrazo de isla de mujeres y de la playa del hostel. El último día fue perfecto, después de 2 inmersiones por la tarde viendo barracudas y tortugas, por la noche, Pedro, el dive master, se convirtió en el Piraña, quien con su grupo “el Piraña y su jarana” tocó canciones de rock y pop en español, recuperando textos antiguos mezclándolos con ritmos modernos y textos reivindicativos. Como cantaba en español canciones que nadie conocía, a pesar de que tenía una versión de la Bamba recuperada de sus orígenes, chulísima, sólo nos quedamos escuchándolo los latinos.

Abandoné la isla con el mar en calma y de un azul turquesa que dolía y seguía pensando que debe haber rincones increíbles en esta costa, alejada de los turistas, y luego vino el "me quedo, me voy, a donde voy, me quedo, no me voy……."

Sorry, pero estaba tan emocionado los primeros días que se me olvidó hacer fotos y además no se porque me salen las fotos al revés .... en el siguiente capítulo habrá mas imágenes y espero que del derecho

domingo, 24 de agosto de 2014

Resera de la Biosfera Sierra de las Minas


Un nuevo capítulo de los fines de semana de excursión ha sido subir a la Sierra de las Minas, desde los 500 msnm en que nos encontramos en Guastatoya hasta los 2550 m donde están las cabañas que Defensores de la Naturaleza, una ONG local, tiene en ese lugar.
La organización fue del tipo de último momento, o sea vamos a ver cuántos somos y veremos cómo nos organizamos. A las 8,30 en punto de la mañana estábamos en San Agustín de Acasaguastlán, Neftalí, mi compañero de trabajo, Marielos (la de la tortilla en mi casa) y yo, pero no había llegado nadie del resto de la gente con la que íbamos a subir. En cuenta gotas fueron llegando, el chofer del vehículo 4x4 que nos iba a acercar hasta la cumbre, Marvin, el técnico del ayuntamiento, Rogelio el asesor del alcalde, Obed, un señor de 65 años que conoce la zona, Mario el guía, Juan el porteador, Melvin, otro técnico de la municipalidad y Juan Carlos, que fue nuestro técnico preferido de la municipalidad hasta que lo despidieron. Una vez que quedó claro de que íbamos a ser 11 se pasó a recoger el dinero para pagarle al chofer e ir a comprar la carne. La cuota era de 4 chuletas para cada uno. Y puntualmente a las 10 de la mañana empezamos a subir el tortuoso camino que nos debía llevar lo más cerca de la cumbre posible.
El paisaje iba cambiando poco a poco, de muy seco a medio seco, y refrescando. Al cabo de 2 horas de camino, el vehículo ya empezó a tener problemas por el mal estado de la pista y finalmente el motor se apagó. Intentamos arrancarlo pero ya no quiso, así que decidimos seguir caminando. Después de 3 horas a pie en subida constante, en un paisaje cada vez más fresco, con mayor masa boscosa y lloviznas que nos iban empapando poco a poco fuimos llegando, como si fuéramos peregrinos, a las cabañas.

Lo primero fue hacer fuego e intentar secar algo la ropa y preparar la carne para asarla. Me quedé alucinado cuando vi la cantidad de tortillas de maíz que la gente empezó a sacar de sus bolsas, porque aquí sin tortilla, la comida no es comida.

Por la noche nos repartimos exhaustos por las camas y a la 1 de la madrugada se oían los murmullos de los que hablaban porque no podían dormir del frío. Muchos tenían la ropa mojada, otros no habían traído ropa suficiente y el único que había traído saco de dormir era el guía, así que pasamos lo que muchos calificaron como la noche más larga de su vida.

Volando en la Peña del Angel
Al día siguiente nos pusimos en marcha temprano, después de desayunar el resto de las miles de tortillas (yo no) porque no sabíamos si el vehículo iba a arrancar. Lo que hicimos en 3 horas subiendo lo bajamos en poco más de 1 hora, pasando por la famosa Peña del Ángel, con vistas increíbles de la Sierra de las Minas. Para llegar ahí caminamos por un sendero del bosque donde la densidad de la vegetación y el murmullo del agua corriendo por todas partes hacía pensar que estábamos en un lugar encantado.
Bosque encantado
El vehículo efectivamente seguía negándose a arrancar, así que el chofer ya cabreado, en un acto para mí suicida, dijo que o lo arrancaba o lo arrancaba, y se tiró con él por ese camino en bajada hasta que efectivamente y para mi sorpresa, arrancó.

Al regreso, siempre menos alegre que la ida, todos veníamos cansados, con agujetas, sueño y otra vez hambre, así que nos despedimos rápido y cada uno a su casa. Pero como siempre en estos casos, lo mejor de estas excursiones es compartirlas y recordar todos esos detalles divertidos, olvidándose de las penas.
Valle de San Agustín de Acasaguastlán, una de mis áreas de trabajo



martes, 12 de agosto de 2014

Semuc Champey




Este fin de semana me decidí por ir a Semuc Champey -donde el río se esconde bajo las  piedras-.







La subida al mirador es muy empinada y te saca las entrañas. Pero la vista de las pozas de color turquesa vale la pena. Hay un hotel a la entrada con unas cabañas super chulas por 25 euros la noche. Yo he dormido en otro, cerca del río en un dormitorio con 9 energúmenos ingleses donde la noche sólo me ha costado 5 euros.
Sentado en el pantalán, sintiendo la fuerza del río Cahabon, queriendo arrancar los pilares que le sostienen, sintiendo el rumor del agua cuando pego el oído a las maderas, escribí un par de capítulos de mi historia del barco.

Sumidero

En el restaurante, donde unos 40 comemos en 2 mesas es difícil no conocer a gente. Se oyen sólo un par de acentos en español, uno catalán y un poco de alemán. El resto son de Gringotenango (en Guatemala hay varias ciudades que terminan en –tenango, así que cuando hay mucho gringos así le llaman).

El fin de semana ha sido espléndido, para desgracia de los agricultores que necesitan imperiosamente el agua después de la desastrosa sequía que está afectando al país, pero para mí, este fin de semana no pudo ser mejor.

Los hijos del maíz se han olvidado de que tienen que compartir el cultivo con el bosque














Y la erosión ya se empieza a hacer visible






Y disfruté de los paisajes tan diferentes al corredor seco donde vivo


Poco a poco noto que me voy haciendo a Guastatoya y disfruto de las pequeñas cosas. Ayer mismo encontré por primera vez en 9 meses joghurt natural en el super donde suelo ir a comprar. Me alegré tanto que estuve a punto de abrazar a una señora que en ese momento pasaba por ahí aunque me retuvo el ver que su marido llevaba un pistolón de esos automáticos y cara de pocos amigos. Finalmente opté por ponerme en un rincón y echar una lagrimita sin que nadie me viera porque aquí los hombres tampoco lloran.



domingo, 27 de julio de 2014

Xela



Quetzaltenango

Y va otro fin de semana en que aproveché esta vez para irme junto con mi colega de trabajo, Neftalí, en bus a Quetzaltenango, también llamada Xela, a unos 200 km al oeste de Guatemala. Llegamos de noche, yo me fui al hotel a dormir después de la paliza de bus desde la capital y aproveché que en esta ciudad por su altitud (2367 msnm) hace frio y que uno tiene que dormir con mantas.

Valle de Almolonga

Al día siguiente sábado aproveché para ir en uno de los buses locales a Almolonga, una de las primeras ciudades donde se asentaron los españoles y que se considera la huerta de Guatemala (pomposamente también dicen de Centroamérica aunque no hay para tanto). Desde lejos la belleza de esas huertas tan bien cuidadas es impresionante, de cerca, viendo el uso tan intensivo que hacen del suelo, la inexistencia de curvas de nivel, los surcos a favor de la pendiente, la deforestación rampante y sobre todo la contaminación de las aguas con las que riegan te vuelven a la realidad. Pero estoy seguro que me gustaría más trabajar aquí con esta gente indígena tan laboriosa que con los mestizos pistoleros con los que me muevo en la zona donde estoy.
Mujeres indígenas frente al cementerio

Por la noche Neftalí, su mujer y una amiga me vinieron a buscar para ir a bailar. En Jinotega iba todos los jueves, aquí en Guatemala me puedo sentir contento si voy cada 3 meses, pero lo importante es que me lo pasé bien.
Compartiendo tortilla española con colegas de trabajo en casa

Al día siguiente volví a recorrer las zonas agrícolas de los alrededores, las casas coloniales del centro, di una vuelta turística con unos turistas canadienses y con guía en un tranvía reconvertido y poco más, para ir a adormir temprano y salir al día siguiente a las 4 de la mañana para llegar a la reunión que tenía ya concertada a las 8 de la mañana en la capital.






Y aquí va otra historia que escribí, esta vez en Nicaragua, entre la realidad y la ficción.
Maldito celular
Sergio es un gordo de Masaya, de oficio electricista. Aprendió este peque en los años de la revolución, con un grupo de alemanes que tenían un proyecto de algo de solidaridad y en el que se graduó después de 2 años de estudio y de realizar algunas prácticas. Todavía era “chavalo” y le gustaba eso de andar con los “cheles”, pero sobre todo las chelas, tan bonitas, aunque no le gustaba el que no se depilaban las piernas y los sobacos.
El otro día Sergio fue a comer carne asada a la placita de Monimbó, ahí donde Doña Ena. Ya se le estaba haciendo la boca agua y alargaba la mano para coger la comida, gallo pinto y carne asada envuelta en una hoja de banano, cuando sintió como un tironcito en el cinturón. Se “volteó a ver” pensando que era uno de sus amigos que lo andaba “fregando”. Entrecerró los ojos, maldita sea, otra vez se dejó las gafas en casa, y es que no le gustaba que la Gabriela lo viera con lentes, dice que lo hacen más viejo, y fijándose bien, vio a alguien, no lo reconocía, que se alejaba despacito, sin voltearse, con algo entre los dedos. Su mano, todavía extendida esperando la comida voló a su estuche del “celular” y sí, le faltaba el “chunche“, que aunque no andaba “minutos”, igual le servía por si la Gabriela le mandaba un mensajito y le decía: “andá, veníven” y él ya no hallaba como ir a su casa, ducharse rápido, ponerse su desodorante para oler bien y andar a “jalar” con su novia, y queriendo agarrarle la mano y más, que ella a veces no se deja. Pero el tipo se alejaba y parecía como que miraba de reojo. Cuando vio que el gordo se ponía en movimiento hacia él, la misma mano que quería tomar la comida, que notó que faltaba el celular, “ahorita” estaba levantada y señalándolo, empezó a correr y el gordo sin querer gritar porque necesitaba todo el aire que le daban sus pulmones para correr, la mano todavía levantada, tomando velocidad, pero ay, esa jodida piedra, quien la puso ahí, el gordo veía como el suelo se acercaba hasta que se dio el gran pencazo. Abrió los ojos mientras el dolor le bajaba de la boca y lo sintió en la punta de los dedos de los pies y luego volvió a subir, más rápido de lo que corría el ladrón y le golpeó el cerebro como si fuera un martillo, y la sangre le empezaba a llenar la boca. Ya la gente formaba un “molote”, que si andaba picado, que si era epiléptico, pero nadie vio lo que le había pasado. Sergio quería hablar pero no podía, la lengua era como una esponja que según se empapaba de sangre se iba haciendo más y más grande.
Sergio perdió como 40 “libras”, dice que por andar tomando comida con pajita, que casi se le partió la lengua, le quedó sólo agarrada por un “tuquito” y que el médico le dijo que la lengua no le iba a quedar muy bien pero que lo dientes los tenía perfectos,  ¡qué clase de mordida, esa¡ le dijo. Primero le cosió una doctora, pero se le infectó y lo tuvieron que volver a quitar el hilo y le cosieron de nuevo, que era por eso que llevaba 3 semanas sin comer su carne asada, ni tortilla, ni esos mangos cuyo jugo le resbalaba por el pecho. Sólo frescos y comida molida.

Ya su Gabriela no lo llama, dice que lo anduvo llamando pero que él no le contestaba, ¡idiay! como le voy a contestar si estaba en el hospital, que si no llegó, pero como iba a llegar “mija” si no podía ni hablar con la lengua partida en dos, bueno que no llegue más, que hay otro muchacho en el barrio con el que está jalando, que a ella no le gusta estar sola. Sergio ya no es el que era, no sólo está más delgado sino que el ladrón, además de la lengua, le quebró el corazón.
Y aquí el cumpleaños


martes, 15 de julio de 2014

Panajachel

Mujeres indígenas en Santiago de Atitlán

Os pongo un par de fotos del Lago de Atitlán, de Panajachel y de Santiago de Atitlán, los 2 pueblos donde pasé el fin de semana, ya que he decidido visitar, antes de irme de Guatemala, todos los lugares que son bonitos en este país y que todavía no conozco. 
Vista de la bahía de Santiago de Atitlán desde Panajachel

Además aproveché para recuperarme allí de la infección intestinal que me ha dejado de momento con 5 kilos menos. En los peores días me acordé del chiste: ¿Doctor, me puedo bañar con diarrea? !Si tiene suficiente !!
Mujer indígena en Panajachel


Panajachel me despide con un terremoto de 6,4, el más fuerte que he sentido nunca. Toda la habitación se movía y por suerte cuando ya estaba a punto de salir corriendo a la calle desde el segundo piso donde estaba, poco a poco fue parando. Luego los aullidos de los perros indicaban que lo peor ya parecía haber pasado. 
Hombres indígenas en Santiago de Atitlán

En el camino de vuelta hacia mi lugar de residencia, a unos 200 km, me desespero viendo por la carretera las terrazas primorosamente trabajadas mientras donde vivo casi no hay agricultura. Ahí la gente vive de las remesas, del narcotráfico y el resto, seguramente de milagro. De camino, el volcán echaba humo, resoplando seguramente los rescoldos del terremoto. 

Panajachel desde el lago
Resoplando




lunes, 16 de junio de 2014

Muerte en tuc-tuc

Tuc-tucs en la calle principal de Guastatoya

Guastatoya es estadísticamente una de las ciudades más seguras de Guatemala. Según me decían unos trabajadores que hicieron unos arreglos en mi casa, como esta ciudad es pequeña y todos se conocen, cuando la gente se da cuenta de que ha habido algún robo, se ponen al acecho hasta que agarran al ladrón. Entonces le pegan un tiro y en una camioneta lo van a tirar a la cuneta de la carretera que va al Atlántico, y si puede ser, fuera de la jurisdicción del departamento, para que así siga manteniendo en las estadísticas la fama de tranquilo. Es lo que otro llamaba “es que aquí la gente está muy unida”. El otro día la tranquilidad se vio alterada porque mataron a un conductor de tuc-tuc. Al parecer hay bandas que vienen de la capital (estamos a sólo 73 km) y extorsionan a los conductores de tuc-tuc (quines normalmente no son los dueños de los vehículos) exigiéndoles el pago de 200 Quetzales (20 euros) a la semana. Esta cantidad significa que tienen que llevar a 66 pasajeros para pagar esta cuota de extorsión, lo que fácil significa más o menos un día de trabajo. Como al parecer hubo problemas en el pago, mataron a uno de ellos como aviso a los demás. El chofer que murió, estando herido, pudo arrebatarle la pistola a quien le disparó y mató a una chica que acompañaba al asaltante. Todo esto soliviantó los ánimos de la población así como de los conductores de tuc-tuc (yo calculo que debe haber unos 200 en Guastatoya) quienes al parecer agarraron la semana siguiente a uno de los supuestos miembros de la banda que venía a cobrar la cuota semanal. Para suerte de él lo entregaron a la policía mientras un grupo de exaltados fue a buscarlo para lincharlo. Hubo algunos disturbios y pude ver a la turba cuando mediante llamadas de celular y mensajes de boca en boca nada contrastados se comunicaban entre sí que habían agarrado a otro “bandido” en uno de los barrios y todos, a pie, en moto, tuc-tuc o vehículo se dirigían hacia allí dispuestos a lincharlo mientras algunos gritaban “lleven gasolina para quemarlo”. En Alemania un nigeriano que nos daba temas de seguridad antes de venir aquí nos aleccionaba de que en su país, cuando la turba quiere tomarse la justicia por su mano, embuten al que agarran en un par de neumáticos de coche y luego le prenden fuego. Una semana más tarde han vuelto a matar a otro conductor de tuc-tuc y los ánimos de la gente van a peor.
Mientras tanto el equipo de fútbol de la ciudad acaba de subir a la Primera división nacional, gracias al apoyo económico de la municipalidad, lo que le permitió, con el dinero de todos, fichar a un entrenador uruguayo y  a un par de jugadores latinoamericanos. Mientras, la otra cara de la moneda es que la ciudad no tiene sistema de drenaje de aguas pluviales por lo que cuando llueve medianamente fuerte las tuberías de aguas negras se colapsan con las aguas que le llegan de la lluvia y las aguas retornan a las casas, por lo que hay que estar atento y colocar un peso encima de la tapa del wáter para no encontrarse sorpresas. 

Y como guinda, una historia que escribí hace tiempo en Colombia:


Guerrillero
Mi tío Ramón era guerrillero y nunca lo pudieron agarrar. Dicen que se hizo guerrillero por hambre y después ya fue costumbre, porque no sabía hacer otra cosa. También que tenía poderes y que sabía leer en el humo, como si sus espirales fueran letras encadenadas. Cómo, si no, se explica que nunca lo atraparan, y mira que lo intentó veces el ejército. Sí, mi tío tenía poderes y yo lo sé, porque aunque todavía era chiquito, lo vi con mis propios ojos y será algo que se me quedó grabado para siempre.
Fue en unas Navidades, me acuerdo bien. Yo estaba jugando con mis primos al chapalote, tirando piedras a los charcos y haciendo que rebotaran en el agua. Entonces oímos el silbido. Mi tío siempre silbaba cuando venía, primero oías el silbido y luego al rato, ahí estaba él, como apareciendo de la nada. Siempre era el mismo tono, largo y agudo, que se iba apagando como el tañido de un campana. Nos quedamos todos quietos, escuchando y viendo, sin movernos, pero mirando para todos lados, sólo con los ojos. Pasó un ratito. Y de pronto lo veías, vestido de verde olivo, alto, flaco y con una barba enmarañada que le llegaba al pecho. El cabello, negro, se escapaba largo y revuelto bajo la gorra caqui. A la espalda llevaba una mochila grande, hecha de esparto y que parecía a punto de reventar. Estaba clavado en el suelo, las piernas separadas y el barro pegado a los bajos de sus pantalones, paseando su mirada por el lugar, con los ojos entrecerrados. Sin decir nada entró a la casa, subiendo despacio los peldaños de madera. Nosotros entramos corriendo detrás, silenciosos, como hormigas en fila y nos sentamos en el suelo, expectantes. Tras dejar la mochila en el suelo, empezó, todavía de pie, a liar un cigarrillo de un tabaco oscuro y apestoso, cuyo humo ascendía desde su mano y lo envolvía. Cuando su mirada se posaba en mí, con esos ojos profundos y oscuros que reflejaban la selva en cada surco de su cara, sentía que me ardían las mejillas y un cosquilleo que me abrasaba hasta los dedos de los pies.
Por fin, después de mirarnos detenidamente y sin dejar de fumar, abrió su mochila y nos fue dando uno a uno nuestro regalo. La pelota fue para Gabriel, el tirachinas para Juan, los dados para Segismundo …… y al final, un pequeño juego de ajedrez para mí. A la casa se habían ido acercando otros niños del pueblo, todos conocían su silbido, y atisbaban por las rendijas de los tablones de madera. Del fondo de la mochila extrajo un puñado de caramelos que lanzó hacia fuera y de los que en un momento no quedó ninguno en el suelo, como si tuvieran la capacidad de evaporarse. De pronto se quedó quieto, mirando con fijeza el humo, y sin que supiéramos porqué, salió de la casa. Se fue andando, sin correr, hacia donde la gente del pueblo tenía sus plantíos, sobre todo de bananos y yuca. Ágil abrió la cerca y no había acabado de desaparecer cuando oímos el ruido de motores de un camión militar y varios jeeps que llegaron levantando una gran polvareda. Uno de los vehículos se paró frente a nuestra puerta, los guardias gritaban -¡¡¡todos al suelo¡¡¡- y amartillaban nerviosos sus fusiles. Todo era un correr de aquí para allá, los militares que no cesaban de gritar, los niños más pequeños llorando, los hombres echados en el suelo con las manos en la nuca y las mujeres a las puertas de sus casas. El guardia que estaba al mando, se puso de pie en el jeep y dijo;  - ¿dónde está Ramón?
Habló bajo, sin gritar como los otros, y volvió a repetir: - ¿dónde está Ramón, socabrones?. Si no me lo dicen mando a quemar esta mierda de pueblo con su gente dentro.
Nadie decía nada. Los niños, asustados, miraron hacía el plantío. Con un gesto el militar mandó a seis de sus hombres en esa dirección. Durante un rato solo se oyó el siseo de los machetes al rasgar el aire, cortando hojas de bananos e incluso alguna mata entera, que caía con un ruido sordo, como si dejara ir un quejido. Me pareció que pasó mucho tiempo pero otros dijeron después que sólo habían pasado unos pocos minutos hasta que los soldados volvieron. Sólo negaron con la cabeza mientras comían unos bananos maduros. El jefe nos volvió a mirar, despacio y todos bajamos enseguida la cabeza. Resopló un par de veces y finalmente diciendo –vámonos- él y sus hombres se fueron con la misma parafernalia con la que habían llegado.

Todos nos quedamos donde estábamos, sin atrevernos a movernos, los hombres solo se incorporaron y se quedaron sentados en el suelo, mirando hacia el plantío. No se oía nada, ni siquiera la brisa que a esa hora de la tarde acostumbraba a levantarse, haciendo susurrar las hojas. Al cabo de un buen rato, se oyó un silbido largo y agudo y mi tío Ramón apareció, viniendo por el mismo sitio por donde lo habían buscado los soldados. Se acercaba caminando despacio y de nuevo volvía a fumar uno de sus apestosos cigarros. Traía la camisa hecha jirones y todo el pueblo lo rodeó e incluso algunos lo tocaron. El solo sonrió, cogió su mochila y se alejó despacio, deshaciendo el camino por el que había llegado. Todos comentaban que cómo había hecho para esconderse de los soldados, hasta que alguien dijo; -“pues no vieron como traía la camisa, carajo. ¿Es que no entienden?